El poeta mexicano Francisco Asís de Icaza y Beña disfrutaba de su luna de miel en esta ciudad cuando un invidente se le acercó para pedirle dinero. El también historiador le dijo a su esposa: “Dale limosna, mujer, que no hay peor desgracia que ser ciego en Granada.”

 

Esa frase apenas logra describir la belleza de esta ciudad, que en sus límites alberga la Alhambra, una de las construcciones más impresionantes del mundo, y en su centro el Barrio de Sacromonte, considerado uno de los lugares más representativos de la cultura española.

Dedicamos toda una mañana a conocer la que fuera una ciudad y fortaleza árabe cuyo exterior en absoluto resultó impresionante, cosa que se convirtió en una ventaja, pues no llegamos a abarcar la maravilla que nos esperaba al cruzar sus primeros salones. Es considerada como la obra cumbre del arte islámico: cada una de sus paredes tiene inscripciones que parecen bordadas con versos del Corán, y a medida que nos íbamos adentrando en ella, sus salones crecían en majestuosidad, hasta un punto en el que nuestros ojos parecieron acostumbrarse a este escenario.

2okConstantemente intercambiábamos opiniones con las que parecíamos afirmarnos mutuamente que lo que veíamos era real. Techos como el de la Sala de los Abencerrajes; el Mirador de Lindajara, hecho principalmente con mármol árabe, que regala una modesta vista a los jardines centrales, y el cuarto del emperador (en el que residió temporalmente el escritor inglés Washington Irving y que lo inspiró a escribir su obra Cuentos de la Alhambra), corroboraron la forma en la que esta cultura demuestra su lujo y poderío, mostrando la riqueza hacia dentro con una cara modesta al exterior.

Las inscripciones de sus paredes rezan versos que tratan de exaltar su belleza, aunque al final resultan innecesarios. Nos resultó difícil creer que en el mundo abunden lugares con tales características. En cada metro y rincón existe un símbolo que, además de tener significado, lo adorna a la perfección. Las frases recurrentes en sus paredes hablan de sensaciones como: “nunca vimos jardín tan verdeante de más dulce cosecha y más aroma” o la que reza: “sólo Dios es vencedor”, con la que se justificaban las luchas, y los triunfos se convertían en logros anónimos.

 

Los Jardines del Generalife

Además de sus arcos y fuentes, la visita a la Alhambra nos regaló la oportunidad de pasear por lo que, sin exageración alguna, es un edén en la Tierra. En este lugar, las flores se ven distintas, los colores tienen una tonalidad especial y las fuentes son protagonistas, pues son las encargadas de proveer, con el caer del agua, una especial banda sonora que sólo en Granada suena de esa manera.

3okEn este paseo vivimos una situación privilegiada debido a una coincidencia, pues cuando entramos al Patio de la Acequia, el lugar se quedó completamente vacío, algo que, dijo incluso el guía, era insólito. La causa fue desconocida, pero gracias a lo que haya sido, éramos tres personas con un paraíso a nuestra disposición. No pudimos evitar tocar el agua de sus fuentes, acercarnos a sus arcos de herradura para experimentar la sensación de pasar las manos por sus letras bordadas y aspirar el olor a jazmín, que en este punto se percibe más que en cualquier otro.

 

Sabor gitano

Dejar atrás la Alhambra no fue fácil, pero teníamos que continuar, y el siguiente punto resultó también un hallazgo: Sacromonte, un pintoresco barrio a las afueras de la ciudad, que con el tiempo se convirtió en el suburbio habitado por los gitanos, por lo que no nos sorprendió escuchar en sus calles a cantaores tocando la guitarra y entregando versos con frases como: “no llores como mujer lo que no pudiste defender como hombre”, expresión que, nos compartió el gitano que la cantaba, le dijo la sultana Aixa a su hijo, el Boadbil, el último rey de Granada antes de que fuera expulsado de la ciudad.

Una de las características de este suburbio son las inclinadas pendientes de sus calles, la existencia, en cada una de sus casas, de los patios andaluces, y el color blanco en cada una de ellas, tradición que –todos coinciden– no tiene mayor significado que combatir el intenso calor del verano. Aquí saciamos nuestras ganas de escuchar flamenco: en sus cuevas pudimos ver espectáculos que, para nuestra suerte, no están hechos expresamente para turistas, sino para el público local, por lo que probamos la verdadera experiencia gitana.

 

África en España

Antes de que oscureciera recorrimos el Barrio del Albaicín, un pasaje comercial que nos hizo pensar que repentinamente estábamos en una calle de Marruecos. Nuevamente nos topamos con la incluso incómoda estrechez de sus calles, ocupadas por tiendas en las que el sabor flamenco y los vestidos gitanos parecían no existir, mostrando como mercancía vestidos árabes, babuchas, turbantes y joyería representativa del norte africano. De repente, como si nos hubiéramos teletransportado, nuevamente estábamos en el centro de una ciudad clásica europea.

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Capilla Real

La imponente Catedral de Granada no logra superar la importancia histórica de su Capilla Real. Éste fue el último punto de nuestra fugaz visita. Resultó ser mucho más que un museo o un refugio para el arte católico; en ella encontramos los pilares de la historia de España y, como consecuencia, la que marcó la pauta de la que nos alude directamente: el descubrimiento de América. Estuvimos de pie frente a la tumba de los reyes católicos Isabel y Fernando, y atestiguamos la sencillez del sepulcro, así como documentos escritos a mano por la reina y los atuendos que usaba en ocasiones especiales.

Al terminar este histórico paseo nos despedimos con una sesión intensiva de tapas, para finalmente pernoctar en esta ciudad que, irónicamente, parece que nunca duerme.

 

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