La sabiduría popular alberga un conocimiento profundo que no debemos desestimar. Dice el dicho: “Tanto amó el cuervo a su hijo que hasta le sacó un ojo”. En la vida personal como en los negocios, la pasión desmedida trae malos resultados. No hay como un buen dicho para ilustrar el concepto de la paradoja emprendedor, que según Stephen Westser sostiene:  el mismo impulso que lleva a alguien a iniciar un negocio es el que termina destruyéndolo.

A lo largo de mi vida profesional he experimentado ese arrebato que nace desde los huesos y que te impulsa a perseguir una idea hasta transformarla en un proyecto productivo en operación. También me ha tocado estar del lado de quienes necesitan consejo para aterrizar un anhelo, de empresarios que desean correr un riesgo para convertir una fantasía en algo concreto y, por supuesto, he tenido la oportunidad de formar emprendedores. Sé que no todos nacen con esa chispa que detona el deseo de comenzar un negocio. Sólo algunos están llamados a recorrer este camino.

Los emprendedores tienen como común denominador una pasión que les sirve de resorte para concretar sus ideas. Tienen esa luz que les permite ver ventanas de oportunidad que otros pasan por alto. Son personas que creen con determinación en sus proyectos y, en un momento determinado, son capaces de huir de su zona de confort con tal de perseguir sus sueños. Están tan seguros de lo que traen entre manos que abandonan la comodidad de una carrera ejecutiva ascendente, que ponen en juego ahorros y demuestran tal entusiasmo que son capaces de convencer a otros para que se sumen.

Es tan contagioso el amor que le tienen a sus proyectos que proveedores, financiamientos, socios, caen rendidos y se muestran deseosos por participar y por no quedarse fuera de semejante belleza. Los clientes llegan atraídos por esta seducción y el círculo virtuoso se pone en marcha. Ese es el lado positivo de la pasión empresarial. Ese que lleva a propios y a extraños a creer y a tener esperanza en algo que aún no pueden ver. Pero, como casi todo en la vida, la pasión tiene dos lados.

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Pero, cuidado: esta misma pasión que lleva a levar anclas e izar velas para adentrarse en el mundo empresarial es la misma que puede hundir negocios. Cuando estamos arrobados por una idea de negocio, pasa algo similar a los primeros días de enamoramiento: nos negamos a ver defectos, nos centramos en las cualidades. Si bien, la etapa es una delicia, también trae consigo una visión limitada.

El lado negativo es este ensueño que ciega a los emprendedores y los lleva a la cúspide de la autosuficiencia y los conduce a tomar malas decisiones en los peores momentos. Es convertirse en Ulises embriagado por el canto de las sirenas. El entusiasmo desmedido combinado con la falta de análisis se convierte en la maldición del cuento que mata a la gallina de los huevos de oro; es lo que lleva a proyectos prometedores al naufragio.

Si aquello que hace germinar un proyecto es también el veneno que lo puede destruir, ¿cómo discernir?, ¿cómo se resuelve esta paradoja? El primer signo de que la pasión empresarial se está encaminando al lado incorrecto es cuando la impaciencia es el principal motor que impulsa un proyecto. Si los autores de la idea están tan embelesados que demuestran un optimismo exacerbado y son incapaces de evaluar las debilidades y los riesgos, algo anda mal.  Otra señal es tratar de ser el hombre orquesta del proyecto. El apasionamiento los lleva a creer que, si no son ellos los que están a cargo de cada tramo de decisión, de cada momento operativo, entonces las cosas saldrán mal. En consecuencia, son incapaces de delegar o de administrar adecuadamente el tiempo, creando cuellos de botella que terminan asfixiándolo.

El peor foco de alarma es cuando un emprendedor no es capaz de imaginar lo que sucedería si las cosas no salen como se proyectaron. Al no existir un plan alternativo, al no prefigurar líneas de acción de reemplazo, el riesgo aumenta. En caso de presentarse desviaciones, no hay una forma suave de corregirlas. Entonces comienzan los palos de ciego, las decisiones precipitadas, los movimientos exagerados, que un proyecto recién nacido no soporta y muere en el afán de ganar vida.

En el mundo de los negocios, la pasión es un valor mágico que echa a andar la rueda de la productividad, si y sólo si está sustentada en un buen análisis y basada en hipótesis correctas y en escenarios que den cabida a cursos alternos de acción. Steve Jobs lo dijo de forma espléndida: “Sigue tu corazón, pero verifica la ruta con la cabeza”.

Sin duda, la pasión es el detonante que lleva a perseguir sueños y concretar ideas. Sin embargo, debemos tener cuidado que ese valor creativo no nos lleve a estallar en mil pedazos.  En la vida como en los negocios hay que hacer como dice el dicho: “El corazón ardiente y la cabeza fría”, por algo es sabiduría popular. En pocas palabras, que la pasión por emprender no nos lleve a caer en la trampa de paradoja del emprendedor.

¿El mejor remedio? Permanecer con los ojos abiertos y con los pies en el suelo. El contacto directo con el mercado, la atención a lo que nuestros clientes buscan, la disposición a cambiar lo que no gusta -aunque a nosotros nos encante- son algunos de los remedios que ayudan a frenar la pasión desmedida y llevan al emprendedor a saltar la laguna de la paradoja del emprendedor.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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