En México, al parecer, cuando no queremos cambiar algo, empezamos por meternos en el dilema de que si es un problema de cultura o no, lo digo por esa discusión inútil de que si la corrupción es un problema cultural o no; la iniciativa de la Ley Anticorrupción, en su exposición de motivos, así lo acepta, pero hay grupos sociales que no lo ven de esa manera y entonces nos dedicamos más a discutir eso que a atacar la corrupción, pero no es un problema solamente de la corrupción, es, además, todo lo que conlleva alrededor.

En mi opinión, la cultura nacional se nutre de subculturas que no son nada favorables a la propia cultura nacional que nos detiene como país y como sistema democrático, pero antes de hablar de ellas aclaremos qué se entiende por cultura para no ser quemado en leña verde antes de tiempo. La oficina de la Unesco en México define a la cultura como: “el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias y que la cultura da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden”.

Por su parte, los autores Newstrom y Davis (1993) definen a la cultura social como: “el medio ambiente social de las creencias creadas por los seres humanos, las costumbres, los conocimientos y las prácticas que definen la conducta convencional en una sociedad”, por tanto, todo lo que hagamos y se haga costumbre, sea aceptado por la generalidad de las personas, se convierte en cultura.

Entonces, en México tenemos una tercia maligna de subculturas, por decirlo de una manera simplista, que afectan toda nuestra forma de ser, y lo peor es que no queremos cambiar: la corrupción, la tendencia a dramatizar y el deporte nacional de echarle la culpa a todos los que están enfrente, si las metemos en una licuadora y hacemos un licuado pareciera que es el alimento que diario nos tomamos la mayoría de los mexicanos, y nuestros políticos no están exentos de este alimento.

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La primera subcultura es la de la corrupción ¡ni que decir! Los mexicanos nos la pasamos dando explicaciones sobre los valores, pero no los generales, sino la interpretación que le damos a cada uno, lo peor es que vemos las noticias y se va haciendo costumbre ver los ejemplos y los aceptamos: el presidente municipal que roba solo poquito, el que en las cárceles se pueda tener privilegios, que a los funcionarios públicos que encuentran robando sólo los inhabiliten sin pasar por la cárcel, y podríamos seguir de los casos de corrupción que ya se han convertido en un asunto cotidiano y no está bien, no es normal, por el simple hecho se ha convertido en una cultura y no es de ahora, viene desde el virreinato si no es que “desdesdenantes”, como dicen los rancheros.

La segunda subcultura es la tendencia a dramatizar, quién sabe desde cuando venga, pero ha sido una tendencia que la industria de las telenovelas, tanto en radio como en televisión, se ha apoderado de una gran parte de la sociedad, desde La Llorona hasta la más reciente telenovela de Televisa, ha creado ese factor en donde por todo hacemos drama, una de las mejores frases que lo resume es aquella del actor Héctor Suarez en donde decía “soy tu madre” y de ahí se tiraba al drama llorando y quejándose de todo. Ahora en la versión moderna vemos que todos los mensajes políticos de los partidos empiezan haciendo drama del país, primero hacen notar que el país es un asco, nada sirve y que por culpa de nuestros gobernantes (los actuales, en donde ellos mismos también se encuentran incluidos) estamos como estamos y etcétera, etcétera, cosa que ya se hace costumbre y que la población acepta como desfogue de sus angustias sociales. Pero en realidad ¿eso sirve? Para llamar la atención, tal vez, para construir algo mejor, lo dudo, pero así seguimos y nos encanta.

La última de las subculturas es la de echarle la culpa a los de enfrente, bueno más bien a todos, es el no aceptar que somos parte del problema y que participamos; desde el raterillo que cuando cae en manos del policía, primero empieza negando todo, después le echa la culpa a alguien y nunca acepta nada, desafortunadamente esa misma actitud la tienen los empresarios, los políticos y cualquier mexicano al que agarran haciendo algo malo, entonces le echamos la culpa a alguien más de nuestros problemas y no reconocemos nuestros errores. Hoy, Trump es nuestro villano favorito, porque carga las culpas de nuestras desgracias, el partido de enfrente es el malo, el vecino, el policía, el delincuente o el perro del de enfrente. La mejor frase de esto es la del ranchero del sureste que dijo “aplíquese la ley en los bueyes de mi compadre” o peor que eso la famosa frase de Benito Juárez, con todo el perdón al prócer, “a mis amigos, justicia y gracia, a mis enemigos la Ley a secas”.

Mientras sigamos fomentando estas prácticas, difícilmente podremos avanzar como sociedad y como democracia, y desafortunadamente en las próximas campañas electorales, de esto estarán llenos sus discursos, propuestas y anuncios.

 

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