La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio (1948) define en su artículo 2 como “cualquier acto cometido con la intención de destruir de manera total o parcial un grupo nacional, étnico, racial o religioso, tales como la matanza de miembros del grupo; lesiones graves a la integridad física o mental de los miembros del grupo…”

Ciertamente, los tiroteos son un fenómeno multifactorial, multicausal que no se pueden entender sólo a la luz de una realidad social que creíamos disipada en la tierra de los hombres libres y valientes. Sin embargo, en este 2019, a los 252 tiroteos ocurridos hasta el momento se les agrega un componente político inevitable, el poder discursivo del presidente Trump que acentúa el supremacismo blanco que parece salir de los rincones más oscuros de la sociedad estadounidense para probar nuevamente que hay una urgente necesidad de replantear la segunda enmienda constitucional.

Aunque numerosos grupos buscan que el próximo proyecto político de los Estados Unidos le ayude a salir de la crisis institucional en la que se encuentra; la realidad es que para otros grupos y organizaciones (como la misma Asociación Nacional del Rifle), el tema del control de armas sigue sin ser prioritario, preocupante o necesario.

Desde el origen de las sociedades la necesidad de generar sentido de pertenencia o nacionalismo ha detonado las justificaciones más descabelladas respecto a lo válido que es, por ejemplo, la segregación racial como el appartheid o el sistema de castas.

El etnocentrismo es un fenómeno social que puede manifestarse en cualquier grupo de individuos e implica el desarrollo de un sentido de pertenencia; así pues, el etnocentrismo en un enfoque positivo mantiene la cohesión social y la lealtad a los principios del grupo, constituye el punto de referencia para conservar la cultura, las instituciones y hasta la seguridad del grupo. Mientras que en un enfoque negativo el etnocentrismo desvía el sentido de pertenencia en exclusión y discriminación hacia los que al ser diferentes amenazan la existencia del grupo.

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Así entonces surge el racismo, definido tradicionalmente como una acción para marginalizar, excluir y discriminar contra aquellos definidos como diferentes sobre la base de un color de piel o pertenencia grupal étnica, generalmente los migrantes o los grupos minoritarios son quienes “amenazan” los códigos culturales, ideológicos, económicos y hasta institucionales al transformarlos y hacerlos suyos mediante los procesos de mestizaje o sincretismo.

De estas transformaciones culturales puede surgir la xenofobia como una consecuencia del cambio social, en una perspectiva antropológica como la de Lévi–Strauss el etnocentrismo se presenta como algo natural y consustancial a la especie humana, resultante del “deseo de cada cultura de resistirse a las culturas que la rodean, de distinguirse de ellas. Las culturas para no perecer frente a los otros deben permanecer de alguna manera impermeables”.

En este contexto, jamás se justifica, pero se entiende el surgimiento de movimientos ultra nacionalistas, racistas, extremistas y hasta xenófobos. La intolerancia política y social que es alimentada por figuras de liderazgo negativo en los que además de sembrar la semilla del odio hacia lo diferente se siembra la semilla del terrorismo etnocentrista, que por su naturaleza conlleva la violencia contra grupos raciales o étnicos diferentes al grupo mayoritario (en número, bajo ninguna condición superior).

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Un discurso generador de violencia y que en constancia alimenta la idea de la superioridad no solo está fuera de contexto, es en sí un atentado hacia los derechos humanos.

Los fenómenos actuales de intolerancia religiosa, racial, ideológica y política son reflejo de una sociedad polarizada; de instituciones que necesitan ser replanteadas para dar pie a un esquema de convivencia congruente con el vertiginoso desarrollo de las sociedades del siglo XXI.

Las nuevas tecnologías han ayudado a dispersar patrones culturales y conductuales que refuerzan los nacionalismos de la actualidad y aquellos patrones que viajan de una sociedad a otra lo hacen, a veces, con una carga distorsionada de información que solo incita a la violencia, la intolerancia y el odio racial.

Si bien es cierto que los fenómenos de integración regional alrededor del mundo dieron pie a la nueva generación de grupos radicales (como consecuencia de la brecha económica que ha generado la crisis de la clase media; es decir, la polarización de la riqueza y la afluencia de migrantes producto del proceso de integración económica ha generado resentimiento social y racial más en países desarrollados que en países en vías de desarrollo); no podemos perder de vista que el problema de las sociedades del siglo XXI es un problema de ética.

La retórica utilizada por Donald Trump, tiene un problema de concepción ética, de valores y de responsabilidad social. Problema que expande ha sembrado semillas de profundos odios y barbarismo alentando un clima de miedo e incertidumbre que sirve a muchos intereses, menos al de la humanidad.

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