La intención de tomar un nuevo curso legal en todo México representa grandes daños económicos a ciertos grupos que pierden ingresos.

 

 

En los últimos meses hemos visto cosas inverosímiles: el horror de la corrupción con el asunto de los normalistas, así como el olvido de los delitos que se venían desarrollando; el grado extremo de la corrupción gubernamental y en donde no debemos olvidar que la sociedad también está involucrada; la suciedad de cómo un atentado a estudiantes es usado por manos invisibles que de pronto politizan todo y pagan por sacar a los maestros a demostrar una violencia extrema que trate de matar los avances democráticos y económicos; la mezquindad de algunos medios y comunicadores, y la falta de pericia de servidores públicos.

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Además, hoy a la sociedad mexicana le ha entrado el síndrome del simplismo fácil: exigir que todos renuncien. Hasta Cuauhtémoc Cárdenas, ya en un total debraye político, exige la renuncia de los dirigentes del PRD. Como sociedad debemos de pensar que esa salida fácil es, a lo mejor, un reflejo de que nosotros mismo estamos renunciando a nuestra función ciudadana; ¿por qué no mejor pedirle a los sicarios, a los narcotraficantes, a los delincuentes o a los asesinos, que renuncien a su labores que van en contra de la sociedad, de las personas, la salud e integración? Seguimos, desafortunadamente, metidos en aquel mal chiste de los cangrejos: si vemos a alguien en problemas o con ganas de salir de la cubeta, todos los demás, en lugar de ayudar, evitamos que salga.

Creo que todo esto nos debería de llevar a que hagamos una gran reflexión: somos un país que queremos todos los beneficios de la modernidad, pero sin hacer ningún esfuerzo; queremos crecer, pero no queremos cambiar.

Esto lo digo porque haciendo la reflexión de qué significa lo que estamos viviendo, la única explicación que se me ocurre es que al conjuntarse una serie de reformas económicas que se habían venido postergando por la presión de los grandes monopolios públicos y privados, más la intención de tomar un nuevo curso legal en todo México, definitivamente significa un gran cambio al statu quo general y representa grandes daños económicos a ciertos grupos que pierden ingresos, por una parte, por la nueva competencia económica y la apertura, y por otra, por la inferencia en una nueva determinación de la justicia; por consecuencia, no les gusta esto a pesar de que falta mucho todavía.

Otro factor de gran importancia es el hecho de que en el fondo también estamos viendo una gran lucha generacional. Los viejos políticos forjadores del tradicional sistema político y que están incrustados en todos los partidos políticos y las clases empresariales, aún dan patadas para que el mundo mexicano no cambie y ellos no pasen a la historia y, por supuesto, tampoco pierdan el control del poder.

Lo más curioso es que a todos los presidentes, en su momento, les pasa lo mismo. Los amarres de las administraciones pasadas y los golpes de los grupos de poder lanzan embates siempre por el mismo camino: el de no querer cambiar. Pareciera que esos mismos políticos que en su momento sufrieron lo mismo, la presión para no poder implementar sus políticas reformadoras, hoy aplicaran las mismas viejas recetas de caravanas para rescatar la vieja revolución.

En lugar de eso, hoy todos como sociedad deberíamos de estar defendiendo a las instituciones en lugar de la salida fácil de pedir renuncias; eso no es la solución a situaciones que por la modernidad muchos actores ni siquiera están entendiendo. Pareciera que la política se está pareciendo mucho a la tecnología: los teléfonos inteligentes de hoy ya no son como aquellos viejos teléfonos celulares, y a la generación pasada le cuesta trabajo aprender a usarlos.

Es momento de cerrar filas por el bien de las instituciones.

 

 

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