En un trabajo extraor­dinario por su ampli­tud y detalle sobre el fenómeno de las crisis financieras, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff (2009) identificaron distintos tipos de crisis, definieron sus semejanzas y diferencias, y llevaron a cabo un detallado análisis cuantitativo de episodios documentados en 66 países, a lo largo de 800 años.

Su trabajo es uno de los intentos más serios y exitosos para cons­truir, a partir de la abundante evidencia empírica recopilada, una fundamentación teórica que permita comprender mejor estos fenómenos.

Una de las conclusiones más im­portantes del estudio, que debería difundirse en todo el mundo, es que las posibles causas de una crisis financiera pueden ser infinitamente variadas y, por lo tanto, es mínima la posibilidad de que una crisis subsecuente sea causada por los mismos factores.

Sin embargo, Reinhart y Rogoff afirman que, a partir de la eviden­cia histórica, queda confirmado que sí existe una característica en común en todas ellas. Se trata de la excesiva acumulación de deuda de carácter público, de carácter privado o de ambas.

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Cuando la actividad económica se desenvuelve a un ritmo normal, la mayoría de las entidades son capaces de hacer frente a sus compromisos, aun aquellas que se encuentran muy apalancadas.

Pero con el cambio de tenden­cia, normalmente asociado al ciclo de expansión-contracción de toda economía de mercado, las empresas no logran cumplir con la generación de flujos necesarios para hacer frente al pago de su deuda y caen en incumplimiento.

Además del ciclo económi­co natural, la inflexión de una tendencia de crecimiento de la economía también puede ser causada por una inflación elevada, la cual debe ser con­trolada con medidas moneta­rias restrictivas que, a su vez, provocan una desaceleración económica.

Otra causa son los proble­mas de carácter fiscal, como el sobreendeudamiento del go­bierno central o de los gobier­nos provinciales, que conducen a una reducción drástica del gasto público y, por lo tanto, a una desaceleración de la demanda.

En muchas ocasiones, el crecimiento se revierte cuando se abandona la paridad fija de la moneda frente a las divisas extranjeras por el agotamiento de las reservas internacionales de un país. En todos los casos, el entorno macroeconómico deja de ser favorable para los acreditados y les dificulta el cumplimiento de sus obligaciones. En situaciones extremas, es el detonador de crisis bancarias o incluso soberanas.

El ejercicio del gasto gubernamental puede favorecer un crecimiento de la economía superior al justificado por su dinámica propia, al incrementar la demanda agregada, aun cuando se haya generado a partir de endeuda­miento público. Sin embargo, éste es susceptible de disminuir drástica­mente cuando se presentan dificulta­des fiscales.

De la misma manera, el uso exce­sivo del crédito privado puede inflar los precios de ciertos activos, inclui­dos los bienes raíces o las acciones, por encima de sus niveles de precios sostenibles en el largo plazo.

Las causas de las crisis financie­ras frecuentemente están asociadas a problemas en el sector bancario. En América Latina se presentaron episodios de crisis bancarias en Ar­gentina (1981), Chile (1981), Colombia (1982) y Uruguay (1982).

Es bien sabido que estas crisis ge­neralmente están asociadas a deter­minantes específicos, como el aumento del riesgo crediticio debido a políticas laxas, niveles insuficientes de capita­lización de las instituciones bancarias, aumentos en la tasa de interés de corto plazo que conducen a incumplimiento de los créditos vigentes, o a problemas de riesgo moral.

 

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