Una de las reglas de básicas de una campaña electoral es que sólo es admisible cambiar el rumbo de esta si existe una probada ineficacia. La consistencia, la disciplina y el seguimiento de una buena campaña no sólo logra colocarse en el imaginario del electorado, sino que, si es congruente con la identidad del (a) candidato(a) y su mensaje central, tiene buenas posibilidades de hacerlo positivamente. En este sentido, un cambio demasiado rápido, se percibe como falta de rumbo, de estrategia y de planeación. Por ello, es muy importante medir constantemente el pulso de la campaña, para saber si se debe continuar o modificar el rumbo y, de decidirlo, cómo y cuándo. De los tres candidatos principales, dos ya han ensayado cambios. ¿Qué tan eficaces pueden resultar?

Al inicio de la campaña, el 30 de marzo, Andrés Manuel López Obrador tenía en promedio 40% de las preferencias electorales, seguido por Ricardo Anaya, arriba de 30%, y por José Antonio Meade, con un promedio de 20%. Desde el inicio, el ánimo principal del electorado ha estado inclinado hacia el “cambio”, que va desde el partido en el poder ejecutivo hasta algunas de las variables del modelo de desarrollo vigente desde hace 30 años. En este contexto, uno de los temas clave ha sido la corrupción. Estas consideraciones perfilaron el inicio de las campañas.

José Antonio Meade ha buscado posicionarse frente al ánimo de cambio como un candidato “outsider” no militante que es experto en temas técnicos, tiene buena preparación y en lo personal, es una persona honesta. Esta línea estructuró los mensajes durante la primera parte de su campaña con pocos resultados, pues la animadversión al PRI es tan amplia que ni la sustitución de su logo por tres triángulos ha logrado ganarle popularidad. Para la segunda quincena de abril, Meade seguía con 20% de preferencias, por lo que se decidió incorporar al carril central de la campaña un mensaje que hasta entonces había sido manejado de forma colateral a través del presidente del PRI, Enrique Ochoa Reza: el miedo. Con todo, el mensaje de Meade no ha logrado posicionarse de forma clara, ni siquiera durante el primer debate, y este giro no garantiza que quienes respondan al miedo se sumen a él.

Ricardo Anaya, por su parte, comenzó la campaña leyendo muy bien el ánimo de cambio, por lo que desde el inicio contrastó su propuesta frente a la de AMLO como “un cambio inteligente”. Su buena capacidad oratoria y sus spots de precampaña en los que hablaba en inglés y francés, rápidamente lo posicionaron entre los votantes en una sociedad muy aspiracional. Sin embargo, el escándalo de corrupción en el que supuestamente se la ha vinculado golpeó directamente en la línea de flotación de su campaña y para abril había descendido a cerca de 27% en las preferencias. Es así como llegó al primer debate tratando de recuperar terreno mediante dos mensajes centrales: el escándalo de corrupción es sólo una estratagema sin sustento y el único capaz de enfrentar a AMLO es él. Si bien, para muchos expertos, Anaya fue uno de los ganadores del primer debate, habrá que esperar si recuperó terreno entre el grueso del electorado.

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Finalmente, AMLO, el único de los tres que no hizo ajustes previos al primer debate, al haber subido en las preferencias a cerca de 50% para abril, seguramente considerará hacerlos, visto el nuevo escenario que se perfila hacia el segundo debate. Pero éste será tema de la siguiente entrega.

 

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