La posible salida de Grecia del bloque es vista hoy con menos recelo que hace un par de años, pero eso no quiere decir que, de concretarse, no heriría de muerte al sueño europeo de la posguerra.

 

Por Steve Forbes

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Políticos, expertos, economistas y financieros han asumido la actitud de que la salida de Grecia de la zona euro hoy no sería nada del otro mundo comparado con el efecto que habría tenido una salida en 2011 o 2012, cuando el colapso griego habría arrastrado con él a buena parte del sistema financiero mundial. Prácticamente los únicos tenedores privados de deuda pública griega en estos días son los especuladores. Todo el mundo ha tenido tiempo de prepararse para “una salida de Grecia” y está listo para ello. Contra toda lógica, esa medida es bien recibida por los gobiernos de la Unión Europea: la miseria en la que se sumiría Grecia serviría como una clara lección para sus propios votantes de lo que sucede cuando eliges a los partidos extremistas con propuestas de eliminación de medidas de austeridad y la promesa de mayor asistencia.

Si bien puede ser cierto que el daño económico de un colapso griego se limitaría en gran medida a la propia Grecia, socavaría el gran sueño de una Europa unida que nunca experimentara otra guerra catastrófica, una idea que ronda al continente desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Lo que se ha logrado desde finales de la década de 1940 ha sido notable, sobre todo la creación del euro.

Es cierto que siempre ha habido tensiones provenientes de la mentalidad estatista de Europa, en donde las iniciativas continentales con demasiada frecuencia han sido impuestas con escasa consideración por las preocupaciones del público. Esto ha impulsado el auge de los partidos extremistas. La Comisión Europea en Bruselas es una monstruosidad burocrática que produce regulaciones asfixiantes y regulaciones que terminan por hacer del continente un sitio muy propenso a la corrupción.

Aun así, hasta este año una guerra europea en la escala de las experimentadas en el último siglo, por no hablar de todos los siglos antes de él, había sido totalmente inconcebible.

Gracias a una terrible falta de liderazgo, el orden de la posguerra en Europa está en peligro, amenazando con desatar repercusiones políticas y económicas inimaginables. El problema no es Grecia, per se, o la depredación de Putin en Ucrania y Crimea. El problema es que los líderes europeos no saben qué hacer.

Desde la década de 1930, el viejo continente no había tenido una clase dominante que luciera tan indefensa, donde los acontecimientos parecen estar tan fuera de control. El columnista de Forbes David Malpass señala en su último post: “Más gobierno, menos representación”, que desde la crisis financiera de 2008 los gobiernos han impuesto la austeridad a buena parte del sector privado a través de más impuestos y más reglas que constriñen el crecimiento. Al igual que en Grecia, los servicios públicos se pueden recortar, pero el propio gobierno se hace más grande o se deja intacto mientras todos los demás resienten los efectos de la crisis. La única excepción notable es Gran Bretaña, que, bajo el gobierno en turno, ha reducido aproximadamente un millón de puestos de trabajo de su abotagado sector público. Esta medida, junto con los recortes en la tasa de impuestos corporativos al 20% (la tasa de Estados Unidos es de casi 40%) y un pequeño recorte en la tasa impositiva máxima del 50% al 45%, ha permitido a la economía del Reino Unido crecer más rápido que casi todos los demás.

Los gobiernos no son los únicos culpables. Los bancos centrales han dificultado a los bancos ofrecer préstamos robustos al sector privado.

Europa ha experimentado pocas reformas estructurales internas que desencadenarían un vigoroso crecimiento generador de empleo y salvarían al experimento europeo que surgió de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. La triste realidad es que Europa no puede salvarse a sí misma.

Estados Unidos tendrá que realizar esa tarea de nuevo, no desembarcando en las playas de Normandía, sino a través del poder del ejemplo una vez que elijamos a un nuevo presidente dentro de dos años. Ronald Reagan nos enseñó cómo hacerlo con sus reformas durante la década de 1980, las cuales fueron emuladas rápidamente por otros países. Eso llevó no sólo a la prosperidad mundial, sino también a la victoria en la Guerra Fría, que, a su vez, desató aún más prosperidad en todo el mundo.

 

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