Por Claudia Mancilla*

En otras ocasiones me he referido a los cambios que se están viviendo a raíz de la era Trump y sus efectos sobre las economías centroamericanas. Uno de los aspectos que más nos preocupan en estos días es el fenómeno de las remesas familiares. El flujo de remesas ha tenido un impacto positivo en la economía, y su influencia sobre el PIB ha ido en aumento durante los últimos años.

Veamos: Las remesas representan los fondos que los migrantes envían al país para la subsistencia de sus familiares. La evolución en la tecnología ha permitido que el envío de remesas se facilite y que las mismas puedan ser registradas debidamente.

De acuerdo con estimaciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), los guatemaltecos en el extranjero envían un flujo de remesas equivalente al 10% del PIB. Las estadísticas publicadas por el Banco de Guatemala, mes con mes, han ido en aumento durante más de un año, desde la recuperación del mercado estadounidense. Aproximadamente, se estima que 3 millones de guatemaltecos residen hoy en Estados Unidos, de los cuales al menos la mitad permanece en la ilegalidad, por lo que los cambios políticos del país podrían poner en riesgo su situación.

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Es por eso que, últimamente, se argumenta que el crecimiento desmedido en el flujo de remesas responde a estos cambios. Es decir, al miedo, o la expectativa que genera el anuncio de medidas migratorias severas que ponen en riesgo el empleo de miles de migrantes. Esta situación es crítica, considerando que el monto de remesas familiares en la región centroamericana ha sido, en muchas ocasiones, equivalente al monto de la inversión extranjera directa en la región.

Para el caso de Guatemala, las remesas crecieron 14% en 2016 y, en lo que va de 2017, han crecido en 8.5% con respecto al mismo periodo del año pasado. Entre los supuestos con que se explica este crecimiento destaca el riesgo que perciben los migrantes de ser deportados; por eso, entonces, están enviando sus ahorros. Asimismo, se toma en cuenta la recuperación de la economía estadounidense que ha permitido mejores condiciones de trabajo, lo que, en consecuencia, hace que las remesas sean mayores.

Sin embargo, recientemente, en el Congreso de Estados Unidos se presentó una iniciativa de ley que crea un impuesto a las remesas que se envían a varios países, entre ellos Guatemala. La tasa propuesta está en 2% y con incremento hasta del 5% en cinco años. Aunque la iniciativa aún debe seguir un proceso dentro del Congreso, se prevé que, si dicho impuesto fuera implementado, habría efectos sobre las remesas, ocasionando una posible disminución en el flujo de las mismas. Adicionalmente, podría ocasionar que las personas evitaran utilizar los medios formales para enviar remesas, y buscaran alternativas, algo como lo que sucede con el contrabando. En ese sentido, el riesgo sería más alto, por lo que también podría ser que las personas redujeran la frecuencia de los envíos.

Otro escenario que puede darse es que, al disminuir el flujo de las remesas, también se presione el tipo de cambio en el sentido contrario a como se ha venido observando. En cualquiera de los casos, lo seguro es que existe una dependencia fuerte de este ingreso y, por lo tanto, cualquier cambio que afecte repercutirá en nuestra economía.

Sin embargo, a pesar de que las remesas constituyen un ingreso de divisas importante para el país, no se puede dejar de pensar en el drama que esto significa. Una de las cosas más preocupantes es el hecho de que Guatemala no es un generador de oportunidades y, ante la escasez, las personas han optado por migrar. Otra situación es que los migrantes adquieren habilidades y capacidades para desempeñar trabajos que luego, cuando regresan a su patria, no pueden validar para insertarse en el mercado laboral.

La ausencia de una política de Estado para atender el caso de la migración en Guatemala tendrá sus efectos tarde o temprano y, si no es por el lado de las remesas, será por el de las deportaciones. En cualquiera de los casos, los efectos sobre la economía podrían ser negativos en cuanto a incrementar las desigualdades entre la población que ya enfrenta altas tasas de pobreza.

*Claudia García Mancilla es economista investigadora de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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