Las elecciones de 2018 han causado y siguen causando gran revuelo y expectación en la sociedad mexicana. Mucho se escucha sobre el tema en todos los ámbitos, ya sea en los medios o en las conversaciones de café y sobremesa. Nos maneja ese temor de un regreso al pasado y de una pérdida de estabilidad. Para muchos las elecciones se tratarán en última instancia de un referendo de facto respecto a los resultados de la política económica de los últimos años, en sintonía de la tendencia global en la materia. Mientras que para otros se trata de un cansancio respecto a los políticos tradicionales y, más localmente, se trata del tema de la corrupción que inunda nuestros medios. Quizá sea una mezcla de todos estos factores.

Por donde se le mire existe una gran preocupación del surgimiento en México de fenómenos internacionales de corte populista ya sean de derecha o de izquierda, populistas al fin. Fenómenos como el de Trump en EU, Le Pen en Francia, el Brexit en Gran Bretaña, o “Podemos” y “Ciudadanos” en España, entre otros. En gran medida todos estos fenómenos han sido -en cierta forma- resultado de que los beneficios de las políticas económicas de los últimos años pro comercio exterior y migración, estabilidad macroeconómica y énfasis en la productividad, no han sido percibidas por el grueso de la población como beneficios tangibles que han mejorado las condiciones de vida. Esto puede explicar la añoranza por un regreso al pasado que supondría mejores condiciones de vida.

En este sentido, una parte de este descontento está también asociado al énfasis en la productividad como receta para el crecimiento. Aunque la conversación general necesariamente está relacionada con expectativas de un menor nivel de empleo en ciertas industrias asociadas a procesos de automatización y también a la reubicación de procesos productivos hacia países que son más competitivos en términos de costos.

El caso mexicano no ha sido en general muy diferente, puesto que tampoco se han subrayado algunos de los logros importantes asociados al proceso de inserción en la economía global y al contrario se han destacado los costos asociados al mismo. Se han dejado de lado logros como el surgimiento de los clasemedieros, la mayor escolaridad de la población, el paso de un país rural a uno urbano, el mejoramiento en la esperanza de vida y otras medidas como reducción de la pobreza que han transformado al país de manera significativa en las últimas décadas.

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Por su parte, el descontento respecto a los políticos tradicionales no es muy diferente a la tendencia internacional. Así como, el descontento respecto a la falta de representatividad y sensibilidad de los políticos ante las demandas de la ciudadanía. Escándalos de asignaciones turbias de recursos, moches, tráfico de influencias, derroche y otro tipo de conductas asociadas, han minado y socavado la confianza de la ciudadanía en la clase política. Esa peligrosa sensación de que “todos son iguales”, ha empujado a la ciudadanía a ser profundamente escéptica y a estar completamente desencantada con sus representantes. Y el caso de la percepción de corrupción pues está muy relacionado con esto último.

Existe entonces, en una gran parte de la población, un temor de que en México pudiésemos tener un giro hacia estos extremos populistas. Esto es visible en una gran cantidad de campañas, conversaciones, comentarios y corrientes que advierten respecto a los peligros que implicaría un giro de México hacia gobiernos populistas. Se habla de los riesgos de la “venezuelización” del país y el regreso a un pasado que no funcionó. De esta forma -y a pesar de nuestra vocación democrática- algunos buscan en cierta medida cerrar filas a cualquier costo y poner obstáculos para evitar que los candidatos de estas características logren avanzar.

El supuesto detrás de esta conducta es que las tendencias populistas se generaron en una suerte de vacío y por generación espontánea, así que hay que combatirlas. Lo que resulta curioso de esto es que en esta actitud no existe en absoluto un tomar responsabilidad de nadie por la situación que enfrentamos, y menos por esta conducta de ignorar los avances, de estar viviendo en este modo automático de que “estamos mal y vamos para peor”, minimizando los logros y magnificando los problemas. Lo que da como resultado un extraordinario caldo de cultivo para movimientos populistas de izquierda o derecha. Y ésta es una lección importante para la sociedad mexicana en todos los ámbitos.

El surgimiento de cualquier tentación populista -de la índole que sea- es responsabilidad de cada uno y no ocurre en el vacío. Desde la queja ciudadana por la falta de avances en todos los ámbitos, pasando por el manejo político de enlodar todo para venir con “la solución y propuesta”, hasta políticas empresariales que favorecen la contención salarial opuesto a la inversión en capacitación para detonar la productividad (que resulta más barato para las empresas). Cada uno de estos son aspectos que han favorecido las tentaciones que ahora observamos.

Bien haríamos como sociedad en tener una visión mucho más balanceada respecto a la marcha del país, poner las cosas en perspectiva y asumir responsabilidad sobre lo que decimos y lo que hacemos para traer funcionalidad a las elecciones y a la política. Es fundamental aprender a re expresar lo que queremos decir, para convertir una queja en una acción. Convertir, así como transformar, algo que “está mal” en algo “que falta” y que se puede proveer.

No se trata de “acabar” a cualquier costo con las tentaciones populistas, sino de construir una democracia que favorece el crecimiento y desarrollo del país en forma articulada y con los pies en la tierra. Esto está en el mejor interés de nuestra sociedad y es parte de una madurez muy necesaria para fortalecer la vida democrática de una forma en que nuestra democracia engrandezca al país. Siempre es más efectivo prevenir que lamentar.

 

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