México se ha posicionado en todo el mundo como una potencia creativa al mismo nivel que otras, como Italia, Dinamarca o Finlandia. Su nombramiento como Capital Mundial del Diseño 2018 confirma lo que muchos ya sabían: la cultura de un país la conforman sus objetos.

Cuando en 1960 el crítico de arte italiano Mario Praz decidió escribir su autobiografía lo hizo a través de un libro tan extraño como fascinante; se podría describir casi con el término bizarro, en su acepción real (de la Real Academia, no de la que emplean los periodistas hípster hoy día): “Generoso, lucido —ojo, sin acento en la u—, espléndido”. La casa de la vida es eso y mucho más: es un recorrido por su casa en el Palazzo Ricci, en Roma, a través de sus muebles. Porque para Mario Praz, y para cualquier persona con un mínimo de sensibilidad, los muebles cuentan la historia de una vida y, en muchos casos, son testigos de nuestra existencia. Nos acompañan, nos consuelan, nos abrazan y nos observan. A nivel individual, pero también como sociedad.

La cultura de un país, su identidad, se construye a partir de los objetos que la conforman: muebles, vestidos, objetos de uso diario… En un país como México, esa expresión se ha ido conformando a lo largo de los siglos por una tradición artesana que, frente a los clichés y los lugares comunes, es mucho más sofisticada de lo que a primera vista puede parecer. Una humilde silla de un artesano local es infinitamente más moderna que una mala imitación de un pastiche historicista. Arquitectos como Luis Barragán crearon en su día un mobiliario depurado, elegante y atemporal basado en piezas sencillas, pero conceptualmente muy complejas, diseñadas para resistir la prueba del tiempo.

Hoy, sus herederos son los diseñadores industriales, como Héctor Esrawe, que han posicionado a México como una potencia en materia de diseño al mismo nivel que otras escuelas, como la danesa en los años 50 o la italiana en los 60. Se trata de una generación surgida en la última década que ha hecho lo que podría definirse como una “revolución silenciosa”. A juicio de Emilio Cabrero, director de la Design Week México, esta (no tan) nueva hornada está compuesta por nombres como David Pompa, Alejandro Grande, Déjate Querer, Pirwi, Ad Hoc, MOB y, por supesto, el propio Esrawe. Todos ellos, según el diseñador mexicano, que ha recibido premios internacionales tan prestigiosos como el Iconic Award, World Interiors News Award y el reconocimiento de la International Interior Design Association (IIDA) por su trayectoria, son conscientes “del impacto y las implicaciones que tienen nuestros productos en la sociedad y en el medio ambiente, de la responsabilidad de lo que creamos, para quién lo creamos y cómo lo creamos”.

Ese impacto es ahora más fuerte que nunca gracias a dos hechos relacionados entre sí que colocan a México en el punto de mira internacional. Por un lado, el nombramiento de la Ciudad de México como Capital Mundial del Diseño en 2018, una iniciativa que supondrá una mayor difusión del diseño mexicano a nivel global y, probablemente, tal y como subraya Cabrero, se traduzca en “una ola de beneficios para nuestra capital y traiga consigo una inversión significativa para la industria”. Por otro lado, antes incluso de que existiese un reconocimiento oficial, había otro fenómeno extraoficial por parte de los grandes gurús del lujo y de revistas de culto dentro del sector, como Wallpaper o Monocle, quienes consideraban a México como la nueva potencia a tener en cuenta en la escena design internacional.

Hace menos de dos años, por ejemplo, Andrea Panconesi, CEO de la tienda de lujo online LuisaViaRoma, un referente dentro de la industria de la alta gama, declaró en su primera visita a México: “Me siento como en casa. Tal vez se deba al carácter latino. Somos muy parecidos. Me siento más cómodo aquí que en otros países de Europa, mucho más cercanos. El talento que he visto, la creatividad, las ganas de innovar son muy estimulantes. Y estoy seguro de que es sólo el principio: hay un gran potencial. Me parece que México está viviendo un momento efervescente”. Y no eran sólo palabras. Rápidamente incorporó a diseñadores como Héctor Esrawe, Sami Hayek y el artista Eduardo Sarabia a su concept store digital, que desde entonces apuesta por el diseño mexicano. “Tengo un equipo de vendedores que viajan alrededor de todo el mundo, desde Brasil a Japón, que están siempre a la búsqueda de lo mejor. Pero eso no basta. No basta con tener una selección de los mejores diseñadores y las mejores casas —eso es fundamental: comprar es editar—, también hay que descubrir nuevos talentos y apoyarlos. Eso es algo de lo que me siento muy orgulloso”, añadió en su visita unos meses más tarde a la feria de arte contemporáneo Zona MACO.

La comisión de selección del World Design Capital que visitó el año pasado la ciudad coincidió con él: México era un hervidero de talento que había que difundir en todo el mundo. Emilio Cabrero considera que el éxito del diseño mexicano se basa en una premisa: el triunfo de la honestidad, de lo bien hecho, de una manera de ser y entender la historia. “Una de sus virtudes es la incorporación de procesos y materiales que se desprenden de nuestra tradición artesanal, que debemos preservar. El diseño mexicano logra de manera muy eficaz combinar las tendencias globales con elementos y conceptos nacionales que le confieren una identidad muy particular. Esta característica nos posiciona y nos destaca en todo el mundo”, asegura.

Para una industria que, según cifras del Instituto Mexicano para la Competitividad, ha supuesto el 7% del PIB en los últimos diez años, la atención global que ha recibido en los últimos años —y, sobre todo, que va a recibir en los próximos dos— es una buena noticia. Lo es para los diseñadores, pero también para México: porque, como señaló el escritor y pintor Andrea de Chirico, hermano de Giorgio, “el hombre pasa y el mueble permanece: permanece para recordar, para testimoniar, para evocar a quien ya no está, a veces a para desvelar algunos secretos celosísimos, que el rostro del hombre, su mirada, su voz ocultaban tenazmente”.

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El diseño mexicano, en cifras 

De acuerdo con cifras del Instituto Mexicano para la Competitividad, se estima que en México cerca de 7% del PIB proviene de las industrias creativas en los últimos 10 años y que esta ha crecido a una tasa de 0.18% en este periodo. Se calcula que, de crecer de acuerdo a su potencial y probabilidades, las industrias creativas podrían tener un crecimiento en los próximos años del 3 y 4% anual. Sin embargo, estas cifras son muy generales. Para darse una idea más específica podemos utilizar el diseño de interiores. Esta industria representa el 0.14 del PIB. Sin embargo se encuentra a la alza con una expansión anual estimada de 20%. Diseño es la tercera carrera a nivel nacional con mayor incursión de jóvenes con un 46%.

El coste de materializar un sueño 

Según Emilio Cabrero, director de Design Week México, los costes derivados de crear una marca varían “dependiendo de los alcances y perfil de la misma”. En general, asegura, “hablaría de tres montos a considerar: los trámites para dar de alta la empresa con acta constitutiva deben de rondar los $10,000 y $15,000. Además, se debe de contar con $50,000 de capital como mínimo. Registrar la marca puede costar alrededor de $2,500 y tardar hasta seis meses. Una vez registrada y lista para operar de manera legal, la marca deberá considerar su capital y definir sus alcances”.

Novísimos & Emergentes 

Según Emilio Cabrero, hay una nueva generación, que está despuntando: Rodrigo Noriega (27 años), Raúl López de la Cerda (28). Se trata de una hornada de novísimos que se separan de sus mayores, nombres consagrados como Ezequiel Farca, Héctor Esrawe, Ignacio Cadena y Jorge Madaguar. “Es gente superjoven y son el resultado de las escuelas de diseño: de la Anahuac, de la Ibero, de Centro, de la Unam… Hay muchos chavos que están dando el imput en esto y en esta colonización del gusto del consumidor, porque ahora los clientes también reconocen cierto valor en que las cosas sean mexicanas”, concluye Cabrero.

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