Reconocer insuficiencias será siempre más plausible que tratar infructuosamente de esconderlas. En ello radica la diferencia entre un sexenio a la mitad o un sexenio a medias.

 

El Monumento a la Revolución es el que mejor refleja el alma nacional: un país que deja todo a medias y que no puede tomarse en serio.

Cuando Porfirio Díaz se lo encargó al entonces arquitecto de moda, Émile Bénard, el proyecto perfilaba una marmórea joya neoclásica que albergaría al Congreso mexicano.

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La historia es conocida: dos décadas después del estallido de la Revolución, con una remozada nacionalista y unos cuantos pesos invertidos, quedó erigida una mole en la que sobresalen facciones políticamente correctas. Pero la singularidad estética del Monumento no es nada frente al recordatorio perenne de nuestra debilidad por el abandono, a instantes de la gloria. El “ya merito” petrificado en la Avenida de los Insurgentes.

La analogía viene a cuento en una coyuntura en que la administración federal parece haber abandonado todo proyecto original.

Más allá de percepciones, el sexenio se nos está quedando a medias en los pilares estratégicos que marcaron la narrativa en el primer tercio del sexenio:

  1. Aplicación de la ley
    La paradoja del sexenio es que sin hacer de la violencia un tema central en la narrativa oficial –cosa que sí hizo el presidente anterior–, ésta se ha colado por fuerza y mantenido vigente en la numeralia: 23,063 homicidios en 2013 y 19,669 en 2014.
    La oferta política en 2012 no era solamente reducir la violencia, sino reconstruir la paz. En contraste con ese objetivo tenemos una percepción social de inseguridad reportada por el INEGI (69%), equiparable a la de 2011.
    Abonando a ello, y más allá del anecdotario del túnel de 1.5 kilómetros, la fuga de un capo como Joaquín Guzmán tiene un efecto profundo, devastador y silencioso sobre la cultura de la legalidad en México. La legitimidad de las instituciones es tan escasa, que la ciudadanía puede llegar a festinar al bandido audaz, frente al gobierno ineficaz. Tristemente, una franja poblacional importante encuentra más puntos de enlace e identificación con la imagen del delincuente atrevido, que con los objetivos comunes que, en teoría, debiera representar el Estado.
  2. Reactivar el mercado interno
    Negar el complejo entorno global y la caída de los precios del petróleo, como factores de debilidad de la economía mexicana, sería francamente tramposo. Pero, otra vez, la distancia entre las expectativas generadas y la mediana realidad económica nacional es la que marca que nos estamos quedando a medias.
    El promedio de crecimiento económico es el mismo que el de las últimas décadas (2%). Esta semana se reportará una ligera caída, vendrán ajustes a la baja, y 2015 será –en términos de crecimiento económico– nuevamente decepcionante. Las reformas energética, de telecomunicaciones y financiera no acaban de romper el techo de crecimiento, pero la fiscal sí logró romper el piso. La respuesta está en la reactivación del mercado interno con incentivos fiscales para la inversión privada.
  3. Cambio en el modelo educativo
    Sobre los capiteles corintios del proyecto arquitectónico de Bénard terminaron los rostros reivindicativos y furibundos de Carlos Obregón Santacilia; sobre la reforma educativa, las tácticas de la CNTE.
    De nada sirve cambiar la Constitución si no se está dispuesto a cambiar las reglas del juego político en el campo educativo. La desaparición del Instituto Educativo de Oaxaca es un primer paso, tras kilómetros ganados por la Coordinadora en la franja de ingobernabilidad llamada Oaxaca-Guerrero-Michoacán.
    De forma inexplicable, el gobierno federal logró reformar la Constitución, para luego abandonarse ante la coyuntura. La CNTE es un problema político temporal, como lo fue Elba Esther y lo serán otros liderazgos. El reto está en no dejar a medias la reforma estructural al sistema educativo nacional, para dejar de ser el hazmerreír de las evaluaciones internacionales, y una fábrica políticamente correcta de subempleados.

Conclusión

El presidente Peña Nieto debe empezar a pensar qué puede cambiar en lo que resta del sexenio. Puede cambiar hechos concretos en rubros estratégicos: aplicación del Estado de derecho, contrarreforma fiscal e implementación de la reforma educativa.

Reconocer insuficiencias será siempre más plausible que tratar infructuosamente de esconderlas. En ello radica la diferencia entre la arquitectura de Bénard o la improvisación posrevolucionaria; un proyecto acabado o la infame costumbre nacional de andar sólo una parte del camino.

 

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