El festival  de Cannes entra a su recta final y clausurará su edición 71 con la presentación de The Man who killed Don Quixote, la largamente dilatada película del cineasta británico Terry Gilliam que llegará finalmente a verse después de décadas de preparación. Después de anunciarse que se presentaría en el Festival, Paulo Branco, uno de los productores de la película, demandó a Terry Gilliam, por lo que se pensó que la película finalmente no se proyectaría en el Festival.

Tras algunas semanas de arduas disputas legales, se decidió que la película “maldita” viera la luz del proyector en Cannes, donde fue recibida con más decepción y tristeza que vitoreos y júbilo. Triste final para un proyecto tan ambicioso y acariciado como pocos en la historia del cine.

Sobre la película de Lars Von Trier

Cannes

The Man who killed Don Quixote fue la última película en proyectarse en la edición 71 de Cannes.

Para su nueva película The House That Jack Built, el danés Lars Von Trier persigue a lo largo de cinco incidentes y un dantesco epílogo a un asesino serial (Matt Dillon) a lo largo de 12 años, adentrándose en la psique de un hombre que define el homicidio como una de las bellas artes. El cineasta danés combina ideas sobre el arte, la arquitectura, los nazis y su representación de las mujeres de forma rudimentaria y con un deleznable narcisismo, aunque aquí, más que indulgencia, persiste la idea de expiación infernal. La crueldad a cuadro mostrada por Von Trier difícilmente empata con los alcances de sus ideas. Valiosa por los acalorados debates que despertará a lo largo del mundo cuando sea vista. La casa que Von Trier construye es una de nulo pensamiento digno de análisis y bombástico ruido.

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La competencia se termina…

La desesperación que corre en los tiempos actuales definitivamente puede llevar a las personas a actuar de forma precipitada e impulsiva, pero los grados a los que llega Marcello, protagonista de Dogman, la nueva película del cineasta italiano Matteo Garrone…

En la película, Marcello (Marcello Fonte) un cálido e ingenuo estilista de perros se ve amenazado por un joven matón y criminal que es más parecido a un feroz perro de pelea que a un ser humano. El problema no es que Marcello sea ingenuo o que pretenda asumírsele como un mártir, sino en que a diferencia del Lázaro de la película de Rohrwacher, el habilidoso estilista canino resulta irritante y antipático, lo que impide simpatizar con su complicada situación, a pesar del extraordinario desempeño del actor Marcello Fonte.

En un agravio aún peor, resultan numerosas las graves faltas que representa una película como Capharnaum, el nuevo trabajo de la cineasta Nadine Labaki que presenta, con lujo de morbo sociológico, la miseria en la que vive un niño en el Líbano actual que ha decidido demandar a sus padres por “darle vida” después de apuñalar al hombre que se ha casado con su hermana de 11 años y de cuidar de un bebé de una inmigrante etíope padeciendo hambre y vejaciones que solo las grandes instituciones bondadosas del mundo pueden aliviar. Rayando en lo que podría ser una parodia, la poca inventiva cinematográfica presente en otros trabajos de Labaki queda ahogada en un chantaje que ha hecho las delicias de públicos anglosajones y europeos, ávidos de exotización y conmiseración de los innegables y profundos problemas que pudren los países del tercer mundo, entre ellos, la comodificación de esos mismos problemas para satisfacer y expiar conciencias.

Cierro con un par de películas que han sido de lo más valioso de la competencia este año en Cannes: por un lado, Under the silver lake, la nueva película del cineasta estadunidense David Robert Mitchell es una odisea angelina, en una línea similar a Mullholland Dr. (Lynch,2001) o The Big Lebowski (Cohen,1998) que se nutre de la cultura pop de los últimos 60 años para crear un expresionista misterio alrededor de la desaparición de una chica a cargo de la estampa ideal del millenial contemporáneo: Andrew Garfield. La película es una delirante colección de personajes y situaciones creadas alrededor de teorías de conspiración e intrincadas redes que toman aire tanto de la literatura de Thomas Pynchon como de Raymond Chandler.

Y finalmente, la que sin duda fue la mejor película de la competencia oficial, tanto para quien escribe como para varios colegas que tuvimos el privilegio de verla. Se trata del nuevo trabajo del enorme cineasta coreano Lee Chang Dong llamado Burning, adaptación de un relato corto del escritor japonés Haruki Murakami en la que se expone el flamable triángulo conformado por Jong-Soo, aspirante a escritor, Haemi, una joven estudiante y Ben, un joven y cínico millonario. Lee Chang Dong construye un relato que por un lado es capaz de abordar la compleja situación de Corea sin hacer alusión directa a la política y cuyos personajes logran transmitir a través de gestos, expresiones e indumentaria un perfil sociológico y psicológico de insondable y dolorosa profundidad que abandonan el plano de “personaje” para volverse personas que viven una situación fuera de lo común, proeza del trío Ah In Yoo, Steven Yeun y Jong-seo Jong. Lo del cineasta coreano en Cannes fue un acto de absoluta piromanía fílmica.

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