En las finanzas personales, como en los países, las decisiones económicas que se toman en el presente tienen una influencia determinante en las posibilidades o restricciones en el largo plazo. La inversión en proyectos no rentables, el desorden administrativo y el aumento insostenible de las deudas irremediablemente le acaban cobrando factura a todos. Por lo anterior, es importante que las políticas públicas se evalúen rigurosamente y el rendimiento de las economías se mida y se compare, porque esto permite corregir el rumbo antes que sea demasiado tarde.

El ejemplo paradigmático de desorden administrativo es Venezuela, que actualmente está sufriendo una de las peores depresiones económicas en la historia. Según varios economistas, la depresión de Venezuela es más grande que la crisis económica de Rusia después de la caída de la Unión Soviética. A decir verdad, para encontrar ejemplos similares a su nivel de inflación, prácticamente nos tendríamos que remontar a la Alemania de 1923.

Por otro lado, el porcentaje de hogares que viven en pobreza ha aumentado de 48% en 1998 (cuando Chávez entró al poder) a 82%, según The Economist, y más de la mitad de la población gana sólo el salario mínimo. Para poder cuantificar el tamaño de la crisis, el economista Ricardo Hausmann creó un indicador que mide la cantidad de calorías que una persona podría consumir si utilizara todo el salario mínimo para comprar la fuente de calorías más barata. Según el último dato, hoy en día, en Venezuela, un trabajador podría comprar sólo 900 calorías, cuando en 2012 podía comprar 57,000. Si tomamos en cuenta que una persona consume alrededor de 2,000 calorías al día, vemos que la actual ingesta de alimentos no basta para considerarse sana, y menos para alimentar a toda una familia.

Sin embargo, regresemos un poco. Uno podría argumentar que el inicio de esta crisis se dio con la llegada del régimen chavista; pero, si vemos una foto del país entre 2005 y 2007, entenderemos que era difícil entonces predecir el rumbo que iba a tomar la economía venezolana.

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Beneficiada por el incremento en el precio del petróleo (el cual aumentó de 9 dólares en 1998, a 90 en 2008), que le permitió al gobierno adquirir deuda en dólares e impulsar programas sociales, la economía venezolana tuvo, entre 2004 y 2008, el mayor crecimiento entre los países de América Latina y el porcentaje de hogares que vivían en pobreza descendió impresionantemente a 30%.

Sin embargo, se trató de una abundancia temporal, fomentada sólo por un factor externo (algo muy común en la historia de las economías emergentes) y, al mismo tiempo, se fueron tomando decisiones que comprometieron la futura estabilidad económica, productiva e, incluso, política del país. En 2014, los precios del petróleo se desplomaron a 30 dólares por barril y la economía venezolana no estaba preparada para enfrentar las consecuencias. Ya conocemos el resto de la historia.

La crisis económica venezolana es, en realidad, humanitaria, y ha reducido la calidad de vida de miles de familias y ha ocasionado una de las mayores migraciones de personas en los últimos tiempos: desde 2015, 2.3 millones de personas (7% de la población) ha abandonado el país, según la ONU.

Aunque parece un tema trillado, me parece que el fracaso de Venezuela sigue dejando lecciones fundamentales para México y toda la región. Pienso en tres:

  1. Las economías deben fortalecerse para crecer, no sólo en el corto, sino, sobre todo, en el mediano y largo plazos, reduciendo el impacto negativo que los shocks externos, como el cambio repentino en las tasas de interés o las fluctuaciones en los precios internacionales de las materias primas, puedan ocasionar.
  2. Es necesario evaluar fríamente las políticas públicas para mejorarlas y corregirlas.
  3. Nunca hay que subestimar las consecuencias que un debilitamiento de las instituciones y los espacios de crítica y propuestas puedan tener, porque al futuro no se llega por mandato, sino caminando firme y responsablemente, entre todos.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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