Emprender en México no es fácil. En esta tierra bendita, el emprendimiento tiene un grado de fracaso muy alto. De cien negocios que abren sus puertas por primera vez a principio de año, sólo tres llegarán a diciembre, según nos asegura el Inegi. Las razones para que el índice de éxito para los nuevos negocios sea tan bajo son muy diversas. Podemos creer, con cierto grado de certeza, que el fallo se origina por la falta de seguridad, por el entorno económico, por la falta de estímulos, por la corrupción, pero en realidad, la mayoría de los proyectos de emprendimiento fracasan porque los emprendedores no saben cómo llevar sus planes a buen puerto. El Inadem los ayudaba.

Emprender es una actividad que tiene una naturaleza curiosa. Por un lado, inflama la esperanza y por el otro, es muy riesgosa. El nodo del asunto es que cuando uno pregunta dónde empieza un negocio, la mayor parte de las personas responde que con una buena idea y eso es falso. Un negocio empieza cuando tenemos un cliente que quiere pagar. Entonces, un cliente es una persona que está dispuesta a poner su dinero en nuestras manos para obtener un bien o servicio. Ese pago es el inicio de una cadena de valor que busca un margen de utilidad. Sin embargo, la chispa no se enciende si el público no tiene esa necesidad de gozar de lo que vendemos.

En esa condición, hemos visto una gran cantidad de negocios que están preciosos, en los que reconocemos el esfuerzo y vemos el dinero que traen encima, sin embargo, no se nos antoja comprarles nada. De repente, nos enteramos de ciertos servicios audaces y reconocemos que son buenas ideas, pero que a nosotros no nos sirven para nada y por eso guardamos nuestra cartera y llevamos nuestro dinero a otro lado. Y pasa un día y pasan dos y pasan tres y esos negocios se van llenando de polvo y los pocos visitantes entran y salen con las manos vacías dispuestos a gastar su dinero en otro lado.

El problema con muchos emprendedores es que están tan enamorados de su idea que dejan de ver al mercado. Y, ahí comienza la cadena del desastre. Si quien quiere emprender se enamorara más de su cliente que de su proyecto, si tuviera la capacidad de ampliar su visión y concentrarse en detectar qué necesita aquel que le va a comprar, si fuera capaz de darle la vuelta a su idea para ajustarla a los requerimientos del mercado, tendríamos un factor de éxito en nuevos negocios mucho más alto.

Es increíble como muchos emprendedores están dispuestos a poner sus ahorros, su trabajo y sus ilusiones —en muchos casos su estabilidad— por proyectos que antes de nacer, ya fracasaron. Si alguien les dijera que van a entrar a un mercado en el que la competencia es muy dura y que los competidores son tan grandes que las posibilidades de entrar son nulas, muchos lo pensarían dos veces antes de arriesgarse. Otros, modificarían ciertos elementos para lograr una ventaja competitiva y unos cuantos buscarían otro negocio que les pudiera dar un mejor grado de certeza de que les va a ir bien. Eso hacía el Inadem.

Me entristece que la administración lopezobradorista baje las cortinas del Inadem y diga que ahora los apoyos se darán directamente desde la Secretaría de Economía. Los apoyos que más necesitan los emprendedores tienen que ver con la orientación, la asesoría y el acompañamiento de los proyectos. El dinero siempre hace falta, pero es de mayor relevancia que exista un órgano que le diga a la gente cómo arrancar, qué debe valorar, dónde hay mejores oportunidades, qué se debe evitar. En fin, se necesita mucho consejo para tanta gente que tiene mucha ilusión de contribuir a una patria mejor.

Por supuesto, en este tema, las buenas intenciones no bastan. El mercado no es un sitio color de rosa en donde las relaciones se dan entre algodones. El mercado es similar un campo de guerra como aquellos que visualizaba Sun Tzu y tal como lo sostiene Michael Porter, es preciso generar estrategias que nos lleven a avanzar en el terreno competitivo y a ganar batallas. Eso hacía el Inadem.

Cuando se entra alegremente al mercado, sin tener otra cosa que una buena idea, es como cuando se llega a un callejón oscuro en el que seremos recibidos a golpes y macanazos y lo único que tenemos para defendernos son las uñas largas. Necesitamos prepararnos para competir, hay que entrenarse antes de presentarnos a la línea de salida. Eso hacía el Inadem.

No sólo es la tristeza de ver que un proyecto fracasa, es todo el desperdicio que esto representa. Tanto talento, trabajo, esperanza, recursos tirados al caño y que pudieron haberse aprovechado en forma gloriosa si alguien hubiera estado ahí para pastorear esos planes que fueron puestos en marcha.

Lamento el cierre del Inadem por muchas razones y por una sola. Creo que el emprendimiento es un canal de grandeza para una nación. Emprender significa generar empleos y actividad económica. Emprende el peluquero en su estética y el científico en su laboratorio; emprende el zapatero en su taller debajo de una escalera y el que construye una nave industrial. Todos trabajan y generan riqueza. Todos dan trabajo —aunque sólo sea a sí mismos— y contribuyen a la construcción del país.

Es muy triste ver cuando un negocio cierra. Es peor ver a hombres y mujeres que perdieron dinero, tiempo e ilusión en un proyecto que no funcionó. Es devastador darse cuenta de que esos planes pudieron haber sido rentables si alguien les hubiera advertido que ese no era el camino, pero que había alterativas en las que se encontrarían con el éxito. Eso hacía el Inadem. ¿Quién lo hará ahora?

 

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