Por todos los rincones de la sociedad mexicana se escuchan voces que piden a gritos: “Transparencia, fin de la opacidad y la corrupción”. Nunca los reclamos alrededor del tema habían sido tantos y tan fuertes; nunca México había liderado los índices internacionales de corrupción.

Los espacios en los que más transparencia se pide son el gasto público destinado a comunicación en los tres niveles de gobierno, los contratos de préstamos bancarios que firman los gobiernos estatales, los créditos fiscales que otorga el Sistema de Atención Tributaria (SAT), la impartición de justicia, el dinero que se le entrega a sindicatos y partidos, el gasto de los diputados y senadores, la estrategia de alto nivel para mantener el Ejército en las calles, la administración de los excedentes de ingresos federales, los subsidios al campo, las alianzas de inversión público-privadas (ejemplo: parquímetros o autopistas de cuota) y la asignación de los recursos contenidos en el Ramo 23 del Presupuesto.

Todas las pruebas apuntan a que el desvío de recursos en este sexenio, contemplando los tres niveles de gobierno, supera lo ocurrido en otros periodos. La sociedad está harta, cansada, desesperada, desmotivada y muy, muy enojada. Y, por más que buscamos, nos dejan pocos espacios para participar y fomentar la transparencia.

Un gobierno poco transparente u opaco es, simplemente, un gobierno deshonesto. La deshonestidad está motivada por el miedo (a que se te descubra algo) o por la ambición desmedida (a acumular o hacerte de algo que no te corresponde). La honestidad y la transparencia son fundamentales en un sistema democrático, ya que el pueblo necesita información válida para tomar sus decisiones y ejercer su poder como contrapeso del mismo gobierno.

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Pero, ¿sólo el gobierno y sus instituciones viven así? Tal parece que no. Recientemente, platicaba con un abogado experto en casos de divorcio; él me decía que alrededor del 70% de hombres y mujeres casados no le dice a su pareja la cifra real de sus ingresos, para que, cuando llegue la demanda de divorcio, no se puedan contemplar números fidedignos en el pleito. Yo, que creo tanto en el poder de los decretos, siento que es esta acción la que provoca el divorcio mismo, por estarse “protegiendo” desde antes, y motiva una serie de mentiras en cadena.

Entonces, si las personas no llevamos finanzas privadas transparentes, ¿cómo podremos exigirles a nuestros gobiernos finanzas públicas transparentes?

Es cierto: la falta de transparencia se vive a lo largo y ancho de la sociedad y nuestros gobiernos son la exponencialización de los malos hábitos de ésta. Algunas empresas viven en la opacidad sobre lo que contienen sus productos, y no revelan al consumidor los ingredientes reales. Muchas personas no declaran correctamente sus impuestos. Algunos restaurantes no dejan ver al comensal cómo se cocinan los productos que ofrecen. La infidelidad hoy es más alta que nunca entre parejas.

Y no se hable de lo que ocurre al interior de los partidos, que son las escuelas de los futuros políticos. Lo que sucede en su interior se refleja directamente en el gobierno: la falta de transparencia en sus finanzas, en sus alianzas y en su forma de elegir a sus presidentes y candidatos ya es un modus operandi normal en ellos.

Celebro profundamente a las empresas, a las organizaciones, a las instituciones y a las personas que viven con transparencia y que promueven buenos hábitos y prácticas basadas en virtudes éticas y morales, porque, sin duda, la impecabilidad es la que nos permite vivir con transparencia en todos los territorios de nuestra vida.

Es hora de que, como sociedad, le pongamos el ejemplo a los gobiernos y vivamos con transparencia en cada uno de los ámbitos de nuestra vida, para que, entonces, sí podamos exigir a nuestros gobernantes finanzas públicas transparentes. O bien, es hora de elegir candidatos transparentes, para que lideren la “revolución transparente y honesta” que tanto necesita nuestro país… Eso, si los encuentras.

 

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