Quien fuera nombrado empresario del año en 2016 ahora es probablemente una de las figuras de Silicon Valley más criticadas por la forma en la que permitió a la democracia desvanecerse del ecuador y moverse hacia los polos. Muchos periodistas y gente de tecnología que lo admiraba por lo que había creado se dieron cuenta de que no cuestionaron el uso final de su producto, las implicaciones respecto a la diseminación de la información basada en las subjetividades de “tu círculo cercano y sus círculos cercanos” sin un solo filtro de “posturas contrarias”. Si la tecnología sirve para algo, es para ayudarnos como sociedad y eso también debería de incluir la capacidad de darnos información de manera que nos vuelva personas críticas y no únicamente seguidores.

Facebook destruyó los modelos de negocios de las compañías de medios lo suficientemente estúpidos como para pensar que su futuro consistía en entregar su contenido a Facebook. Compañías que pagan sueldos a periodistas y editores que cuentan con una formación para informar y cuestionar información, ayudándonos a crear cierta capacidad crítica, definir líneas sin casarnos con ideas. Facebook no mejora a la humanidad con esta capacidad humana que muy difícilmente podrá ser replicada por la inteligencia artificial. La humanidad se nutre de cosas que hacemos como humanos y que analizamos como humanos con poética, semiótica y lingüística; pero que principalmente tenemos que vivir como emoción y saborear como arte.

Ben Thompson, analista de tecnología en Stratechery y parte del podcast Exponent, es una persona que se toma su tiempo para analizar situaciones de empresas de tecnología. En este caso de Facebook y el abandono de los fundadores de Instagram llegó rápidamente al punto. Argumenta, de manera precisa, a mi parecer, que los líderes de Instagram son personas de productos, no verdaderos ejecutivos de negocios. Así, mientras eran importantes, dejaron de estar a cargo en el momento en que la compañía de Zuckerberg los compró. Eso es negocio y eso es vida.

Es así que en el entendido que la vida es negocio nos olvidamos de que la vida es sensaciones y emociones; compartimos con nuestras personas queridas los lugares que nos llenan y hacemos historias (que todavía no logran monetizar como quisieran, ni han logrado que IGTV compita con YouTube, o internamente con Facebook video).

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Como un producto para humanos, todas las piezas estaban ahí:

  • Tenía una razón para que ser descargado: filtros geniales que, a diferencia de la competencia, eran gratuitos.
  • Una formidable experiencia de usuario: intercambio instantáneo en las redes sociales, sin saltar a través de las galerías de imágenes (en especial con iOS).
  • Tenía las semillas de algo mucho más grande que una aplicación de edición de fotos: era, desde el principio, una red social en sí misma; como lo describe Chris Dixon, “Venga por la herramienta, quédese por la red”.

Lo impresionante es que es lo mismo que YouTube ofreció antes, y con algo tan fuerte, muchos se cuestionaron si se necesitaba algo así para foto fija. Y al mismo tiempo, YouTube dejó a un lado la red social y se volvió más plataforma de contenidos.

Hay mucha pasión de estos productos, casi como piezas de arte. Pero el negocio que tienen que dejar para sobrevivir a veces no va de acuerdo con la poética de ese atardecer que le quieres compartir a tus amigos o ese momento de emoción con tu mascota, familiares o amigos. Tampoco incluye la manera en la que haces que otros saliven al ver ese platillo tan delicioso que dejaste “porque YOLO” en tu feed.

¿Estamos cuestionando lo correcto de las empresas de tecnología o estamos reaccionando ante las cosas que impactan nuestra vida cuando empiezan a hacerlo? Tal vez una computadora cuántica nos ayude a responder la pregunta, tal vez lo resolvamos viendo el planeta Tierra desde otro cuerpo celeste.

 

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