El tiempo. Una de las cualidades que definen el carácter de un político es el manejo del tiempo. Con base en información que permanentemente es renovada el político mueve sus intenciones, sus acciones, para acomodar las circunstancias en función de sus objetivos. Crea escenarios posibles y a partir de los mismos busca el mejor camino de ejecución para el éxito de sus proyectos. Ideas que se convierten en proyectos, modeladas por principios éticos que definen un modelo intelectual, el político vislumbra con claridad el futuro imaginado, convence a quien lo escuche a partir de su retórica y ejemplo convirtiéndolos en seguidores de su visión, y alcanza el éxito cuando concreta sus planteamientos en acciones y obras que serán su legado.

Esa mecánica de construcción de proyectos se basa totalmente en el uso del tiempo. La duración del planteamiento, la duración de la ejecución del proyecto, el control de las variables que irán apareciendo a lo largo de ambos momentos y que atentarán contra el éxito del objetivo, el instante de la conclusión… momentos todos que desde el mismo inicio de la idea tuvieron que ser analizados, imaginados, presentidos incluso, a partir de la preparación del político, la información recopilada alrededor de la decisión, la consulta permanente a pensadores especializados en el tema, el análisis histórico de la situación social que define todas las potenciales reacciones de la comunidad. La exigencia personal que significa el compromiso con la colectividad al saberse modificador directo de las vidas de aquellos que confiaron en la visión del político, así como de aquellos que no lo hicieron pero que al final serán objeto también de afectaciones personales, es el máximo motivador de un compromiso tan importante como lo es el del político. Mas allá de las muestras directas de simpatía o antipatía de los grupos sociales involucrados, la relación personal con el tiempo, que al final del trabajo cotidiano será el auténtico valuador del actuar del político, es el motor para la búsqueda de la mayor perfección ejecutiva en un trabajo que tiene todas las de perder y que, por lo mismo, parte de un principio noblemente sofisticado que es el interés de la mayoría a partir de la entrega personal, de las mejores capacidades del sujeto que se convertirá en político, a partir de la visión de un mejor y más equilibrado estado de beneficio para la sociedad, consecuencia del reconocimiento de las capacidades esenciales propias de liderazgo: ecuanimidad, prudencia, paciencia, justicia y una ética definida y solida que sirva de ejemplo en el permanente acto de convencer a seguidores y colaboradores de la ruta a seguir.

El tiempo, el manejo del tiempo, exige al político muchas veces actuar hasta en contra del momento inmediato consumido por la colectividad que, la mayoría de las veces actúa de manera instantánea, sin ese concepto claro del tiempo que, en la dinámica de la vida cotidiana, no existe. Rebasados por las necesidades cotidianas, el concepto del tiempo como una construcción de acciones diseñadas para el futuro es inconcebible, y muchas de las veces contrario a la inmediatez del presente que, en el colectivo, requiere satisfactoria de vida al instante. La construcción evidente de la ruta planteada por el político será entonces la única prueba de que la elección de creer en su visión, la visión de futuro del político, poco a poco toma forma en beneficio de la mayoría. La credibilidad, a partir del constante reporte de logros alcanzados en la ruta de pensamiento constructivo que definió la plataforma de trabajo del político, es el activo más importante para la realización exitosa, en el tiempo, de la obra imaginada.

Cuando en enero 2007 el entonces presidente Calderón vistió una casaca militar y arengó al Ejército y a la ciudadanía a liberar una ‘guerra contra el narco’ sin una visión clara del tiempo, sino en una reacción inmediata que no estimó los posibles escenarios que cada acción beligerante tendría en una circunstancia tan compleja como era en ese momento, la historia completa y centenaria del narcotráfico en México, su arraigo y simpatía en comunidades profundas del país, su involucramiento en los distintos niveles de gobierno, de negocios, el control territorial que mantenían organizaciones de estructuras sociales muy complejas, la clara falta de información y su consiguiente procesamiento, la clara falta de imaginación en función de un objetivo social contundente, tuvieron consecuencias sociales de alto impacto que alteraron para siempre la vida de todos los mexicanos. La absoluta falta de conciencia histórica, el conocimiento y uso del tiempo en la visualización de las posibles consecuencias de cada acción, hundió a México en un territorio de guerra que 10 años después sigue acumulando víctimas mortales en números que, a la luz de la historia, en el futuro cercano, escandalizaran cuando se vea el total de la información de los primeros veinte años del siglo XXI.

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Lo mismo ocurrió en el nuevo sexenio cuando, al inicio de su gobierno, el presidente Peña fue relacionado con operaciones financieras que abrían un espacio de duda sobre su comportamiento ético. El escándalo de corrupción que lo relacionó con operaciones ilegales en la compra de bienes muebles abrió un flanco de dudas sobre la ética del presidente que, sin importar cualquier estrategia de comunicación y control de daños, atacaba directamente a la personalidad y confianza del político. Una vez más, únicamente con la conciencia inmediata de la solución de problemas en el corto plazo, y sin una visión amplia del tiempo, el presidente decidió pensar que había sorteado un problema de su administración al implementar medidas de control de la información, así como una gran simulación de juicio que ‘eliminaba’ la duda sobre la naturaleza ilegal de alguna de sus acciones. Sin embargo, la ausencia de esa conciencia histórica ha demostrado que esa percepción de liderazgo corrupto prácticamente abrió la puerta para que, en los siguientes años gobernadores, secretarios de Estado, directores de empresas del gobierno, presidentes municipales, congresistas, delegados, todos, se sintieran avalados para cometer actos de corrupción.

En días recientes hemos visto cómo ese compromiso con la sociedad, con el reclamo social, y a la luz del juicio del tiempo, y ante la evidente incapacidad para cumplir con la visión prometida de país a partir de que todos los escenarios que, al no diseñarse con cuidado y claridad intelectual y ética, se fueron cayendo, se ha ido olvidando poco a poco para ser sustituido por un endurecimiento ‘institucional’ que cada vez es más insensible a las observaciones populares. Atrapado por las soluciones del momento, inmediatas, y envuelto en una lucha de poder muy lejana a la sociedad, pareciera que la defensa de personajes señalados en su responsabilidad o en su corrupción es una prioridad que, nuevamente, refleja esa total falta de visión histórica del tiempo. Aunque en el momento inmediato se logra el objetivo del sostenimiento aparente de la estructura de poder, el tiempo, no considerado en esta visión cortoplacista, será el juez que califique el legado y las consecuencias del mismo.

Hombres sin calificación para ser políticos han destruido el sistema político mexicano herencia del siglo XX, ofreciendo, sin embargo, una posibilidad de cambio, de regreso a la definición básica de política que nos aleje de oportunistas que, sin la preparación intelectual, social, de experiencia de vida y honestidad de planteamientos, sigan destruyendo el porvenir, el tiempo de más adelante de México. Al final, el juicio social siempre tendrá la última palabra.

La historia nunca se equivoca.

 

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