Pareciera que hemos dado un salto y que nos metimos entre las páginas de un libro de ciencia ficción. Lo que a nuestros abuelos les hubiera parecido cosa de locos hoy es una realidad con la que convivimos con naturalidad. ¿Qué tiene de extraño que la comida esté lista para servirse en treinta segundos o que una tabla de razones financieras se calcule en un instante? Nada. Pero, los seres humanos hemos tenido cierto miedo latente a nuestras propias creaciones. Más allá de creer que los robots nos van a exterminar, la amenaza real está en términos laborales. Si una máquina puede hacer más rápido, más exacto y más barato cualquier cosa, el empleador no dudará en ocuparla, en vez de tener gente haciendo el trabajo.

Las advertencias severas sobre cómo los robots pueden alterar la economía mundial y causar una hecatombe al ver como la automatización aniquila empleos tradicionales nos ponen los nervios de punta. Sin embargo, la inteligencia artificial podría no representar esa amenaza tan grave. Podría ser que las nuevas tecnologías impulsaran el crecimiento económico mundial aumentando la productividad y el consumo. Si esto es así, se abre una ventana de oportunidad interesante.

Según, Anand Rao, investigador de Inteligencia Artificial para Price Waterhouse Coopers, la mentalidad actual enfrenta al Hombre contra la Máquina, cuando la tendencia que se ve en el futuro es que ambos pueden ir juntos y ser mejores. No sé si la relación virtuosa entre el ser humano y la inteligencia artificial nos harán mejores. Lo que sí sé es que esta carrera ya inició y los mejores serán los que se adapten a este cambio. Resistirse es, además de una necedad, un esfuerzo inútil.

Si echamos la vista atrás podremos darnos cuenta del avance de la inteligencia artificial y de cómo ha estado rompiendo barreras. Algunas de las tareas que nos resultaban inasequibles hoy son realidad. Ya nadie puede creer que una computadora no le ganaría a un humano a jugar ajedrez, o traducir en forma coherente de un idioma a otro lo suficientemente rápido como para mantener una conversación coherente, o calificar pilas y pilas de exámenes en forma automática o acceder a educación a distancia y tantos otros ejemplos. Bloquear estos avances, resulta una tentación acariciada por aquellos que tiemblan ante la preponderancia de las máquinas, pero de nada servirá. Más bien, lo mejor será seguir la tendencia y sacar el mejor jugo posible de ella.

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Así lo entiende China que será, según PWC el gran ganador en este terreno. Según PWC, el impacto de la Inteligencia Artificial en China será mayor que el impacto de los Estados Unidos de América. La tasa de crecimiento anual en el país asiático de Inteligencia Artificial podría incrementar en 1.6 puntos porcentuales el crecimiento global de esa nación. Los chinos ya se subieron a la ola tecnológica y no tienen intención de bajarse de ahí.

Evidentemente, la Inteligencia Artificial tiene grandes ventajas: reduce tiempos y movimientos, aumenta la exactitud, reduce los costos y gastos de operación, aumenta la rapidez de las operaciones, reduce los problemas laborales. Pareciera que las máquinas son menos conflictivas, pero no todo lo que brilla es oro y también hay grandes costos de mantenimiento y se elevan los riesgos operativos.

Al hablar de Inteligencia Artificial nos situamos en un escenario de vértigo. Lo que hoy es novedad mañana será obsoleto. Ir detrás de la carrera tecnológica es pueril, es prácticamente estar a la vanguardia. Las actualizaciones resultan caras y el mantenimiento de la maquinaria puede resultar tan oneroso como mantener una planta de trabajadores. Conseguir refacciones es engorroso y no siempre es sencillo. Imaginar lo que sucedería si la máquina que es el centro de operaciones de una compañía se descompone, puede llevar al llanto y a la desesperación.

Por otro lado, las legislaciones desconfían de estos sistemas que se desarrollan tan rápido. A la ley no le gusta quedarse rezagada en esta carrera del desarrollo. Además, en este movimiento veloz, no les es posible supervisar y las autoridades tienen sospechas fundadas en torno a la erosión de la privacidad y el efecto último que esto pueda traer al individuo. Nos pone de nervios pensar en que una máquina, además de quitarnos el empleo, pueda estar al tanto de lo que hacemos a cada momento y en todo lugar.

Hay cuestiones de la Inteligencia Artificial que ni me gustan ni entiendo, pero insisto, eso es lo de menos. Lo importante es encontrar formas armoniosas de convivir y luchar contra el impacto social negativo que devenga de la intervención de los aparatos en la vida del Hombre. La amenaza no es solamente el desempleo masivo por sustitución tecnológica, es ver como las características del ser humano se merman por la presencia de las máquinas. Si los humanos somos seres sociales y estamos dejando de serlo por estar metidos en una pantalla ahí está la amenaza.

Para que la amenaza deje de serlo, no basta con contemplarla, hay que transformarla. Tenemos la obligación de hacer que la Inteligencia Artificial y la tecnología sirva para la Humanidad en su conjunto y tenga efectos virtuosos y no desastrosos. Aquí el egoísmo no priva. Tampoco el altruismo. Es necesario hacernos cargo de una realidad contundente: necesitamos gente productiva y generando ingreso para evitar la pobreza. Si lanzamos a gente al desempleo para sustituirlas por máquinas, estaremos generando un desequilibrio que tarde o temprano tendremos que pagar. Si privilegiamos a un segmento pequeño de la población, estamos haciendo crecer la amenaza.

En cambio, si a través de los avances tecnológicos logramos que la brecha entre los que todo tienen y nada poseen se reduzca, entonces sí estaremos logrando transformar la amenaza en una oportunidad que devenga en una fortaleza.

 

 

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