Por Antonio Casanueva Fernández* / IPADE Business School

La corrupción y el fraude empresarial están estrechamente vinculados. En México son temas de moda. Desayunamos todos los días con alguna noticia o un comentario relacionado con la corrupción. Una de las pocas cosas en las que coincidieron los candidatos a la presidencia en las elecciones del año pasado fue en que la sociedad mexicana vive bajo un clima de terrible corrupción.

Pero el fraude corporativo y la corrupción no es algo nuevo, ni exclusivo de nuestro país. Por ejemplo, en el año 360 a.c., en Siracusa, Sicilia, un comerciante de nombre Hegestratos contrató una póliza de seguro y persuadió a un cliente para que adelantara efectivo al afirmar que su barco estaba completamente cargado de maíz. Hegestratos planeaba hundir el barco vacío, cobrar la póliza y vender el maíz. El plan no funcionó y se ahogó tratando de escapar de la tripulación cuando lo atraparon en el acto. Es posible que Hegestratos no haya sido el primer delincuente de cuello blanco, pero pasó a la historia por su incompetencia.

Lo que es cierto es que en los últimos años se han perpetrado algunas de las estafas más escandalosas de la historia. En noviembre de 2018, por citar un caso, Carlos Ghosn fue destituido como presidente del consejo de administración de Nissan al ser acusado de malversación de fondos.

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No es coincidencia que estos engaños se hayan fraguado en nuestra época porque la sociedad compele a las empresas a alcanzar y sostener el éxito de corto plazo en un contexto de competencia global, y los empresarios se ven presionados a informar cuentas positivas. Esta dinámica puede “incentivar” prácticas directivas inmorales que aceleren o, incluso, simulen la generación de ganancias y éxito financiero.

Henry Mintzberg, profesor de la Universidad McGill, ha llegado a afirmar que la glorificación del individualismo y del egoísmo basado en la filosofía positivista en los últimos  años ha creado una edad oscura, donde la codicia se ha elevado a una especie de supremo llamamiento.

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La Asociación de Examinadores de Fraude Certificados estima que una organización típica en los EE.UU. pierde por fraude 5% de sus ingresos cada año. En México, según la encuesta de fraude 2016 realizada por la firma de consultoría EY, el 82% de las empresas consultadas ve a la corrupción y al soborno como una práctica común. En el índice de percepción de la corrupción de 2018, México se ubicó en el puesto 128 entre los 180 países participantes, donde el primer lugar se otorga al país menos corrupto.

Desde que el sociólogo estadounidense Donald Cressey realizó estudios de fraudes en los años setenta del siglo pasado, se ha demostrado que para que haya un fraude se tienen que conjuntar tres elementos: que exista una necesidad o presión que detone la estafa, la justificación o racionalización del defraudador (por ejemplo, que piense “me lo merezco”, “es por una buena causa” o “lo devuelvo mañana”…) y que identifique una oportunidad o que detecte un hueco en los controles de la organización. El perpetrador tiende a evaluar el costo-beneficio del acto, por eso, cuando hay impunidad generalizada, hay mayores incentivos para defraudar. Pero un fraude no equivale a corrupción. Para ello, el delinquir se tiene que convertir en un hábito que se adentra en la cultura de una organización y de la sociedad.

Para mitigar el fraude y, por lo tanto, combatir la corrupción, además de mejorar los sistemas de control, se requiere replantear la misión del líder empresarial desde una perspectiva virtuosa. En otras palabras, es necesario situar la virtud como el centro de la práctica empresarial.

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En su obra La Política, Aristóteles asevera que es noble seguir y justo obedecer a quien sea superior en virtud y tenga la capacidad para realizar mejores acciones que los otros miembros del grupo. El filósofo griego agrega que el líder debe ser prudente, es decir, tener capacidad de acción. El buen director no es aquel que sigue una serie de instrucciones, sino aquel que actúa mejor de acuerdo a la circunstancia específica que se le presenta; aunque a veces eso signifique actuar en contra de las “recetas” establecidas.

En el contexto del mundo de los negocios actuales, en el que la pujanza y la potencia del ámbito empresarial hacen que cada vez sea más fácil perder de vista las verdaderas virtudes de un director, el éxito económico y la cantidad de bienes deben ser consecuencia de la virtud. Pero bajo ninguna circunstancia la virtud debe medirse en términos cuantitativos o financieros. El buen director, como decía Aristóteles, es el que posee la virtud.

*Antonio Casanueva Fernández es profesor de Control e Información Directiva del IPADE Business School.

 

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