Como si de un axioma se tratase, la sabiduría económica convencional establecía que existe una relación inversa entre eficiencia económica e igualdad, explican Xosé Carlos Arias y Antón Costas, en La nueva piel del capitalismo (Galaxia Gutenberg, 2016).

Si una sociedad quiere aumentar el grado de equidad en la distribución de la renta, tiene que estar dispuesta a aceptar el costo de una menor eficiencia en la asignación de los recursos y en la tasa de crecimiento económico. Por el contrario, si quiere fomentar la eficiencia y el crecimiento, la sociedad deberá, al menos temporalmente, pagar el costo de una mayor desigualdad.

En líneas generales, los conservadores se identificaban con la prioridad de la eficiencia por encima de la equidad, mientras que los socialdemócratas daban preferencia a la igualdad.

Con el paso de los años, se fue produciendo una línea de convergencia a favor de la eficiencia en buena parte del espectro político de la mayoría de los países desarrollados, pero, con esto, los objetivos redistributivos quedaron relativamente relegados a la hora de decidir la agenda política. En la búsqueda de la eficiencia, la socialdemocracia, paulatinamente, olvidó sus políticas tradicionales, al prestar atención privilegiada a sectores medios con empleo estable, mientras que marginaba a aquellos otros que estaban en situación más precaria, y adoptaba políticas públicas menos igualitarias.

La influencia de este dilema en el pensamiento de los economistas ha sido enorme. Los estudiantes de Economía se impregnaban de él y eran formados en la prioridad hacia la eficiencia sobre la igualdad. La frase de Robert Lucas: “Lo dañino de poner el foco de la cuestión en la distribución” es seguramente su manifestación más explícita. Entiéndase bien: no se trata de que los economistas de esta corriente sean insensibles a la desigualdad, sino de que creen en la teoría del derrame, es decir, que a medida que se expande la producción, este crecimiento hará que sus resultados, en términos de renta y riqueza, lleguen, poco a poco, a toda la sociedad. En esta visión, un esfuerzo por aumentar la igualdad mediante las políticas redistributivas daña la asignación eficiente de los recursos y el potencial de crecimiento a largo plazo.

Sin embargo, de acuerdo con los autores citados, la aceptación acrítica de este dilema está cambiando radicalmente, a medida que aparecen nuevas investigaciones empíricas que aportan una renovada luz en torno a esta cuestión.

La conclusión central de estos estudios no sólo es que la desigualdad no es un buen incentivo para la eficiencia, sino que, por el contrario, excepto en casos extremos, reducciones de la desigualdad mediante políticas redistributivas impulsan la eficiencia, la calidad y la sostenibilidad del crecimiento.

Las investigaciones que apuntan hacia esa dirección ya son muy numerosas. Algunas de ellas han venido de economistas que desempeñan su labor en una institución que en el pasado defendió la vieja visión del Fondo Monetario Internacional (FMI), como Jonathan D. Ostry.

En el año 2014, este autor utilizó nuevas fuentes de datos para diferenciar entre desigualdad primaria, producida por el mercado, y final, generada mediante la redistribución con impuestos y transferencias.

Por un lado, muestran que niveles bajos de desigualdad final se relacionan de forma robusta con un crecimiento más rápido y más estable. Y, en el otro extremo, prueban que la redistribución es generalmente benigna en términos de su impacto en el crecimiento, y que sólo en casos extremos hay alguna evidencia de que las políticas redistributivas tienen efectos negativos sobre el crecimiento.

Es necesario desterrar todas estas ideas de mentiras y de fundamentalismos que la economía neoclásica nos ha legado. Son tan fanáticos como aquellos a quienes atacan. Si nuestros gobernantes y los electores supieran que igualdad y crecimiento son sostenibles sistemáticamente, no tendrían tanto miedo a las políticas de izquierda que tachan de “mesianismo”.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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