*Por Antonio Casanueva Fernández / IPADE Business School

“Creo, con toda sinceridad, que estamos definitivamente perdidos si tenemos la obsesión de ganar”: Juan José Arreola

La sociedad actual premia la competitividad, que es –según la Real Academia de la Lengua– la “capacidad para competir”. Esta prioridad la observamos en relación con los países (el World Economic Forum incluso publica un índice anual de competitividad), pero también en el plano de las organizaciones y a nivel individual.

Es común escuchar a los papás comparar a sus hijos con los demás niños. Esta idea de competencia va creciendo y, posteriormente, nos comparamos con nuestro compañeros de universidad o de trabajo. ¡A nadie le gusta perder! Cualquiera que sea el desafío queremos superar a otros, ser los mejores y recibir reconocimiento público.

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Lionel Messi dijo: “No me gusta perder a nada y trato de ser una ayuda para ganar. Siempre lo digo: salgo al campo pensando en ganar, no en meter muchos goles”.

Para el biólogo y filósofo chileno Humberto Maturana, la sociedad actual vive en una cultura de ganar, del progreso, de competir. Pero él no lo ve como una virtud, sino como algo preocupante: “La competencia efectivamente implica la negación de lo que uno hace, porque uno hace las cosas en función de lo que hace otro. Lo que guía mi hacer no es lo que yo quiero, sino lo que el otro hace”.

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Carlos Llano, fundador del IPADE, dedicó parte de su trabajo intelectual a la dialéctica entre la cooperación y la competencia. Para él, cuando en una organización se exalta el poder y la competencia por encima del equilibrio y de la colaboración, esta ansia de “vencer” se trasmina a cada una de sus células. Desvirtúa la escencia de la empresa con la proliferación de pequeños jefecitos que quieren hacer una batalla de cada una de sus actividades. En cambio, cuando se fomenta el esfuerzo, la cooperación y el servicio de quienes trabajan en una organización, se salvaguardan y complementan los fines individuales.

Hay una gran diferencia entre “ganar algo” y “ganarle a alguien”. Y, quizá, en esta diferencia podemos encontrar la importancia de la cooperación y del servicio.

Un estudio publicado por la Universidad de Harvard en 2016 llamado Turning the Tide (Cambiando la marea), concluye que la cultura actual envía a los jóvenes un mensaje que enfatiza el éxito personal en lugar de la preocupación por los demás o por el bien común. Resaltan que la presión exagerada por el logro individual está provocando que los jóvenes sufran altas tasas de depresión, ansiedad y abuso de estupefacientes.

Para Shakaspeare, compararse con los demás era equivalente a robarse la alegría (comparison is the thief of joy). Al escritor jalisciense Juan José Arreola la palabra “ganar” le resultaba chocante y hasta peligrosa y afirmaba que “el éxito verdaderamente humano se encuentra en el empate”.

¿Quién ha inventado que la vida deba enfocarse como competencia, en la que debamos “ganarle” a los demás?

Por supuesto que el logro de los grandes ideales exige una actitud deportiva, pero los ideales no son un récord que haya que superar. En las marcas rige la ley de la exactitud. En los ideales, la fineza del espíritu. La calidad del trabajo, por lo tanto, se aprecia con parámetros que no son cuantitativos, como son la colaboración y el servicio.

Recuerdo haber hecho estas afirmaciones mientras estudiaba el doctorado en el Reino Unido. Mis colegas me acusaron de idealista, argüían que era una postura blanda o poco pragmática. Entonces, me refería a la práctica de crear un grupo con un clima de cooperación, es decir, una organización flexible, musculosa, vibrante. La mutua cooperación es una de las tareas más duras, pues implica el esfuerzo de cada individuo para sincronizarse con los demás.

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En los más de 14 años que llevo trabajando en el IPADE, he sido testigo de cómo muchos empresarios exitosos han dado un giro para convertir a sus organizaciones en modelos de cooperación y de bien común.

El doctor Marc Epstein, experto mundial en temas de impacto social, realizó un estudio en el que entrevistó a más de 170 líder mexicanos, egresados y no egresados del IPADE. Después de un riguroso trabajo académico y de haber medido empíricamente el impacto del Instituto en la sociedad mexicana, el profesor Epstein escribió:

“No esperaba que hubiera evidencia tan clara del fuerte impacto social que generan los programas del IPADE en cuanto a formar mejores seres humanos y una mejor sociedad, además de mejores directivos. Esta evidencia fue contundente, impresionante y sorprendente”.

Benedicto XVI explica en su carta encíclica Caritas in Veritate que quien quiere ser auténticamente humano, necesita dar espacio al principio de gratuidad. Para el hoy Papa Emérito “la economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de cualquier ética sino de una ética amiga de la persona”. Me parece, que esa ética es la que caracteriza a muchos de los egresados del IPADE y que impresionó al doctor Epstein.

Carlos Llano nos enseñaba que sólo las metas poco valiosas por ser individuales –aunque merezcan medallas de oro– pueden ser ganadas a otro. Por lo tanto, promovía una cultura donde es preferible ganarse al otro que ganarle al otro.

*El autor es profesor del área de Control e Información Directiva de IPADE Business School

 

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