Mucho se ha hablado sobre el tema de género en organismos públicos y privados,  se han presentado cifras que señalan que, más que ser un asunto del pasado, sigue teniendo vigencia por el impacto social y económico en el mundo.

De acuerdo con cifras de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en 2018 la participación de las mujeres en el trabajo es de 48.5%, 26.5 puntos porcentuales por debajo de la participación masculina. La brecha en países emergentes es de 30.5%, mientras que para los países desarrollados es de 15.6% y en el caso de países desarrollados 11.8%.

En México, las mujeres representan el 43.8% del personal ocupado en las actividades económicas  y generan el 18% del Producto Interno Bruto (PIB). A pesar de ello, persisten las brechas de género, sobre todo en el ámbito salarial, donde se estima una diferencia del 30% entre hombres y mujeres.

¿Por qué, si estamos conscientes del impacto de la participación femenina, seguimos teniendo importantes rezagos?

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Rompimiento de los roles de género en el trabajo

Todavía persiste una ideología patriarcal que confronta a las mujeres que trabajan fuera de casa. En un análisis sobre los “Estereotipos de género en el trabajo”, la norma cultural que pesa sobre la mujer hace que sean las propias mujeres quienes se resistan al progreso de otras que quieran acceder a espacios de poder.

Es decir, las mujeres que intentan ascender empleando actitudes socialmente consideradas como masculinas son vistas como “agresivas” o con una “falta de capacidad para ocupar esos espacios”.

Aunado a esto, existe una barrera común en las organizaciones denominada “techo de cristal”, el cual representa un “muro” compuesto, de políticas, procedimientos, estructuras, relaciones de poder y creencias en las organizaciones que dificulta el acceso de las mujeres a determinados puestos de trabajo.

La integración de la mujer en el trabajo como extensión de sus labores domésticas (como madre o esposa), genera adicionalmente la tendencia de la ocupación de la mujer en trabajos que representan roles considerados como “femeninos” (en sectores como educación, salud, soporte administrativo, y de servicios), y no en trabajos que representan roles “masculinos”, como en áreas de producción o construcción.

En México, de acuerdo con mediciones realizadas en 2013, el 40% de los puestos de trabajo ocupados por mujeres se enfocaron en sectores como la cultura y el turismo.

En 2018, de acuerdo con cifras del Foro Económico Mundial, la participación femenina se enfocó mayormente en los sectores de: Cuidado de la Salud (61%), Educación (59%) y en organizaciones no gubernamentales (57%), mientras que la menor representatividad se enfocó en Manufactura (23%), Energía/Minería (25%) y Software/Tecnologías de la Información (27%).

Esto es muy interesante, considerando que la participación femenina ha aumentado en carreras profesionales relacionadas a las Tecnologías de la Información (5%), Servicios Corporativos (4.9%) y Administración Pública (4.9%) de acuerdo con el mismo estudio.

Transformación organizacional en roles de género

Las dificultades en la integración de los roles que integran la vida de las mujeres es un factor que impacta de manera negativa para participar activamente en la esfera laboral.

A pesar de que mujeres calificadas están saliendo de los sistemas educativos, las organizaciones en muchos casos están fallando en atraer, retener y promover el talento femenino.

Tal como lo señala la Organización de las Naciones Unidas (ONU), “sin igualdad entre hombres y mujeres, no habrá desarrollo, ni superación de la pobreza, ni reducción de las enfermedades, ni respeto generalizado de los derechos humanos”.

La competitividad y la búsqueda de la sustentabilidad en los negocios obligan a las organizaciones a ser agentes de cambio que impulsen proactivamente, a través de estrategias, programas y prácticas, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres.

 

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