Hay que descubrir la forma de generar economías de escala en las unidades habitacionales, esas filas de casas sin mayor interrupción en su homogeneidad casi surrealista.

 

Lo que es grande va a la orilla de la ciudad, donde hay espacio. Esta dinámica se ve claramente en las unidades habitacionales que rodean la Ciudad de México. En 1957, la Santa Fe del IMSS estaba a orillas de la ciudad cuando Mario Pani la construyó. Hoy en día el crecimiento de Tecámac y Chalco ha sido impulsado por las unidades. También hoy 2.2 millones de habitantes del Distrito Federal viven en unidades habitacionales, lo que equivale al 25% de la población total, según la Secretaria de Desarrollo, Agrario, Territorial y Urbano.

Esto convierte a la unidad habitacional en un tema estratégico para la ciudad y el urbanismo. Lograr una fórmula de éxito para convertirlas en polos de desarrollo, en lugar de huecos en el tejido urbano, debe ser una de las prioridades para la ciudad.

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Dicen los diseñadores de libros que a los arquitectos les encantan los libros de forma cuadrada. Tengo uno así en mi casa, blanco, hecho por el Instituto Nacional de la Vivienda en 1969. Es la propuesta para el proyecto Aztlán 2000 –un proyecto de vivienda social enorme entre Tultitlán, Coacalco y Ecatepec–. El plan suena bonito. Las unidades serían abastecidas por las zonas agropecuarias aledañas. El proyecto cuenta con áreas recreativas que van de la carretera a Querétaro hasta la carretera a Pachuca, entre lo que hoy es la avenida López Portillo y la Sierra de Guadalupe. Las áreas industriales alrededor de Cuautitlán y Ecatepec contarían con un sitio de trabajo cercano. Pensaron en un centro de salud, cines, centros comerciales dentro de la unidad, bibliotecas y escuelas. Planeaban albergar 1.5 millones de personas. Quienes conocen la zona hoy en día saben que no quedó mucho de este sueño de la unidad habitacional casi autosustentable con servicios. Ahora las unidades en esta región tienen un ambiente casi carcelario.

Cuando uno recorre la unidad habitacional El Rosario, con sus puentes vehiculares no terminados que pasan por los mismos edificios, sus pequeños parques y la variedad de espacios para talleres y bibliotecas, se da cuenta que fue un lugar muy analizado en su planeación. Sin embargo, ahora es una zona urbana de muchos asaltos y criminalidad. En tanto, las elegantes unidades de Tlatelolco y Santa Fe del IMSS, diseñadas por Pani, también han pasado por periodos difíciles de degradación ambiental y social, una muestra de que es muy difícil planear el comportamiento humano a través del diseño de espacios.

Los diseñadores de las unidades habitacionales contemporáneos, como San Buenaventura y Tecámac, parecen haber perdido la fe en que el diseño arquitectónico puede crear un ambiente de desarrollo urbano local, más allá de ser sólo cajas para guardar obreros. Su homogeneidad es casi surrealista, con filas consecutivas de casas sin mayor interrupción en la homogeneidad.

Pero estas unidades, aunque sean focos rojos, también albergan una gran posibilidad para la ciudad. Su misma homogeneidad y la cantidad de gente que vive el ellas implica que se prestan para modelos reproducibles. Estas áreas deben ser invernaderos y laboratorios para nuevos modelos de desarrollo urbano –finalmente, las economías de escala que alcancen implicará que las unidades puedan ser de alto impacto en la economía y calidad de vida de la ciudad–. Si la sociedad logra innovar allí exitosamente puede beneficiar a millones de personas. Un experimento exitoso puede tener muchas escuelas. En lugar de estar tan enfocados en sitios céntricos o turísticos como el Centro y Paseo de la Reforma, los esfuerzos urbanísticos pueden tener mayor impacto en las periferias y en las unidades.

La pregunta es: ¿cuáles son las características que impiden el desarrollo urbano en unidades habitacionales?

Un tema es que el diseño de los grandes conjuntos quita flexibilidad a los espacios. Éstos fueron hechos como productos terminados, no como conjuntos que se deben ir adaptando mientras las circunstancias cambian. Uno de los ejemplos más claros es la dificultad de adaptar las viviendas para recibir a nuevos miembros de familia, como es normal en la autoconstrucción en México, en que las habitaciones se van sumando mientras las familias crecen. La consecuencia es que en las unidades el hacinamiento es mayor, muchos niños en poco espacio.

Un segundo tema es que las unidades tienen menos cohesión social y cultura comunitaria, y necesitan más por el tema del mantenimiento y orden en los espacios compartidos. Allí surge la pregunta: ¿cómo surge una cultura comunitaria? En las colonias informales, la gente funda, construye y se manifiesta en conjunto para gestionar servicios públicos. Este proceso da como resultado fuertes lazos entre vecinos. En una colonia prefabricada, estos procesos no existen. Al mismo tiempo, la configuración netamente habitacional implica que los antros y cafés, que generalmente son puntos de reunión, tampoco existen. Y aunque uno pensaría que tener un comercio en una unidad habitacional debe ser una receta para el éxito, tampoco es así. El centro comercial en la Unidad Habitacional Santa Fe del IMSS tiene muchos locales cerrados. La biblioteca de la unidad El Rosario tampoco logró mantenerse abierta. Aunque hay espacios pensados para crear un sentido de comunidad, muchas veces no tienen éxito.

Es claro que entre los diseñadores de las unidades habitacionales ha habido desde los mejores pensadores arquitectónicos hasta los peores. No creo que haya un claro ejemplo de éxito. Las unidades son un reto mayor, especialmente en condiciones de subdesarrollo económico, que en sí genera muchos problemas urbanos. Sin embargo, resolver este rompecabezas puede tener grandes beneficios. Si hemos visto el indeseable potencial que tienen estos espacios, también se valdría descubrir la forma de utilizar su tamaño y las economías de escala que pueden generar para bien.

 

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