Por Nicko Nogués*

El día 19 de noviembre es el “Día Internacional del Hombre”. Una fecha que suele pasar desapercibida para todos y en la que, efectivamente, viendo las estadísticas de distintos tipos de violencias protagonizadas por hombres, no hay nada que celebrar.

Es por eso que desde el Instituto #demachosaHOMBRES estamos impulsando en este mes de Noviembre eso que nosotros llamamos “masculinidades positivas”, porque eso es lo que hace falta accionar cada día de nuestro lado como hombres, para contribuir a la consecución de una sociedad más justa e igualitaria. 

Así pues, en el marco de todas las actividades que estamos realizando este mes, el pasado 5 de Noviembre participamos en el 3er Congreso de construcción de paz con perspectiva de género, organizado por la Universidad Iberoamericana. El tema que abordamos fue la relación entre las masculinidades y la construcción o destrucción de la paz, un tema de suma relevancia por el actual momento mundial que estamos viviendo.

Contexto global y masculinidad tóxica

La violencia de género en México tiene muchas variantes, asociadas a la construcción cultural del país y a la implicación de lo masculino en ámbitos políticos y sociales. La construcción de la realidad política y social a partir de la masculinidad tiene impacto no solo en México, sino a nivel global.

Según el US News & World Report de 2019, México está entre los 20 peores países para ser mujer. A pesar de ser el tercer país más grande de América Latina y tener una de las economías más sólidas en la región, también es uno de los países con más contrastes en cuanto a niveles de pobreza, marginación y violencia de género: hacia agosto de 2019, 10.3 mujeres al día han sido asesinadas en México, durante 2016 se presentaron 152,825 denuncias por violencia familiar y 31,586 por delitos sexuales y la cifra negra de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública de 2018 estima que durante 2017 quedaron sin denuncia alrededor del 98% de los delitos sexuales.

La encuesta señala que 84.1% de los victimarios a nivel nacional, son hombres, y 99.6% de los delitos sexuales los cometemos hombres, y aunque eso no significa que ni tú ni yo literalmente seamos uno de los agresores, lo preocupante y el Fact, es que estos datos nos muestran que existe un patrón eminentemente masculino que, en más de un 90% nos muestra un programa establecido de comportamiento misógino generalizado.

Es decir, que tú y yo por el simple hecho de nacer hombres, formamos parte de ese patrón.

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La Desobediencia radical y virtuosa, o cómo escapar del patrón más tóxico de la masculinidad.

En un estudio realizado por Promundo y Unilever en 2017, se recapitula sobre los atributos que actualmente marcan la pauta de lo que significa “ser un hombre de verdad”, destacando atributos como: autosuficiencia, fuerza, atractivo físico, roles masculinos rígidos, heterosexualidad y homofobia, hipersexualidad y por último, agresión y control.

Dichos atributos, y otros como el sometimiento, el poder, la fuerza y la competitividad son algunos de los pilares sobre los que se que conforma el sentido de esa  masculinidad hegemónica, una idea colectiva que en realidad nos limita como hombres, pues nos quita toda posibilidad de explorar nuestras propias y únicas masculinidades, la de cada uno,

diluyéndolas en un falso sentido de identidad totalmente heterogéneo, no decidido por nosotros y totalmente hegemónico, que desdibuja cualquier posibilidad de descubrir y mostrarnos conscientemente como realmente somos. 

Así pues, es fundamental entender que no existe una única masculinidad, sino que existen tantas masculinidades como hombres habemos en esta sala y que, como señala Raewyn Connell, las masculinidades son, ante todo, configuraciones inherentemente históricas que se reconfiguran como procesos políticos, esto quiere decir, que son sujetas al cambio.

Eso que llamamos masculinidad se expresa a través de toda una serie de conductas, pensamientos, códigos y estructuras que son parte de nuestra conformación como individuos en sociedad, dentro de un momento histórico determinado. Así pues, tenemos que entender que el significado de la masculinidad es 100% mutable, varía y se resignifica constantemente en función del contexto y a partir de nuestras decisiones y forma de actuar. 

La gran oportunidad como hombres pasa por desobedecer de forma radicalmente virtuosa ese mandato hegemónico, rebelándonos ante él cada vez que se active en nosotros.

Conceptos: nacionalismo y construcción de naciones

Este falso sentido de “identidad”, que en realidad nos anula y homogeneiza, así como la falsa ilusión de hermandad que provee la masculinidad hegemónica, están directamente relacionados al sentimiento de nacionalismo y a la construcción de identidades colectivas basadas en construcciones mentales enmarcadas en fronteras geopolíticas también inventadas por nosotros.

Es por eso que al hablar de las unidades de identificación, no podemos omitir hablar de la construcción de países, y del concepto de nacionalismo. El Nacionalismo es una ideología que surge posterior a las revoluciones en países de Europa como Italia, Francia y Alemania, caracterizado por un profundo sentimiento de pertenencia a lo que precisamente surge como concepto en la misma época: el concepto de Nación. Eric Hobsbawm lo resume de la siguiente manera:

Cada pueblo tiene su misión especial, con la que cooperará al cumplimiento de la misión general de la humanidad. Esa misión constituye su nacionalidad. La nacionalidad es sagrada.

Esto no solamente se queda en la idea de pertenencia, sino en buscar que otros pueblos formen parte de dicha nación, lo que ha llevado a las naciones a colonizar, casi desde el mismo momento en que surge la identidad nacional. 

La identidad llevada al extremo ha tenido consecuencias históricas devastadoras asociadas al nacionalismo y al colonialismo, como por ejemplo la historia de las colonizaciones, los “descubrimientos” y las conquistas, que son en realidad la historia del despojo y de los saqueos. En el Siglo XX tenemos el Apartheid y el Holocausto Nazi, basados en la segregación y en la falsa idea de que una raza está por encima del resto. Todos estos ejemplos están fundamentados en el dominio y el control, dos de los atributos que como hemos visto antes, conforman la esencia de la masculinidad hegemónica, y nos llevan indefectiblemente a la intolerancia, a la falta de diversidad y al fanatismo.

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Masculinidad tóxica y paz barata

Así pues, las cualidades de la masculinidad tradicional han limitado y limitan nuestra capacidad de accionar como individuos nuestra propia paz interna, indispensable para lograr llegar a acuerdos en nuestra vida diaria y en nuestras relaciones.

La realidad que hemos creado y que seguimos sosteniendo es una realidad basada en una cosmovisión y un orden del mundo orientado a someter y controlar a todo lo que tenemos delante, incluido al planeta, fomentando el despojo, la explotación y el desarrollo exclusivamente asociado a lo económico, y conformando un permanente estado de paz barata, entendida ésta como un estado de una tranquilidad de muy poca calidad, que se sustenta en un eterno conflicto que de ser tan estable y estar tan presente, ha sido normativizado hasta el punto de ser considerado un estado de “paz” todo aquel lugar donde aparentemente no hay una guerra, pero sí una tensión y malestar palpables de forma normal y cotidiana, que cuestan también muchas vidas. 

Una paz barata porque la estamos viviendo a costa de muchos derechos humanos y medioambientales. Una paz comprada y frágil que paradójicamente nos está saliendo carísima.

¿Queremos paz afuera? Es hora de tenerla primero adentro y eso pasa por desobedecer a dictador y al pinche tirano que tal vez todos tenemos adentro.

 

Contacto:

Twitter: @nickonogués

 

*El autor es Activista defensor de los Derechos Humanos y Medioambientales, divulgador creativo, consultor estratégico y fundador del Instituto #demachosaHOMBRES y MIRACLE, consultora experta en activismo empresarial.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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