Por Palmira Tapia Palacios*

En menos de una hora, alrededor de las 20 horas, del 1 de julio, presenciamos el reconocimiento de José Antonio Meade y Ricardo Anaya de que las tendencias en los resultados electorales no les favorecían, y si a su contrincante Andrés Manuel López Obrador. Este acto de aceptación de la derrota cayó como agua fresca después de meses de proceso electoral, marcado por ser el más violento en el México moderno. Pero más allá de ser un acto de civilidad política por parte de dos políticos, este acto representa un símbolo alentador en la democracia mexicana. Un mensaje claro de reconocimiento de la derrota y el deseo del éxito al candidato triunfador, porque en ello está el destino de millones de mexicanos. Paradójicamente, es probable que éstos sean los discursos y frases más memorables de Meade y Anaya, sin embargo, es de reconocer su altura de miras para aceptar la derrota en las urnas. Este hecho será una de las claves más importantes con las que será recordada la elección presidencial de 2018.

A diferencia de los últimos procesos electorales, la atención mediática no está sobre el actuar de la autoridad electoral nacional. Esto es una buena noticia y es lo que deberíamos esperar de cada proceso electoral. Sin duda el análisis a nivel de los estados es otro y merece un balance riguroso de las reglas electorales que centralizó desde 2014, las principales funciones electorales en el INE, convirtiendo a casi todos los institutos electorales de los estados en meros canales de transmisión de las decisiones del “centro”.

Otro aspecto de esta elección son los triunfos de Morena en las gubernaturas: posiblemente seis, lo que da como resultado un mapa electoral estatal variopinto. Si uno de los elementos que explican el tercer lugar del PRI en esta elección, son los actos de corrupción de sus gobernadores, sin precedentes en la historia moderna de México, o al menos no visibilizados como lo han sido ahora, el futuro presidente tendrá en sus manos el mismo reto: cómo evitar la corrupción en los ámbitos estatales y municipales.

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El éxito de Andrés Manuel como candidato es indiscutible, su estrategia de campaña en tierra y redes sociales y las personas claves que estuvieron al frente son tan importantes como la coyuntura que vive el país para explicar ese éxito. El discurso de “cambio verdadero” supo ser posicionado porque los electores mexicanos mayoritariamente se mostraron menos adversos al riesgo que en 2006. El discurso de miedo por parte de sus contrincantes simplemente no fue suficiente para inhibir el voto a favor de un proyecto que promete mucho y en poco tiempo. Ni las comparaciones con Venezuela, ni las advertencias contra el populismo lograron ganarle al hartazgo ciudadano de la violencia y los actos de corrupción a todos los niveles.

El porcentaje de votación del candidato presidencial de Morena se ubica entre el 53.0% y 53.8% según el conteo rápido del INE, una distancia de más de 30 puntos respecto al segundo lugar. Un capital político aún más alto con el que triunfó el primer presidente de alternancia, Vicente Fox. El enorme reto que tiene Andrés Manuel y su gabinete será dar resultados en el corto plazo. Por el bien de todos los mexicanos, espero que el futuro presidente de la República se desempeñe como un digno representante de la institución presidencial.

*Maestra en Políticas Públicas por la Universidad de Oxford y Licenciada en Ciencia Políticas y Relaciones Internacionales, por el Centro de Investigación y Docencia Económicas.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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