El State of the Union Address o Informe de Gobierno es una obligación del Poder Ejecutivo marcada en el Artículo II Sección III de la Constitución Política de los Estados Unidos de Norteamérica. Desde 1913, Woodrow Wilson (presidente número 28), se inició la práctica de dar el informe en persona, pues los anteriores presidentes hacían con rigor la entrega de un informe impreso al pleno del Congreso. Como dato curioso, cabe destacar que el término State of the Union Address fue usado por primera vez en 1943 por el presidente Franklin Delano Roosevelt durante el histórico y emotivo discurso “Four freedoms” (Las cuatro libertades) enmarcado por un entorno convulsionado por la Segunda Guerra Mundial.

El informe se entrega en martes y en enero, antes de la primera sesión ordinaria del Congreso (que inicia su período de sesiones en febrero). Los presidentes de los Estados Unidos deben dar un State of the Union después de su primer año de gestión para informar a los poderes de la Unión el estado que guarda la administración y los alcances que ha tenido la implementación de las políticas públicas.

A diferencia del estilo frecuente usado al momento de dirigirse a audiencias numerosas, el primer Informe de Gobierno del presidente Donald Trump destaca por el uso de frases demasiado cortas, repetitivas y fuera del script.

Trump centró su discurso el auto reconocimiento a lo que él considera ha hecho muy bien, a borrar toda acción o política que tenga el sello de Barack Obama, a enfatizar que el bipartidismo no está sucediendo en los Estados Unidos y en lo bien que va su plan de volver a “América Grande Otra Vez”.

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Escasamente mencionó a Rusia, y para nada mencionó el resultado de los trabajos que se han dedicado durante el primer año de gobierno a los escándalos de vinculación y corrupción en su equipo más cercano.

La retórica divisionista, el extremismo político y los comportamientos erráticos del presidente a lo largo de su primer año de gestión se han dejado ver en temas coyunturales dentro y fuera de los Estados Unidos.

Una agenda de asuntos internos plagada de descalificaciones y excusas merma el ánimo y polariza a la población, que ayer, esperaba un informe de resultados y no un discurso que buscó convencerles de que tanto en migración, defensa y economía “América” vive una etapa inédita de grandeza y desarrollo.

Lo que no dijo el presidente Trump es que en lo concerniente a migración la Acción Diferida y las prohibiciones migratorias que impuso el año pasado traen un costo económico y político demasiado elevado y que la falta de acuerdos no es culpa del Congreso sino de su falta de voluntad política.

En materia económica le faltó tiempo para seguir alabando una reforma fiscal que dará solamente al 5% de los contribuyentes beneficios abundantes, tampoco habló del cierre de empresas importantes ni de la pérdida de empleos en sectores clave de la producción.

Por supuesto que no hablo de la agenda de riesgos para este 2018, dejó fuera una visión real y objetiva sobre Corea del Norte y el estado real de la amenaza nuclear, tampoco habló de la amenaza terrorista en momentos coyunturales de este año como lo pueden ser los Juegos Olímpicos en Rusia, ni de los inevitables reacomodos políticos y económicos que traerán las elecciones presidenciales que vivirán 40 países alrededor del mundo.

Descalificó el acuerdo nuclear con Irán, aseveró que mantendrá abierta la prisión de Guantánamo e incluso, con orgullo mencionó que servirá para seguir enviando prisioneros enemigos de los Estados Unidos.

No habló de la insistencia con la que busca eliminar el fondeo al Programa de Paternidad Responsable, ni de que, en caso de salirse con la suya, los miembros de la comunidad LGTB no podrán servir abiertamente en la milicia.

Posterior al informe, Estados Unidos claramente está más dividido, polarizado en el plano ideológico-político, al interior de sus instituciones y por primera vez en su historia moderna, el mismo sistema se ve amenazado por un actor que debería ser su principal guardia y custodia.

 

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