Una vez que concluyó el primer debate, muchos medios de comunicación se apresuraron a presentar no sólo los análisis de expertos, sino los resultados de diversos sondeos de opinión acerca de quiénes habían dado las mejores propuestas y quiénes habían sido los vencedores y los perdedores de ese ejercicio político. En cuanto a las propuestas, las opiniones se dividían entre las que había presentado José Antonio Meade, candidato de la coalición “Todos por México” (PRI-PVEM-PANAL), y las de Ricardo Anaya, de la coalición “Por México, al Frente” (PAN-PRD-Movimiento Ciudadano), mientras que en casi todos los sondeos aparecía este último como quien había “ganado el debate”.

Por lo que toca a AMLO, las opiniones coincidían en que, en cuanto a propuestas, básicamente se había limitado a repetir muchas de las frases que ha dicho ya en sus anuncios y había aportado muy poco sobre cómo operaría sus promesas. Asimismo, si bien AMLO no había “perdido” el debate, tampoco lo había “ganado”. Se especuló durante los siguientes días acerca de que Anaya se podría haber acercado a un AMLO que probablemente hubiera perdido algunos puntos.

Sin embargo, en cuanto aparecieron las encuestas nacionales sobre preferencias electorales levantadas con posterioridad al debate, AMLO se mantuvo prácticamente igual que en la medición de abril: en un promedio de 47%. Mientras que, si bien Anaya recuperó entre 4 y 6 puntos, éstos al parecer se debieron a las pérdidas que sufrieron Meade y los dos independientes en sus preferencias. ¿Qué pasó?

Lo que parece muy evidente es que la popularidad de AMLO se fundamenta en algo que va más allá del propio AMLO y que los estrategas de las otras campañas no han podido entender en toda su complejidad: el enorme deseo de cambio ante un sistema que, para las grandes mayorías, ha sido incapaz de reducir las desigualdades, de darle tranquilidad y seguridad en su vida cotidiana y de ofrecerle la esperanza de mejora. Si a ello se suman los escándalos de corrupción no castigados de la clase política y las decenas de asesinatos semanales en el país, no sorprende que el índice de rechazo al actual gobierno ronde el 85%. AMLO es quien hasta ahora ha sabido capitalizar este deseo de cambio, sobre todo el de los sectores más enojados, y lo ha hecho bastante bien, a pesar de varios ex abruptos y errores de comunicación: desde descalificar por igual a casi todos los empresarios y las organizaciones de la sociedad civil, hasta pasar la mayor parte del primer debate agachado y con pésima postura corporal.

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Es verdad que hay un voto anti-AMLO extendido, pero el deseo de cambio probablemente sea mayor –y esto es lo que deberían entender en las otras campañas. Por ello, en su deseo de consolidarse como el “único capaz de derrotar a AMLO”, Anaya cometió un gravísimo error: ceder a la presión de algunos sectores para buscar un acercamiento con el presidente Peña contra AMLO –acercamiento que el propio presidente rechazó públicamente. Este resbalón de Anaya le da un respiro a Meade, justo ahora que estrena un equipo nuevo, siempre y cuando deje de insistir en una campaña negativa contra AMLO que, por lo ya mencionado, no va a resultar. La cuestión es que, si no se consolida un candidato en claro segundo lugar de aquí al siguiente debate, alcanzar al puntero ya será casi una tarea imposible.

 

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