Hablar de las niñas y las mujeres en la tecnología no es nada sencillo. En primera instancia porque a pesar de que la industria avanza a pasos agigantados y el mercado de las TIC es uno de los que más crecen, no deja de existir un desbalance en cuanto a la participación femenina en dichas actividades.

Ya sea por ignorancia, por prejuicios o por falta de interés, las mujeres no tienen la participación que deberían ni en la industria, ni en la Academia y tampoco son representadas de forma adecuada en los entornos tecnológicos. Y aunque sólo parece un discurso incluyente, la realidad es que las oportunidades femeninas en el mundo de las TIC son mucho menores que las de los hombres.

Más allá de un discurso políticamente correcto, las consecuencias de no incluir a las mujeres en una de las actividades económicas más importantes y lucrativas del mundo puede tener consecuencias económicas graves, puesto que tendremos al 50% de la fuerza laboral con una participación mínima en un mercado que crece aceleradamente. Dicha ausencia puede generar graves costos económicos y frenar el crecimiento de los países.

Los esfuerzos deben centrarse en las niñas como principales agentes del cambio, ya que entre más de ellas se interesen en desarrollar tecnología, más fácil será incorporar planes y programas de capacitación digital.

Debido a ello, el cuarto viernes de abril de cada año se conmemora el Día Internacional de las niñas en las TIC, una iniciativa que nació en 2011, impulsada por la Unión Internacional de Telecomunicaciones, organismo perteneciente a la ONU, que busca concientizar a los usuarios de las tecnologías de información y comunicación sobre la necesidad de incluir a más niñas y mujeres en el desarrollo tecnológico, no como consumidoras, sino como creadoras y desarrolladoras.

Por ello, hago un rápido recuento de las circunstancias que han evitado que las niñas entren de lleno a la tecnología.

  • Cultura y machismo. Imposible negarlo. No sólo la cultura de México, sino prácticamente la de todo el mundo, siempre ha considerado que las mujeres deberían dedicarse a ciertas actividades y que hay ciertos tipos de trabajo, estudios o distracciones que son propias de un género y restrictivas a su contraparte. Dichos estereotipos serían totalmente inofensivos, de no ser porque subyacen de forma profunda en la construcción que las niñas hacen de sí mismas y de lo que los demás esperan que ellas hagan.
  • Falsa inclusión. Un discurso persistente entre quienes se dedican al desarrollo de tecnología, es que no hay segregación femenina, puesto que, si ellas quisieran, la puerta de las oportunidades está abierta para todos. Además, se insiste, lo que vale son las habilidades y no el género. El problema es que dichas generalizaciones tienden a caer en la falsedad, ya que, si bien es cierto que la cultura del mérito, el esfuerzo y el know how es el predominante en las comunidades de desarrolladores, también lo es que culturalmente hay un sesgo y que el sólo hecho de notarlo, ya requiere de cierto esfuerzo intelectual.
  • Representaciones mediáticas. Mucho de la forma en la que nos construimos como personas, tiene que ver con lo que observamos en los medios de comunicación y ahora, en las plataformas digitales. Y para ser sinceros, muchas de las representaciones mediáticas simplifican la figura femenina a un objeto sexual u ornamental. Y todos sabemos que una mujer es mucho más que eso.
  • Ausencia de programas estructurales. Si bien existen esfuerzos que luchan por la inclusión digital de género, se trata de asociaciones o instituciones que trabajan con recursos propios y con un alcance relativamente limitado; por tanto, para que una persona pueda acercarse y una niña integrarse, necesita en primer lugar, conocer la situación en la que se encuentra y segundo, conocer a las asociaciones que podrían ayudar.
  • Falta de visión integral. Los programas de inclusión digital de género tienen un pequeño problema y es que sólo están dirigidos a mujeres. Si se quiere crear un cambio profundo y estructural, es necesario que se incluyan a todos los actores de la educación que necesitan capacitarse en ese sentido. Por tanto, deberían incluirse a niños, niñas, padres y profesores.

La inclusión digital de género es una labor que corresponde a todos por igual, ya que no sólo se trata de un programa políticamente correcto, sino del futuro de la mitad de la población y del desarrollo integral de los países.

 

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