A poco más de sus primeros 100 días de gobierno, el pre­sidente Andrés Ma­nuel López Obrador (AMLO) se ha hecho de un control casi total de la agenda del día en el país. Su conferencia matutina ha re­sultado ser una gran estrategia para dominar las conversaciones y ser el personaje más presente en la mente de los ciudadanos(as).

Al menos de lunes a viernes, las redes están repletas de opiniones (neutras, positivas o negativas) so­bre lo que el mandatario dice en su intervención matutina. Arran­ca, convenientemente, a las 7 am. Prácticamente todos los medios de comunicación de alcance nacional y local, tanto de noticias como de in­vestigación, se hacen presentes en el Salón de la Tesorería de Palacio Nacional, escenario que confiere un halo aún más oficial al presidente y a su discurso.

Los medios se encargan, no sé si consciente o inconscientemente, de multiplicar el mensaje a lo largo de la semana; tal vez el único día que se salva es el domingo, porque los deportes se cuelan, a manera de “descanso mental”, en la conversa­ción mediática y colectiva. Yo mismo he llegado a caer en esta dinámica, en la que AMLO domina mis pen­samientos durante el día; incluso, él está siendo el centro de mi atención en estas líneas que escribo.

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Ningún mandatario anterior ha­bía tenido este control de agenda, no sólo porque ninguno había dictado una conferencia diaria, sino porque los medios y las redes sociales nunca habían sido tan poderosos. Cada presidente tuvo su enfoque y prioridades. Para AMLO, una de las grandes prioridades es mantenerse vigente en la mente de los mexica­nos(as) y que su mensaje no sólo sea escuchado, sino aceptado e interio­rizado como el “verdadero”.

Él tiene el estilo de manejar su gobierno desde el micrófono; des­de ahí da instrucciones, contrata, despide, recorta y aumenta gasto, celebra y juzga. Algunos dicen que su intención es dogmatizar. El hecho es que, bajo la excusa de la transparencia y la rendición de cuentas, aprovecha los reflectores para posicionarse como el manda­tario más presente en la vida del país. Si a sus mensajes madrugado­res le agregamos los presupuestos de comunicación social gigan­tescos de Presidencia, más los de instancias controladas por él, como el Senado, la Cámara de Diputados, y la Ciudad de México, nos da un coctel mercadológico embriagador que ya lo desearía cualquier man­datario del mundo.

Estar presente, con lo que sea, da más réditos políticos positivos que negativos; así lo indica la mayo­ría de las encuestas de popularidad levantadas hasta ahora. AMLO es el presidente con mayor popularidad en la historia de México. Sus ante­cedentes de lucha y perseverancia (algunos le dicen terquedad) le otorgan un halo novelesco a su vida y a su administración.

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La lucha que ha emprendido, pacífica pero contundente, contra la corrupción, que él mismo ha po­sicionado como el “gran enemigo” del país, lo hace parecer el héroe. Celebro muchas de sus acciones en contra de la corrupción que, sin duda alguna, se había convertido en uno de los grandes “cánceres” en nuestro país; aunque hay otros igual de terribles.

¿Está AMLO jugando la estra­tegia perversa de empujarnos su mensaje y figurar a como dé lugar? ¿O bien está dándole a los mexica­nos lo que ellos piden?

Lo cierto es que controlar la agenda mediática es, en sí mismo, una manipulación social. Todo in­dica que el presidente está hacien­do lo correcto para lograr el triunfo en el referéndum de revocación de mandato autoimpuesto para el año 2021, seguir destruyendo a la competencia y mantener el control de los congresos, tanto locales como federal.

En lo personal, me gustaría que sus conferencias tuvieran un mayor toque de motivación para la población, educación social con argumentos y datos duros, búsque­da de consensos, planteamiento de visión del futuro, generación de certidumbre y otros temas posi­tivos para la gente y no sólo para una agenda personal. Pero, al final de cuentas, cada quién decidirá si seguir esta dinámica durante seis años, o si se enfocará en otras cosas mejores.

 

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