Si van al cine a ver la nueva cinta de los hermanos Wachowski y esperan encontrar algo cercano a The Matrix, se llevarán una gran decepción. No obstante, El destino de Júpiter tiene sus momentos.  

 

Hubo un tiempo, epecíficamente a finales de los noventa, en que los DVD pirata de Matrix (The Matrix, 1999) eran el objeto más cool de cualquier plantel educativo. Negarse a ver la segunda película de Lana –entonces Larry– y Andy Wachowski era aceptar el ostracismo, como ser godínez y no ver Breaking Bad (2008-2013), condenarse a no entender las referencias a Neo o por qué algunos grupos adoptaban las gabardinas negras y los lentes oscuros como uniforme.

El fenómeno de popularidad generado por Matrix permitió a sus creadores obtener un cheque en blanco para sus próximos proyectos y vivir de esa renta desde entonces. Así, llegaron dos secuelas de la cinta, cada una más religiosa y chocante que la anterior, una saturadísima puesta al día de Meteoro (Speed Racer, 2008), la condena de los fans serios de los comics al producir una adaptación de V de Venganza (V for Vendetta, 2005), otro par de producciones sin pena ni gloria y su proyecto más ambicioso hasta el momento: llevar a la pantalla grande la infilmable novela de David Mitchell Cloud Atlas (2012). Siendo esta última un experimento bastante interesante –lo filmaron en tándem junto a Tom Tykwer– que se caía bajo el peso de su propia ambición.

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Así llegamos a El destino de Júpiter (Jupiter Ascending, 2015), un proyecto que tenía fecha de estreno para el pasado verano y fue pospuesto hasta este año después de que las primeras pruebas no resultaron satisfactorias… y no es difícil deducir la razón.

Una inmigrante rusa limpia excusados, Jupiter Jones (Mila Kunis divirtiéndose mientras cobra su cheque), descubre un día que su destino está más allá de la de las heces fecales de los ricos y famosos de Chicago. Ella es, en realidad, la heredera de un imperio galáctico, como el de Carlos Slim pero sideral, que incluye, entre otras cosas, a la Tierra. Su recién adquirido estatus la pondrá en la mira de los tres herederos originales de tan basta fortuna, quienes usarán todas las artimañas del libro Cómo ser malo for dummies para librarse de ella. Para salvar el pellejo, Júpiter hará equipo con un licántropo espacial dueño de las orejas más puntiagudas de la galaxia, Caine Wise (Channing Tatum). ¿Podrá la elegida alcanzar su destino?

A estas alturas hay tres cosas sobre los Wachowski bastante claras. Les gusta ser ambiciosos visualmente, sus guiones se quedaron kilómetros atrás de esa inventiva y adoran las historias sobre elegidos salvadores/redentores del universo. Pueden decir que los hermanos tienen una fijación crística y nadie los corregiría. Si algo mantiene El destino de Júpiter es la habilidad de los Wachowski para tejer escenas de acción, ágiles y divertidas, donde la lógica desaparece en favor del resultado final.

Es obvio que los Wachowski, como George Lucas antes de ellos, son fanáticos de los viejos seriales de ciencia ficción, El destino de Júpiter se nutre de ellos y, similar a los peores momentos de Star Wars, termina por ser Serie B sobreproducida con mitología chafa como columna vertebral. Al clásico y sobado tema del elegido que lucha contra los poderes del mal, hay la intención de introducir iconografía anticapitalista y en contra del banal andar hollywoodense, en el tono de Mapa a las estrellas (Maps to the Stars, 2014) de David Cronenberg, pero sin la visión oscura de éste.

La película termina por ser una montaña rusa llena de secuencias de acción y momentos llenos de ridículo, junto a actuaciones acartonadas o, en el mejor de los casos, demasiado queer campy para estar en una cinta que se toma tan en serio.

A ver cuántos licántropos espaciales diseñados genéticamente vemos la próxima temporada de fiestas de disfraces…

 

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