La diferencia entre una pareja casada y una divorciada es que las parejas divorciadas tienen una marcada tendencia a mantenerse divorciadas.

 

Por  June Carbone y Naomi Cahn

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¿Quieres casarte y no sabes cuándo? Aunque una respuesta fácil sería junio, el mes que ha visto más bodas en la historia de la humanidad, quizá quieras poner más atención a otro tema un poco más sensible.  La cuestión más importante estos días es ¿cuál es la edad adecuada para casarse? En la década de 1950 la mayoría de las personas se casaba, y lo hacía joven. Si una mujer llegaba a la mitad de sus veintes y seguía soltera, podía estar casi segura de que los mejores hombres se habían ido, pero si llegaba a los 30 todavía soltera y con un título profesional y un buen trabajo, sus perspectivas matrimoniales podrían ser sombrías.

Hoy, la edad en la que se llega al matrimonio sigue siendo importante, pero no de la misma manera. Todos hemos escuchado frases como “la diferencia entre una pareja casada y una divorciada es que las parejas divorciadas casi siempre se mantienen así”. Las probabilidades de que un matrimonio dure han aumentado para aquellos que posponen sus nupcias para después de la adolescencia. Incluso en la década de 1950, los matrimonios eran más propensos a durar entre aquellos que se casaban al principio de sus veintes que durante su adolescencia, y entonces las tasas de divorcio se estabilizaron. Hoy, el matrimonio se ha vuelto más propenso a durar. Detrás de esas estadísticas hay cinco lecciones importantes.

1. El matrimonio ha cambiado. El matrimonio se ha convertido en un signo de la edad adulta; ya no es una vía para volverse adulto. El matrimonio en la década de 1950 estaba diseñado para manejar la sexualidad y producir descendencia. En 1960, 30% de las novias estaban embarazadas en el altar, y la mayoría del resto buscaría tener hijos poco después de la boda. Una vez que llegaba la descendencia, se esperaba que una esposa se dedicara al hogar y la familia mientras el marido ganaba el pan de cada día. Las mujeres se casaban a una edad promedio de 20 años; un hombre, de dos a tres años mayor. Aquellos veinteañeros no necesariamente estaban listos para el matrimonio; de hecho, a menudo no se conocían del todo, pero una vez que llegaban los hijos estaban atrapados en la relación. En ocasiones ni siquiera tenían que pasar mucho tiempo juntos; el hombre podía pasar el rato con sus amigos mientras que la mujer planeaba cosas con su propia familia y amigas.

Hoy, el promedio de edad del matrimonio está cerca de 29 para los hombres y más de 26 para las mujeres. Ambos cónyuges suelen esperar a trabajar, y ambos participan en la educación de los niños, las tareas y los pagos de la casa. La gente quiere una pareja en la que pueda confiar, que sea lo suficientemente flexible para aceptar y manejar cambios de carrera y posibles despidos. Para averiguar qué significa haber encontrado a una verdadera pareja, necesitas saber qué serás cuando seas grande y lo que tu yo adulto necesitará para desarrollarse.

2. Eso significa que necesitas terminar la escuela. Y no sólo porque el pago de un crédito estudiantil es difícil. Si decides cursar otra carrera después de la universidad, el proceso de pasar a la escuela de negocios o la escuela de derecho a la facultad de medicina te va a cambiar, refinará tus ambiciones, te hará conocer a nueva gente y transformará tus puntos de vista sobre el tipo de pareja que deseas.

3. Necesitas decidir sobre una carrera. Eso implica averiguar cómo se adaptará tu carrera a la de tu pareja. A una corresponsal en el extranjero, con frecuentes asignaciones fuera del país, le será muy difícil mantener por mucho tiempo una vida al lado del dueño de nuevo propietario y chef de un restaurante, quien acaba de invertir los ahorros de su vida en un lugar en particular.

4. Necesitas saber en qué ciudad vivirás. El proceso de escoger una escuela de posgrado, pasar por los empleos de tus sueños y pensar en el próximo paso profesional puede implicar mudarte entre de ciudad e incluso de país. Esa pareja que ama la ciudad natal de ambos podría no estar interesada en la oportunidad de mudarse por trabajo a otra ciudad. Aunque la distancia puede hacer crecer el cariño, es difícil pensar en tener hijos.

5. Tienes que decidir qué harás con los defectos de tu pareja. El matrimonio es un compromiso real, y los demás no estarán ahí para ayudarte a enfrentarlo. Distinguir si el alcohol es sólo una afición propia de la juventud o una adicción es más claro a los 30 que a los 20.  Con el tiempo también es más fácil saber si tu pareja está dentro del espectro del autismo o está a punto de florecer en un adulto seguro de sí mismo, y si bien no siempre podemos predecir las trayectorias que seguirá la vida, sí ayuda saber si tú y tu pareja comparten la misma imagen de la madurez.

La paciencia, la inversión en uno mismo y la cautela acerca de las relaciones es a menudo el mejor consejo. La parte más difícil para la mayoría de las parejas es cuando tienen un hijo inesperado. En la década de 1950, sin duda la pareja se habría casado. Nuestro consejo para una pareja es el mismo que para los demás: cásate con alguien en quien confíes para que esté allí en las buenas y en las malas, y hagas lo que hagas, no tengas un segundo hijo justo después del primero.

La edad no es un remedio mágico, es un signo de los nuevos tiempos. Las parejas que se casan a los 21 y lo hacen funcionar (felicitaciones a los que están en este grupo) o son inusualmente maduros o aún viven vidas propias de 1950, incrustados en comunidades que los apoyan y refuerzan su amor por los demás y les ayudan a enfrentar los tiempos difíciles. Para el resto de nosotros, la espera vale la pena, porque es más probable que tengamos empleos más seguros o más flexibles, expectativas más realistas acerca de nuestros seres queridos, construiremos una base más sólida para la vida familiar y averiguaremos qué tipo de adultos somos en realidad.

*Autoras de Marriage Markets: How Inequality Is Remaking the American Family. Carbone es profesora en la Escuela de Leyes de la Universidad de Minnesota, y Cahn es profesora en la Escuela de Derecho de la Universidad George Washington.

 

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