El crecimiento económico y el desarrollo social del país requieren de hombres y mujeres que sean sujetos plenos, empezando por la manera de relacionarse entre sí.

 

 

Por Germán Martínez Martínez, académico del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Iberoamericana.

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La así llamada igualdad de los géneros no es una cuestión fácil en ningún país del mundo. Ni siquiera en los países conocidos como desarrollados —y considerados como más avanzados en estas cuestiones— hay, por ejemplo, una presencia equivalente de mujeres con respecto a hombres en puestos ejecutivos o cargos políticos. En México, además, los roles de género, es decir lo que se espera de una mujer y de un hombre como tales, sobre todo en las relaciones de pareja, resulta sumamente restrictivo y perjudicial de diversas maneras.

Sería un error ver esto como una mera cuestión de evolución hacia un modelo deseable de relación entre los géneros, llanamente porque ningún país es muestra del ideal de cómo habrían de relacionarse los hombres y las mujeres. Los planteamientos de igualdad en todos los campos no han pasado de ser lucubraciones intelectuales (a propósito de esto puede verse el artículo de Kay Himowitz en el número actual de @FPEdMexicana). Pero no cabe duda que existen diferencias por demás significativas entre sociedades. Estas implican la crucial distinción entre mujeres que, entre otras cosas, pueden llegar a desarrollarse profesionalmente y mujeres que se encuentran en un contexto en que resultan reprobables muchísimos comportamientos fuera de lo que tradicionalmente se espera que sea una mujer.

En México, las reglas del acercamiento del hombre hacia la mujer son aberrantemente claras, empezando porque debe haber un ritual que se constituya en cortejo. No es que en otros países el hombre deje de ser, por lo general, la parte demandante, ni que la mujer deje de colocarse en la poderosa posición de acceder o negarse a sí misma. Tampoco es que, como en la fantasía de los machos mexicanos, en países como los escandinavos desaparezca todo ritual, aunque algunas reglas sean más flexibles. Algo tan sencillo como la manera de encontrarse para una cita amorosa hace evidentes enormes contrastes en la posición de la mujer.

En la ciudad de México casi entre cualquier pareja de personas de clase media se asume que el hombre “pasará” por la mujer al lugar que ella designe, para de ahí dirigirse adonde se desarrollará la cita. En cambio en múltiples ciudades europeas, para individuos de semejantes antecedentes sociales, lo normal sería encontrarse directamente en el lugar de la cita.

Con prácticas como esta, el hombre y la mujer mexicanos, escudados en atavismos como la caballerosidad y el desear que la contraparte demuestre interés, crean, juntos, una posición en que la mujer no es un sujeto pleno, a pesar de parecer, a momentos, tener el control. Es así, pues lo que podría ser un hecho menor es parte de un conjunto de prácticas culturales, en un contexto social en que este tipo de dinámicas se repiten coherente y constantemente en la interacción entre mujeres y hombres.

Esto, que empieza desde la infancia, moldeado por las familias y el entorno, se expresa más tarde en estudiantes universitarias que son vistas, y pueden llegar a sentirse ellas mismas, como de comportamiento excesivo, o fuera de lugar, por participar en debates de clases. Por supuesto, el fenómeno pasa por la falta de plenitud sexual para ambas partes.

Hay individuos, y aun sectores de la sociedad mexicana, que han cambiado o están en proceso de hacerlo. Pero esto termina, como lo ha estudiado Marisol Pérez Lizaur, antropóloga social de la Universidad Iberoamericana, en fenómenos como el de exitosas jóvenes, ejecutivas en trasnacionales de la mayor importancia, de quienes sus esposos esperan que cuando llegue un embarazo ellas renunciarán para “dedicarse a su familia”. Y esto ocurre en efecto, ¡con la plena coincidencia de las mujeres que de esa manera cancelan una posible dimensión de su vida! Así, la sociedad mexicana se empobrece en múltiples sentidos.

Es, por tanto, completamente innecesario idealizar otras sociedades para notar que los comportamientos que ambos géneros asumimos en México establecen exigencias innecesarias y contraproducentes para la felicidad personal y el bienestar social. El crecimiento económico y el desarrollo social del país requieren de hombres y mujeres que sean sujetos plenos, empezando por la manera de relacionarse entre sí. Superar el retorcido juego del cortejo mexicano será una manifestación de una cultura de género, por mucho, más deseable que la actual.

 

 

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