Por Antonio Ocaranza Fernández*

Leo y releo las declaraciones de Juan Pablo Castañón, Presidente del Consejo Coordinador Empresarial, sobre la decisión de Andrés Manuel López Obrador de cancelar del nuevo aeropuerto internacional de México (NAIM) y comprendo porqué perdió Texcoco: los empresarios no entienden que no entienden.

Desde noviembre de 2015, Andrés Manuel López Obrador había anunciado su plan de construir dos pistas en la Base de Santa Lucía como una alternativa al proyecto gubernamental de Texcoco. Integró esta propuesta al decálogo de acciones que presentó cuando anunció formalmente su candidatura a la Presidencia en diciembre de 2017. Por años, con una disciplina admirable, López Obrador caracterizó al NAIM como una obra faraónica, fastuosa, cuyos contratos fueron asignados en procesos oscuros para beneficiar a los grupos consentidos del gobierno -obviamente integrantes de la Mafia del Poder-, que sólo beneficiaba a un grupo reducido de mexicanos pero que sería financiada por millones de pobres que nunca la pisarían.

Para contrarrestar esta narrativa, los empresarios se inclinaron por argumentos legales y de credibilidad y costo. Texcoco, dicen, debe continuar porque ya están firmados los contratos con empresas constructoras, hay bonos emitidos y gasto ejercido, y miles de inversionistas están pendientes de las señales de certidumbre legal y económica del nuevo gobierno para decidir si México es un lugar en el que deseen tener sus capitales y financiar proyectos. También, por cierto, porque hay más de 46 mil personas que perderían su empleo con la cancelación del NAIM.

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Ante el reto del gobierno de López Obrador, la derrota de Texcoco debe estimular un análisis profundo para evitar fracasos futuros. Aquí comparto cuatro lecciones:

  1. Mensaje carente de resonancia: En 4 años de discusión, la iniciativa privada nunca presentó argumentos persuasivos que generaran un amplio apoyo a favor del NAIM y lo blindarán de ataques políticos. Cuando hablaba de los beneficios del aeropuerto con términos de inversión, crecimiento económico o respeto de México en el mundo, lo hacía un lenguaje que sólo los empresarios entienden. Y ahora que AMLO canceló el proyecto cometen el mismo error: la falta de certidumbre, el incumplimiento de contratos, los efectos negativos sobre futuras inversiones no conmueven a la gran mayoría de los mexicanos.
  2. Mensaje que refuerza los negativos del NAIM: elegir argumentos legales para defender el aeropuerto sólo sirvió para reforzar la posición de AMLO: la ley que se violó al asignar contratos es la que hoy se enarbola para defenderlos, dicen los simpatizantes de Morena. Para ellos precisamente porque esos contratos fueron otorgados en procesos poco transparentes que deberían cancelarse. Ese terreno favorece a AMLO y la iniciativa privada no encontrará muchos simpatizantes.
  3. Que comunique el gobierno, ¿nosotros por qué?: la iniciativa privada apostó a que la comunicación sobre los beneficios del NAIM la liderara el gobierno del presidente Peña Nieto ya que era el más interesado en dejar el aeropuerto como legado y tenía los recursos para publicitar el proyecto. Pésima decisión si se considera que algo se ha criticado al gobierno actual es su falta de interés y capacidad para comunicar de manera efectiva sus proyectos.
  4. Forma es fondo: En lugar de convocar a una conferencia prensa en Texcoco, con el trasfondo de lo que se ha construido y rodeado de trabajadores de la construcción y otros empleados a punto de perder su empleo, el CCE en pleno protestó la decisión de AMLO en el Club de Banqueros -local que se asocia a la Mafia en el Poder– con argumentos legales que no conectan con los ciudadanos. Paradójicamente, el CCE reforzó los negativos con que AMLO ha presentado el proyecto del NAIM en Texcoco y dio consuelo a los que apoyaron su clausura.

AMLO se desenvuelve y domina el terreno que más incomoda a los empresarios: el de la opinión pública. Por eso no extraña que el próximo presidente haya anunciado que consultará a los ciudadanos con frecuencia. La iniciativa privada debe asumir este reto y encauzarlo en lugar de resistirse a la aplanadora de movilización que el gobierno de López Obrador construirá desde el poder en los próximos años. El dilema es claro: o los empresarios aprenden que la lucha de sus proyectos no se ganará en los tribunales sino en la arena de la opinión pública o aprenden a perder.

*Director de Oca Reputación.

 

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