La infraestructura no es un fin en sí mismo; más bien, es un medio para garantizar la generación de bienes y servicios, que promueve el bienestar social, el desarrollo sostenible y la creación de fuentes de empleo. Por todo ello, genera un alto valor agregado que contribuye al desarrollo sostenible de la economía de todo un país. Es el detonador de riqueza nacional por excelencia.

Va más allá de grandes obras, pues de lo que se trata esencialmente es de alcanzar una interconectividad y una intermodalidad que permita, en menor tiempo y con menor costo, llevar bienes y servicios a la población. Por esta razón, si un país busca ser competitivo, su infraestructura carretera, aérea, marítima, férrea y de telecomunicaciones deberá orientarse hacia una interconexión que detone una sinergia entre las cadenas de valor.

Ahora bien, a pesar de las ventajas que en la actualidad ofrecen las nuevas tecnologías y la innovación, los gobiernos se enfrentan a riesgos, como son la limitación financiera, la división social y el encono político, que representan un verdadero freno para emprender una política integral en materia de infraestructura para el siglo XXI.

Infortunadamente, la infraestructura en México es insuficiente para las necesidades de conectividad, aunada a la accidentada geografía nacional.

En 2018, nuestro país cayó cinco lugares en el Índice de Competitividad por Calidad de Infraestructura 2017-2018, del Foro Económico Mundial, al ocupar la posición 62 de 137 países evaluados. Esta caída se explica, en parte, por la reducción drástica de la participación en el PIB de la inversión física del sector público programable en el periodo 2013-2017, toda vez que pasó de 4.1% a 2.6%. Esta reducción colocó al gasto en inversión pública en México en los niveles más bajos de los últimos 70 años.

Las principales razones que explican los problemas de infraestructura en México son: la ausencia de proyectos estratégicos por falta de una visión de largo plazo, siendo condicionados el desarrollo y la continuidad de una política de infraestructura al periodo del sexenio en turno; y la falta de coordinación eficiente entre los tres órdenes de gobierno, que se traduce en infraestructura fragmentada, con propósitos difusos, la cual, en ocasiones, no resuelve las necesidades inmediatas de provisión de bienes y servicios para la población. Parece el juego de Juan Pirulero, en donde cada quien atiende a su interés.

En este contexto, la actual administración que acaba de tomar la responsabilidad de llevar a México a la grandeza y al éxito, deberá fortalecer la política de infraestructura, usando lo que ya se tiene y presentando, para sus próximos seis años, el proyecto de vinculación de la infraestructura actual, junto con la que piensa crear. Es preocupante que sus primeras señales no parezcan tener esta visión, por la cancelación de un hub aéreo logístico fundamental para la interconectividad del país.

Un elemento sustantivo en la eficiencia de la infraestructura es asignar los presupuestos adecuados para su mantenimiento y modernización.

En ese sentido, en México hemos fracasado: construimos algunas cosas… que pronto se vuelven ruinas; no tenemos la cultura del mantenimiento, y eso hace que se creen muchos huecos que destruyen el valor agregado de la infraestructura, y nos hace perder la capacidad competitiva y el fortalecimiento de las cadenas de valor por un concepto realmente muy malo que tenemos: el “ahí se va”.

La planeación estratégica, formal, rígida, profesional y responsable se vuelve una condición sine qua non, para la estabilidad económica de diferentes regiones del país. En este sentido, se requieren políticos, técnicos y profesionales que conozcan del tema y que no se dejen influir por aspectos políticos como consultas a ciudadanos que, no obstante su buena voluntad, son absolutamente distantes y desconocedoras de las necesidades técnicas y logísticas de un país.

Cuidado, mucho cuidado con equivocarnos, pues, sin duda, costaría muchos años corregir un error de éstos.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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