Hacía días que no pensaba en comida, ni siquiera en un trago. El olor a mantequilla del risotto con huitlacoche de al lado le despertó curiosidad… en El Convite.

 

Los santos pueden hacer lo que quieran; tienen ese derecho y cualidad. Todavía era invierno cuando decidió bajar a darle un vistazo a la Ciudad de México. Una sombra larga le acompañaba por la acera de Eje Central, para después llegar, como rutina habitual en él, a la calle de Ajusco número 79. Nadie lo esperaba, y él tampoco buscaba sentarse con alguien. Se acomodó en una de las mesas del fondo, junto a la pizarra negra; acomodó su sax sobre la mesa, y encendió un cigarrillo.

Hacía días que no pensaba en comida, ni siquiera en un trago. El olor a mantequilla del risotto con huitlacoche de al lado le despertó curiosidad. Una cautivadora rubia lo devoraba con gusto. Sus labios rojos se movían con cierta complacencia. ¡Mesero!, decía mientras alzaba la mano, una copa de vino y un plato de ese arroz, ¿o qué es eso del ceviche?, preguntaba mientras examinaba la carta. Nadie le hizo caso. Volvió a intentarlo una y otra vez. Manoteó la mesa hasta que los cubiertos cayeron. Silencio. Todos voltearon a esa esquina, con la sorpresa de ver el espacio en blanco. Silencio.

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ElconviteAvergonzado, dijo que lo sentía, pero nadie lo escuchó. Levantó el sax, con una abolladura nueva, al mismo tiempo que Edgardo tomaba los cubiertos mientras se alejaba con un pequeño escalofrío .Por un instante, el chico negro de Philadelphia juró que se habían visto a los ojos. ¡Hey!, ¿me escuchas?, le decía justo cuando una serpentina salía de sus labios. Sin éxito, se volvió a sentar con enfado y un tanto de frustración. De nueva cuenta vio desfilar platillos raros para él: ceviche de atún, salmón con manzana y una tarta de manzana que seguramente mamá Laura horneó desde la mañana.

Aquí se dan los encuentros. No es sorpresa que la gente se conozca, como la mujer que llegó a su mesa: una pelirroja que bien podría mentir con su edad. Cómo no verla si llegó, sin preguntar, a sentarse junto a Coltrane. Seguro si lo pudiese ver se moriría. Detrás de ella, un sujeto moreno, de moreno crispado y una risa entrecortada con la nariz un poco gastada. En ellos, la pretensión de ser amigos. John, al ver sus miradas entendió que igual el sitio servía de refugio para estos nuevos amantes, que por debajo de la mesa tejían otra historia sólo de ellos, mientras ella insertaba su pequeño pie en la pantorrilla mientras se hacían tontos leyendo la carta, aunque siempre terminaban eligiendo lo mismo: él, unos mejillones al vino blanco y un mezcal; ella, un salmón con manzana acompañado de un tinto de la casa.

Trane era un intruso en esa mesa. El antojo era tal que prefirió pararse al mostrador de los postres, ésos que las tías hacen. Tomó el sax y, lamentando la herida, le suplicó perdón. Se puso a tocarlo mientras en la banqueta, en una de las mesas exteriores del lugar, dos tipos hablaban de los errores y aciertos del blues mexicano mientras se saboreaban una torta de jamón como niños chiquitos, ¿Así me habré visto con Monk y Davis después de un concierto? Ya eran las once, y el ánimo apenas comenzaba en ese viernes. En el anonimato comenzó a improvisar. Iba de mesa en mesa alrededor del bullicio.

¿Y si alguien lo escuchara? Si alguien se diera cuenta que John Coltrane estuvo ahí deambulando de un lado a otro de muchacho fisgón. Cerrarían el lugar, le pedirían “Naima”, “My favorite things”, lo hartarían de preguntas, de selfies y, entonces sí, a correr al cielo o al infierno, daría igual. Sin más, se quedó de espectador, siendo testigo de una noche en la Portales. Ésta es la noche en la que Trane volvió a querer ser mortal.

¡Felices 19 años!

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