Los estereotipos nos taladran la cabeza. El perfil más común de empresario suele ser el de una persona a finales de sus 30 años o principios de los 40. Pero, el modelo de emprendedor genérico es una persona que ha trabajado durante muchos años para una empresa, ha adquirido experiencia y criterio y así tiene todas las cartas en la mano para emprender. No obstante, estas imágenes estructuradas tan aceptadas por la mayoría tienen poco que ver con la realidad de todos los días.

Basta pensar en todos estos jóvenes que han emprendido y han hecho fortunas enormes en Silicon Valley. El área está llena de historias de éxito de universitarios que emprendieron y a los pocos años ya figuran entre los millonarios del mundo. Por supuesto, cuando nos hablan de Zuckerberg o de los fundadores de Google, el corazón nos empieza a latir muy fuerte y creemos que la juventud es el mejor momento para emprender.

Por otro lado, al revisar las historias de Henry Ford, que tenía cuarenta y cinco años cuando sacó al mercado el Modelo T, o Vera Wang que se dedicó a ser patinadora artística y periodista antes de empezar con su negocio de vestidos de novia, o de la famosa Julia Child que tenía cincuenta años cuando publicó su primer libro de cocina, sentimos un gran respeto por la trayectoria de estos personajes y estamos de acuerdo que la madurez es el mejor momento para emprender.

Lo cierto es que el camino de emprendimiento está plagado de mitos, leyendas, historias y estereotipos. Desde pequeños escuchamos por todos lados que debemos dedicarnos a perseguir nuestros sueños. En los años de estudios y especialmente en la universidad nos convencen de que estamos hechos para el éxito y nos preparan para la administración del triunfo. Por eso, no es extraño encontrar jóvenes tienden a pensar que toda su vida estará resuelta antes de los 30 años. Evidentemente, con el vértigo de estos tiempos y los cambios tan veloces, esta forma de enfrentar la vida puede causar una gran decepción e incluso ataques de pánico si hay múltiples metas no se han cumplido antes de esta edad.

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Incluso, hay una tendencia a dibujar una línea imaginaria alrededor de los treinta años que es vista como el límite para alcanzar los mejores sueños: el trabajo millonario, la casa grande, el matrimonio feliz, los viajes exóticos, los artículos de lujo, la mascota ideal. En esta línea de pensamiento, lo que sigue es montar un negocio y convertirse en un multimillonario. Creen que el cosmos se va a acabar si no han alcanzado sus anhelos. Sienten que ya no cuentan con el tiempo suficiente para lograr todo lo que aspiran. Sin embargo, como consuelo, escuchamos por ahí que los treinta son los nuevos veinte y los cuarenta son los nuevos treinta.

Por otro lado, la realidad nos enfrenta a situaciones de crudeza extrema. La falta de empleo que se vivió en los últimos años dejó a personas capacitadas y capaces sin posibilidades de encontrar trabajo. Jóvenes y viejos, recién egresados y personas con amplia experiencia se vieron enfrentados a las filas del desempleo o del subempleo. La amargura que se pergeña al saberse preparado para desempeñarse en ciertas funciones y no encontrar una posición; la aflicción de ver que en vez de ir mejorando en el escalafón se va caminando para atrás hizo que la mayoría llegara a una terrible conclusión: si la búsqueda de trabajo había durado más de dos años, lo más probable es que ninguna empresa vaya a ofrecer algo.

En esa condición, reflexionar en torno a esos planes que se quedaron colgados en un clavito o esas ideas que dejamos dobladas en un cajón pueden resultar una alternativa muy adecuada. Hay muchas historias exitosas que han probado que es posible cumplir los sueños en cualquier época de tu vida.  Se puede emprender con grandes posibilidades de triunfo siendo joven o incluso cuando se han acumulado varios años. Zuckerberg es el multimillonario más joven de la lista de Forbes. José Saramago ganó el Premio Nobel de Literatura cuando tenía 60 años. Alfred Taubman se convirtió en el propietario principal de la casa de subastas Sotheby´s cuando tenía 69 años.

Desde luego, al emprender siempre miramos los casos de éxito y nos animamos a seguir el ejemplo de los que han triunfado en ese mundo. Me parece que el emprendimiento no es un tema de edad, es un tema de motivación y vocación. No todos encuentran su nombre inscrito en estos anales. El que busque este camino porque quiere ser su propio jefe, o porque ya no encuentra otra alternativa, debe de avanzar con pasos muy cautelosos y asertivos. Aún más si se está jugando con el patrimonio familiar.

Emprender es para jóvenes porque tienen el impulso propio de los años. Hay fuerza y entusiasmo. Hay ilusión de correr detrás de un proyecto. También lo es para veterano que tiene experiencia porque podrá anticipar escenarios, ser prudente, medir el riesgo. Por supuesto, hay jóvenes muy juiciosos y viejos que son muy entusiastas. Si, responder cuál es la mejor edad para emprender puede ser tan complejo o tan sencillo como decir: cuando estés listo.

El momento óptimo para invertir es cuando detectamos una ventana de oportunidad y la podemos aprovechar. Es, asimismo, cuando tenemos un producto, un servicio o una idea que tiene un cliente dispuesto a pagar. Dice el dicho que las oportunidades son pelonas y hay que atraparlas cuando se nos pongan enfrente. Estas encrucijadas que se nos aparecen son veleidosas: a unos se les asoman a muy temprana edad y a otros les florecen cuando ya han pasado los años.

La mejor edad para emprender es cuando tenemos enfrente una situación de la cual podemos sacar ventaja, convirtiéndola en un negocio que nos deje utilidades. El acertijo que busca precisión para determinar cuántos años deben de tener cumplidos los que quieran empezar por este camino, me temo que camina por una línea muy delgada y riesgosa. Se topará con evidencia y datos duros que le podrán echar por la borda sus suposiciones.

También se tropieza el que dice que no importa la edad, lo que importa es intentarlo. Me parece que el estado de vida tiene que ser tomado en cuenta para tomar la decisión de emprender o no. En cada etapa tenemos diferentes necesidades y enfrentamos distintas obligaciones. Por ello, en consciencia de los años que tenemos y los que según la estadística nos quedan por vivir, podemos calcular en forma responsable, si nos encontramos en el mejor momento y en la mejor condición para arriesgar. No es una cuestión de edad, es de oportunidad.

 

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