Solicito ayuda. Creo que existe una maldición, un conjuro automotriz sobre mí. Alguien me hizo un trabajito y deseo romperlo. Ignoro las causas, y me gustaría enormemente descifrar el significado de lo que me ha ocurrido con al menos siete autos durante los últimos 20 años.

 

Por Carlos Cholo

He llegado a pensar que debo regresar un día al Valle Sagrado del Perú para que uno de mis amigos chamanes prepare una ofrenda a la Pacha Mama, para cambiar el contrato energético que hace que mis autos se descompongan gravemente y sin explicación. Aquí la historia:

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Todo empezó en el verano de 1994, cuando adquirí mi primer automóvil, un Nissan Tsuru II dorado, usado, que había estado perfectamente cuidado. Yo lo usaría pocos meses, porque me iba de maestría a Washington, DC. No obstante, al poco tiempo empezó a tirar aceite de forma indiscriminada. Como me urgía venderlo y el mecánico no le hallaba al problema, decidí comprarle únicamente aceite grueso para que no goteara. Afortunadamente lo pude vender así, aunque confieso que de todas formas seguía tirando aceite.

El segundo caso ocurrió durante mi maestría. Un estudiante de doctorado mexicano me vendió su auto cuando llegué. Se trataba de un Mercury Tracer. Este auto me sirvió apenitas para mi estancia ahí, y casi me lo roban cuando vine a México durante el verano. Logré venderlo con muchos desperfectos incluidos en algo así como 1,800 dólares. Luego, al regresar a México, pude comprar una camioneta Mitsubishi Outlander, nueva, que tuvo la desgracia de quedar cacariza cuando me cayó una tormenta de granizo afuera del World Trade Center. Fue tal el daño que, cuando la vendí, perdí mucho dinero.

Cuatro casos me han ocurrido de desgracia mayúscula con Audi. Primero fue un A4 con problema de unas bandas y algo grave en el motor que terminó por dejar de funcionar. El auto estaba precioso, y era el primero que adquiría de una marca alemana de lujo, pero me daba temor llevarlo en carretera.

Con un A6 la cosa se puso peor. Por alguna razón desconocida, el ventilador dejaba de funcionar y hacía cosas raras. Alguien en los talleres de Audi debe tener la bitácora de lo que técnicamente se le diagnosticó, pero recuerdo que un día se le zafó un tornillo y el ventilador se desprendió, causando destrozos mayúsculos al interior del cofre y todo lo que éste contenía. Una catástrofe. Luego, cuando estaba en la agencia para ser reparado, una tromba cayó sobre él. Se inundó totalmente, junto con otros cinco autos (uno de éstos, luego me enteré, era de Mony de Swaan, el ex presidente de la extinta Cofetel). La aseguradora declaró mi A6 pérdida total.

Fiel a la marca por la extraordinaria atención que he recibido, adquirí una camioneta Q5, preciosa también. No obstante, la maldición me persiguió. A los pocos meses, el medidor de aceite reportó pérdidas masivas de ese líquido. Azorados, los técnicos de Audi no hallaron una explicación lógica. Cada vez que lo llevaba al servicio le rellenaban de aceite, pero a los dos meses la aguja señalaba una pérdida. Después de muchos meses de evaluación, la empresa decidió que era tan grave el problema que había que cambiar el motor entero, que fue pedido a Alemania. Cuando finalmente el motor fue reemplazado, resultó que a los dos o tres meses… ¡la Q5 seguía tirando aceite! Enigmático.

Mi último episodio ocurrió hace dos semanas, cuando al salir de mi programa de televisión, mi Q5 (otra distinta de la anterior) murió repentinamente. Sin previo aviso. Cual infarto del miocardio. Esa vez tuve que utilizar Uber y esperar casi 48 horas el diagnóstico, que fue catastrófico: se descompuso por completo el sistema de inyección. Según el técnico, una rebaba inexplicablemente se había metido en ese sistema, causando a lo largo del tiempo un taponamiento y la descompostura fatal. “Nunca habíamos visto algo así”, declaró el técnico. La primera cotización para componerlo casi me causa un infarto a mí.

Admiro a Audi como a pocas empresas en el mundo. Estos días de julio organizó un recorrido con periodistas a la construcción de su planta en San José Chiapa, en Puebla, pero no pude ir. No obstante, he dado seguimiento a su magna obra y a sus implicaciones en esa región.

Un amigo dijo, al conocer estos casos, que sabe de una mujer que no puede acercarse a las computadoras porque a todas les descompone la tarjeta madre. “Tiene que usar guantes”, señaló. No sé si mi caso sea similar con los autos, pero espero que no sea tan grave, porque justamente durante julio tendré que resolver el tema, dado que se vence mi contrato de leasing.

Se escuchan consejos.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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