El que el ya muy repetido aspecto visual de Los amantes pasajeros esté más cuidado que el argumento luce como un intento de Almodóvar por estar a la altura de su fama. De una manera similar a como Tim Burton ha manejado sus últimas películas, se convirtieron en un gag que raya en la autoparodia.

 

De unos años para acá –desde La mala educación (2004) más o menos–, la filmografía de Pedro Almodóvar ha venido sufriendo una paradoja: es la demostración de un cineasta con rango y curiosidad temática y, también, deja patente un estancamiento de ideas que no trascienden el mero ejercicio de estilo.

Hay una irregularidad que no permite disfrutar al cien por ciento la obra almodovariana, además, dicho adjetivo parece pesar de más. Lo almodovariano es ya un cliché, dejó de ser fresco y una sana sorpresa. Pareciera que el cineasta español se ha quedado sin bolas curvas y tira puras rectas. Los amantes pasajeros (2013), su última producción, no logra salir de ese molde predecible y esperado.

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Un avión que parte de suelo español con destino a la Ciudad de México sufre una avería en pleno vuelo. Los pasajeros de la clase turista fueron drogados y, la verdad, poco importan para desenvolvimiento de esta trama. En cambio, los viajeros de primera clase, los pilotos de cambiante gusto sexual y los sobrecargos hiper caricaturizados quedarán irremediablemente despiertos y expectantes por el desenlace de su potencialmente fatal situación.

De esta manera comienza el desfile de personalidades, fluidos, tragedias, historias personales, pollas, preferencias sexuales y demás curiosidades que carga cada uno en su maleta, metafóricamente hablando, y que inevitablemente terminarán enredando a unos con otros en un orgiástico giro argumental.

Este taco es de surtida porque trata de ofrecer algo para todos. Por ejemplo: Bruna (Lola Dueñas) es virgen y tiene la capacidad de ver el futuro cuando le pone la mano a alguien en el miembro. O, Norma Boss (Cecilia Roth), una famosa dominatrix que ahora conduce su propio y lucrativo negocio con los hombres más ricos de España. También está Joserra (Javier Cámara), el alcohólico líder de los sobrecargos que mantiene un amorío con el piloto del avión, quien es bisexual, está casado y tiene dos hijos. Todos tienen algo que contar.

Ayudada por la fotografía de José Luis Alcaine, la nave en que viajan nuestros protagonistas es tan colorida que invita a abordarla, en contraste con los fríos y antisépticos aviones de las líneas comerciales que cruzan el cielo todos los días. Cada pedazo del set está trabajado para crear esa atmósfera saturada de colores y detalles. Es lo que llaman almodovariano, el cliché referido al inicio, o consistencia con la propia obra, dirían otros.

¿No es un cliché decir que el verdadero autor cinematográfico se repite ad infinitum?

Es tan desbordante y poco sutil el aspecto visual que más bien luce como un intento de Almodóvar por estar a la altura de su fama. Como si el poner el papel del baño blanco y no magenta lo hiciera menos director o provocara perder algo de la gloria conquistada. Pasó de ser un recurso a convertirse en lugar común, de ser la firma al pie del cuadro a ser lo único que importa en el cuadro. De una manera similar a como Tim Burton ha manejado sus últimas películas, se convirtieron en un gag que raya en la autoparodia.

La apuesta por conquistar a través de los ojos afecta la narrativa de la cinta y el desarrollo de los personajes. Son ideas y nada más. La falta de cohesión entre ellos se hace patente. Incluso en el desfile de cameos. Es inevitable que el destino los cruce, sí, lo sabemos. Son los porqués y los cómos los que están metidos con calzador.

Los amantes pasajeros promete ser un viaje de regreso a las comedias que cimentaron la carrera de Almodóvar. Y lo es… hasta cierto punto. Aunque de puntadas cómicas no vive una trama, hay suficientes carcajadas y humor queer durante los 90 minutos que dura la película para complacer a los fans from hell del realizador. Los demás probablemente terminen preguntándose si no se perdieron de algo por dejar el ojo demasiado en el saturado color de los asientos.

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