El pasado fin de semana, la madrugada del 31 de marzo, un automóvil BMW se estrelló a 184 km/h en Paseo de la Reforma. Sin frenar, directo contra un poste de acero puro, el automóvil se partió a la mitad destrozándose completamente. En el accidente murieron cuatro personas, dos mujeres y dos hombres, dos de estas personas decapitadas. La violencia de la velocidad de 184 km/h detenida en seco expidió a los pasajeros a través de una carrocería en proceso de destrucción haciendo los cuerpos vulnerables al contacto con materiales de alta resistencia con la fuerza de un impacto resultado de multiplicar la velocidad por la masa del coche.

Que el auto sea un BMW, que el conductor condujera en estado de ebriedad y toxicidad alto, y obviamente la velocidad superlativa, abonaron a la impresión colectiva por la noticia pues además sin coches alrededor, sin obstáculos que interrumpieran su camino, y al final de una recta de dos kilómetros la deducción comunitaria no alcanzaba a comprender la numeralia siniestra que se derivaba del accidente y mezclaba sensaciones confusas de susto, repulsión, critica tanto a la pericia del conductor, como a su estado físico inconveniente, como a su aparente status social, y sensaciones de inseguridad que se sumaban al desasosiego que ha generado la Ciudad de México en meses recientes en medio de noticias de asaltos, muertes violentas, secuestros, amenazas del narco, cobro de piso, y una vez más la omnipresente corrupción económica que solo es el resultado de la gran corrupción ética y moral que refleja la Ciudad de México.

Los medios convencionales comenzaron a circular informaciones en el sentido de pertenecer el conductor al sector social favorecido por la política, la corrupción y el poder policiaco, al mismo tiempo que se difundió la nota de que los familiares de los fallecidos habían recibido una petición de perdón por parte del equipo legal del conductor, volviendo a hacer de esta situación, una más de divergencia social, económica y política, dentro de las que se suscriben las injusticias, prácticamente todas, de nuestra corrupta cultura presente.

Con el antecedente de la reacción provocada por el fallo del “juez porky“, la sensibilidad cutánea social se encuentra en un punto de finísima reacción, lo que ha provocado que medios oportunistas continúen exhibiendo imágenes de los cuerpos tirados y desmembrados en la banqueta al mismo tiempo que enmarcan la imagen con textos que implican la posibilidad de un perdón o de una salida legal mañosa, a manera de advertencia de que no lo permitirá la sociedad en su conjunto. Una vez más, echando mano a maniobras amarillentas que tuvieron su momento y razón de ser en otra época, pero que en el mundo supercomunicado en el que vivimos hoy, se descubren como maniobras que buscan ratings y/o simpatías de los públicos que cada vez más están abandonando la relación tradicional de emisor-receptor.

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En medio de un ambiente tenso como el que vive México País, y México Ciudad, la falta de compromiso social con el manejo de la información, más de esta información de carácter sensacionalista, y pretender llevarla al terreno de las causas políticas -ahí están las defensas al alcoholímetro, a la instalación de reductores de velocidad-, tiene como consecuencia banalizar el evento, al pretender magnificarlo para conveniencias ideológicas. Esa banalización que eleva a nivel de acontecimiento nacional un accidente -sí, grotesco y espectacular, pero solo eso, un accidente- y lo convierte en materia de primeras planas y especulaciones morbosas sobre las vidas de los fallecidos, así como de las razones del accidente, esconde el auténtico drama de nuestra sociedad y nuestros tiempos.

‘En Los Orígenes del Totalitarismo (Hannah Arendt) se aferraba a la noción Kantiana del mal radical (de raíz, de origen), el mal que, bajo el régimen Nazi, podía corromper los fundamentos de la ley moral, explotaba categorías y definiciones legales y desafiaba la razón… sin embargo, y ante la crítica profunda a su obra Eichman In Jerusalem concluyó que solo el bien tiene profundidad y por eso el bien puede ser radical (de raíz, de origen), el mal jamás puede ser radical y solo puede ser extremo pues no posee profundidad… El mal viene de la falta de pensar, desafía al pensamiento pues cuando este trata de involucrarse con el mal y busca examinar las premisas y los principios de donde se origina, se frustra al no encontrar nada ahí. Esta es la banalidad del mal’. *

Acostumbrados a conveniencias narrativas que insisten en transformar la realidad para adaptarla a intereses subterráneos definidos por ambiciones personales, incapacidades intelectuales, conservación de nichos de poder, la sobredimensión de hechos como este, a su vez, y en el equilibrio semántico del balance del lenguaje, subdimensionan otros hechos que, ante su lejanía en la percepción y comprensión -fraudes multimillonarios, luchas fácticas entre grupos de poder, instalación de modelos de lucha política/ideológica, conservación de arquetipos de combate, etc.- esconden situaciones más dañinas para nuestra sociedad en su conjunto.

Como el mago que utiliza una mano para distraer y la otra para hacer el truco, la repetición constante de un hecho que ha despertado naturalmente el morbo de la sociedad, ofrece, a quienes impulsan este control informativo, un margen de maniobra amplia en el terreno en el que se está gestando el manejo y abuso estructural de nuestra sociedad, comprometiendo nuestros estilos de vida, de supervivencia, en beneficio del manejo tendencioso de la información. Esta banalización de la información, que deriva en la banalización del mal, es la que nos han estado bombardeando todos los días con informaciones de nota roja que, aparentemente se digiere y olvida, pero que está generando una sociedad enferma de ignorancia, violencia y furia, el rehén perfecto para escenas macabras como la del BMW destrozado con cuatro cuerpos incompletos.

*Amos Elon en la introduccion a Eichman In Jerusalem, A report on the banality of evil, Penguin Books, 2006

 

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