Por Andrés Arell-Báez*

De igual manera que el autor de un libro se apoya en la colaboración de varios que quedan en la invisibilidad, y un CEO se apropia sin querer del esfuerzo colectivo, un actor, muchas veces, trabaja de la mano con un director de actores, o coach en términos anglosajones, que pocos conocen y saben de su gran aportación. Tal vez como ningún otro en importancia en nuestro idioma, el hombre detrás de grandes talentos se llama Juan Carlos Corazza.

Argentino de nacimiento; pero español por su profesión, el fundador de Estudio Corazza, la escuela de actuación y formación humana, como bien él complementa, tiene en su haber un cuadro de honor digno de mención: Javier Bardem, Elena Anaya, Penélope Cruz, Sergio Peris Mencheta, Miguel Ángel Silvestre, Carlos Bardem, Margarita Rosa de Francisco, Juana Acosta, Marcela Mar… Sí, como es fácil comprobar, sobre todo porque estos nombres no recatan en elogios hacia él, los dos actores españoles ganadores del Oscar en su categoría han estado bajo su batuta.

Pero en lo que sólo puede ser una muestra de pasión pura, este hombre, que ha coqueteado con lo más ilustre del séptimo arte en nuestro idioma, sigue fiel a su amado teatro, al que ve no como un espacio donde el hombre interpreta, sino uno en donde la sociedad se encuentra. O, por lo menos, uno en donde se debería encontrar. “En su origen -nos cuenta el maestro-, el teatro era algo artesanal, con una misión espiritual, social y cultural. Una vía para el desarrollo de la conciencia. A hoy, el teatro es un instrumento básico y fundamental para sobrellevar nuestra difícil existencia. Es una celebración y una exploración de lo humano y lo divino, fundamental para que una sociedad se mantenga sana”.

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La visión romántica que tiene sobre su arte es dónde radica la clave de su éxito, la que deducimos de sus palabras y definimos como puro y simple amor por su quehacer. “Mi forma de trabajo es una pedagogía artística. Ayudar al actor a apartar de sí mismo lo que interfiere para encarnar su personaje, y guiarle en su composición. La comprensión del texto y de la historia, en diferentes niveles, es el foco principal de mi trabajo. Nunca me he sentido enamorado o dedicado a una metodología o técnica. Mi maestro, Carlos Gandolfo, me dio a conocer algunas técnicas, pero con él comprendí que actores, directores o maestros somos algo más que técnica, ejercicios o metodología. Mi trabajo con los actores es tan práctico, concreto y personal, como libre y misterioso. Con cada uno es muy diferente, porque la fuente de su personalidad artística es lo que me interesa, y la creatividad que puede surgir en el encuentro que mantenemos”.

Pero cómo ve, un hombre imbuido por el teatro más clásico, una época donde la tecnología ha transformado por completo tantas industrias (el cine, la música, los medios de comunicación), la adaptación a realizar por esta manifestación artística frente a los avances digitales. “En el Mahabarata, el poema más bello que he leído y que llevó al teatro Peter Brook, se dice: ‘vivimos la época de la destrucción’. Hemos olvidado lo esencial.  Han llegado al teatro nuevos lenguajes, formas y recursos técnicos. Las maravillas del video, del micrófono, los inalámbricos que permiten que actores que no han preparado su voz para el escenario sean oídos…”. Su opinión, es también pertinente, con respecto a las transmisiones en video de las grandes piezas teatrales, las que han permitido una masificación hacía todos los rincones del mundo, de grandes puestas en escena realizadas en emblemáticas plazas como Nueva York o Moscú. “‘Teatro filmado’, podríamos decir, es un género en sí mismo. La naturaleza del teatro es la reunión de espectadores en torno a una reunión de creadores, y juntos celebran un encuentro vivo.  Se transforma en otra experiencia cuando lo vemos filmado. Es algo diferente”.

Y estas acotaciones, necesarias a la hora de entender esta forma de expresión humana, se muestran también oportunas a la luz de los retos de este arte, tan amado por pocos y sin experimentar por muchos. “El teatro se ha ido transformando en algo comercial hace pocos siglos. Emperadores, reyes, gobiernos o mecenas han reconocido su valor colectivo, y lo han protegido y fomentado. Al olvidar lo esencial, movidos por una inconsciencia peligrosa, destruimos también instrumentos que podrían ayudarnos a ser mejores seres humanos. Es justo y necesario que el teatro busque equilibrar calidad artística con elementos que resulten de interés para la taquilla; pero cuando esto no es posible, suele ocurrir que se abandona o traiciona el sentido del teatro, y lo que es más grave, se manipula al espectador. Gran parte del teatro hoy sobrevive por la fuerza, el sacrificio y la vocación de los artistas, y es trágico que no tenga el apoyo indiscutible que se merece”. Palabras con peso mayor cuando se reconoce que industrias como la petrolera, la bancaria y el fútbol, sí encuentran de parte del Estado los recursos y el apoyo necesario para mantener sus márgenes.

La necesidad de taquilla, proveniente de un mundo capitalista salvaje en donde lo que no produce no debe de existir, ha obligado a las industrias artísticas a encontrar un pivote para su existencia en productos de alta rentabilidad, muchas veces convirtiéndolas en algo irreconocible para los más apasionados por sus formas más puras. En cine, son los conocidos blockbuster; en música, los artistas pop; y, en teatro… “en cuanto a luchar para mantenerlo vivo, creo que tenemos la responsabilidad de buscar nuestra manera de hacerlo rentable. Desde hace décadas yo vengo desarrollando un lenguaje escénico, que se ha convertido en una experiencia teatral singular. Durante las representaciones con publico intervengo dando nuevas propuestas a los actores, proponiendo nuevas jugadas (por hacer un símil con el deporte), y así, cada función, como un partido, se convierte en algo único. El público se asoma e involucra en la creación y en lo que ocurre en vivo y en directo, con la excitación y el vértigo de no saber exactamente cómo puede transcurrir el partido. Esta experiencia también está generando interés en nuevos públicos. Propongo clásicos como Calderón o Shakespeare, junto a contemporáneos como Caryl Churchill… De maneras similares o diferentes, quienes luchamos por el teatro, tenemos la misión de crear oportunidades para que la gente se beneficie humanamente de él. No es un beneficio material o para tener mayor estatus social o cultural. Es otra clase de alimento. Es el alimento del alma”.

La ligereza, desciframos de estas palabras, no es algo que debería acompañar a una buena escena teatral. Tal y como sucedió con otras formas artísticas, como el cine palomitero, la literatura “juvenil”, la música pop o los reallity tv, quienes encontraron en la mediocridad el mejor aliado para un incremento de las ventas; la lucha por el teatro, pareciera ser el objetivo, es no caer en esa facilidad. “El teatro nunca es inofensivo. Puede que sea inútil; pero aún en ese caso, estamos contribuyendo a adormecer la conciencia del espectador. También puede ser dañino por su contenido o por su forma. Necesitamos el coraje de preguntarnos: ¿para qué estoy haciendo esta obra? ¿Le hace bien ella a la cabeza o al corazón del espectador? Si no suma, resta a la capacidad de reflexión, conciencia y compasión que tanto necesita el mundo actual. En esta época, donde padecemos avalanchas continuas de comunicación, en la que impera lo rápido y el gusto por la imagen que no revela grandes contenidos, lo light, hay historias, personajes y textos que no requieren que el actor tenga un instrumento muy afinado; pero siempre habrá necesidad de hablar de la complejidad del ser humano, con formas llenas de contenido, y, para eso, se necesitarán actores que sepan encarnar las virtudes y miserias de lo humano”.

Miserias que imperan en vastos sectores de la sociedad mundial. La pobreza, la crisis ambiental, las inequidades producto del capitalismo, todo han creado una generación con grandes problemáticas hacia su futuro; pero desconectada entre sí, en gran parte, por la proliferación masiva de dispositivos digitales que parecieran facilitar las comunicaciones; pero alejar a las personas. Su arte (el de Corazza), en ese escenario, se revela más importante que nunca, según nuestro interlocutor. “El teatro verdadero es un instrumento para luchar contra la robotización, y para alimentar los valores más nobles de nuestra humanidad. El teatro que conserva su espíritu sencillo, humano y sagrado, es una vía para vivir más en el corazón y en el alma. Volver a ocuparnos de lo esencial. Recordarnos nuestro respeto y responsabilidad con la vida”.

Responsabilidad que podría y, ojalá, debería llegar más allá del ámbito artístico. ¿Por qué no pensar lograr a través del arte (como lo está intentando hacer el cine, con la iniciativa Premios Platino) lo que no se ha podido por medio de la política: la unión hispana? Al fin y al cabo, por el Estudio Corazza han pasado, y pasarán, alumnos de todas las nacionalidades de nuestra región. “El teatro nos recuerda la importancia de la reunión. Siempre podemos crecer si el espíritu es colaborar en vez de competir. La lengua en común puede ser una fuerza para investigar y crear juntos. Cuando los pueblos no logran juntarse, sobreviene la tragedia”.

Podemos, incluso y de manera adicional, a partir de ahora y de haber leído lo siguiente, entender el teatro como un elemento a inculcarse como parte de un plan político educativo, puesto que puede ser de gran utilidad e importancia para el desarrollo de una sociedad. “El teatro puede ser una gran aportación a una educación para ser mejor persona, y para construir una sociedad más sana. No sólo personas de gran productividad. El desarrollo de la expresividad y de la creatividad en equipo que ofrece el teatro es una vía de crecimiento personal y social. El teatro incluye todas las artes. Cada año dirijo a mis estudiantes de teatro, en una representación en la que ellos mismos crean e interpretan la música, hacen vestuario, luces, producción, traducen textos, se involucran en todas las áreas, teniendo la experiencia de crear en equipo”.

Como si de un gran finale se tratase, la respuesta a nuestra pregunta “¿por qué deberíamos insertar el teatro a nuestra vida?”, nos regala la conclusión a este texto. “Por la misma razón que nos conviene incorporar la sinceridad, el cuidado de uno mismo, el interés por los demás, el amor o la espiritualidad. El teatro nos recuerda la urgencia de integrar, de juntar, de reconciliarnos con todos nuestros aspectos humanos, los más virtuosos y los menos, y de buscar armonía dentro y fuera de nosotros mismos. Es una búsqueda que da sentido a nuestras vidas”.

La invitación está servida.

*Andrés Arell-Báez es escritor, productor y director de cine. CEO de GOW Filmes.

 

Contacto:

Twitter: @andresarellanob

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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