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Por Uriel Naum Ávila y Fernanda Celis

El lago Neuchâtel, en el oeste de Suiza, es el más grande de Europa y también uno de los más tranquilos. Apenas se percibe movimiento en sus aguas y, en los alrededores boscosos, lo que predomina es el silencio. Solamente los lugareños y los que trabajan en la zona saben que a sus orillas se ubica uno de los centros de investigación más importantes del país: El Cubo.

Contrario a lo que pasa en el exterior, en la enorme estructura cuadrada cubierta de vidrio, que ha consumido inversiones por 4,500 millones de dólares (mdd) desde 2008, todo es bullicio. Los más de 300 científicos, ingenieros y técnicos que laboran en El Cubo van de un lado a otro, recorren las instalaciones con evidente prisa, se detienen a conversar en los pasillos y luego siguen su marcha o se introducen en sus laboratorios. Son los responsables de investigar y evaluar Productos de riesgo Reducido (PRR), como se conoce a los aparatos que posicionan como sustitutos de los cigarros a fin de disminuir los efectos en la salud causados por el tabaquismo.

El Cubo pertenece a Philip Morris International (PMI), líder de la industria tabacalera con más de 15% del mercado global. Sus ejecutivos aseguran que es en este lugar donde se gesta un cambio drástico en la ecuación del daño a la salud de los fumadores, que esos avances son de carácter tecnológico y que ellos identifican como “plataformas”.

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Hasta el momento, la compañía de cigarrillos ha desarrollado cuatro plataformas, dos de ellas catalogadas como “productos de tabaco calentado” y dos como “productos sin tabaco”. Hoy, la apuesta de Philip Morris está en la Plataforma Uno, donde sus investigaciones concluyen que se pueden reducir hasta en un 95% los principales componentes tóxicos vinculados a enfermedades por tabaquismo.

Un tabaco común, al encenderlo, alcanza hasta 900 ºC. La combustión que se produce a esa temperatura genera unos 6,000 diferentes componentes químicos, que son absorbidos por los fumadores (nicotina, amoniaco, benceno, acroleína, etcétera). Entre más disminuya la temperatura del tabaco, menos componentes químicos generará.

Es justo ahí donde se trabaja con la Plataforma Uno, en un dispositivo electrónico que tiene la apariencia de una pluma fuente y que calienta el tabaco, previamente procesado, a unos 350 ºC, en vez de quemarlo, y eso genera un vapor con nicotina en lugar de humo.

“La nicotina se mantiene en este producto porque es una sustancia natural del tabaco que genera una sensación de paz y bienestar, y no es causa principal de muertes por fumar”, dice Ignacio González Suárez, Manager External Verification Program de Philip Morris.

La tabacalera sostiene que son las toxinas y los agentes cancerígenos contenidos en el humo del tabaco los que realmente causan daños a la salud, y los que se eliminan drásticamente con esta plataforma (la compañía bautizó con un nombre a cada uno de sus cuatro desarrollos, pero la legislación mexicana no autoriza que se les mencione por su nombre, ni siquiera en textos informativos).

La Plataforma Uno se comercializa en 38 mercados a escala global. Los países donde su consumo crece más son Japón, Corea del Sur, Grecia, Ucrania y Colombia. El objetivo de Philip Morris es que, para 2025, sean 40 millones los fumadores de cigarrillos los que hayan cambiado a sus dispositivos sin humo. Por ahora son 5 millones las personas que ya los utilizan, según sus estimaciones.

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La corporación prevé que, para ese año, habrá más 1,000 millones de fumadores en el mundo, es decir, más de una octava parte de la población. Por ello, los riesgos vinculados al tabaco tenderán a crecer.

“Las tabacaleras no son nada tontas. Saben que los probables impactos por no desarrollarse pueden ser profundos. Eso se evidenció a partir del Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco [entre 2003 y 2005], cuando comenzó a registrarse una caída en el consumo del tabaco. De ahí que estén obligadas a innovar”, señala José Manuel Mier, vicedirector de Cirugía Torácica de la Asociación Latinoamericana de Tórax, que analiza y promueve estudios sobre enfermedades respiratorias.

Al menos en México parece cumplirse, en cierta medida, la relación que el especialista en enfermedades pulmonares establece entre cambios en materia legislativa y disminución en el consumo de tabaco. Entre la puesta en marcha del Convenio Marco y el año 2013, la demanda de cigarros legalmente comercializados disminuyó 35% en el país, según datos de Euromonitor, y habría sido hasta que nuevos segmentos de jóvenes y mujeres comenzaron a fumar que los números se habrían revertido.

Pero para Philip Morris, el que sus productos sin humo ganen terrero entre los fumadores implica más que una buena estrategia comercial. También significa la puesta en marcha y reconversión de procesos productivos para la elaboración de los artefactos electrónicos y de las unidades de tabaco procesadas que, en términos de tamaño, son de apenas una tercera parte de un cigarro normal, pero con el mismo potencial de duración de encendido (7 minutos, en promedio).

Para esta labor, en 2012 Philip Morris inició la construcción de una planta de última generación de productos sin humo en Bolonia, Italia, que le significó una inversión de 500 millones de euros (mde). Poco tiempo después, comenzó la operación de una planta para este mismo fin en Alemania, y la reconversión de fábricas en Grecia, Rusia, Rumania y Corea del Sur, e instaló dos líneas adicionales de producción en Suiza.

Cada reconversión costó cerca de 300 mde. Lejos de generar despidos, los nuevos procesos aumentan las contrataciones de personal, asegura la tabacalera. En el caso de su planta de Grecia, se generaron 400 nuevos puestos de trabajo gracias a los nuevos desarrollos, indica. Con la actual capacidad global instalada, Philip Morris pretende fabricar 100,000 millones de unidades de tabaco por calentamiento para finales de 2018.

En México, el proyecto es humo

Para especialistas en salud, el proyecto de cigarros sin humo de Philip Morris es muy prometedor, aunque un poco tardío, ya que, desde 1964, el Departamento de Salud de Estados Unidos advirtió que el tabaco era un factor de enfermedades respiratorias.

“Si hace más de 70 años se sabe que es malo, ¿por qué se ha hecho tan poco para erradicarlo? La respuesta está en que, de 50 pesos que cuesta una cajetilla en México, por ejemplo, 70% va a las arcas del Estado. Caray, qué negocio tan brutal y monstruoso, ¿no?”, dice el directivo de la Asociación Latinoamericana de Tórax.

Y si los artefactos sin humo llegaron tarde en todo el mundo, en México no hay siquiera planes para su salida al mercado. A diferencia de países como España, Francia e Italia, donde la venta de cigarros electrónicos está permitida para mayores de 18 años, o Nueva Zelandia, que se propuso ser un país sin humo en 2025, aquí la comercialización de estos artículos no es legal.

En su artículo 16 (fracción sexta), la Ley General para el Control del Tabaco en territorio mexicano sólo reconoce y acepta como producto del tabaco a los cigarrillos. Todo lo demás (marca, diseño, señal auditiva) está prohibido para su venta, distribución, exhibición, promoción y producción. Y en esa ley, “producto del tabaco” se define como: “cualquier sustancia o bien manufacturado, preparado total o en parte, utilizando como materia prima hojas de tabaco y destinado a ser fumado, chupado, mascado o utilizado como rapé”.

Todo lo que tenga similitudes con productos del tabaco pero que no deriven de esa planta, están prohibidos, explica Álvaro Pérez Vega, comisionado de Operación Sanitaria de la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris). “El cigarrillo electrónico por sí mismo está prohibido. De acuerdo con este artículo, no está permitido que se comercialice, distribuya o promocione su uso”.

Sin embargo, algunos usuarios han promovido amparos ante la Suprema Corte de Justicia; por tanto, estos productos pueden ser comercializados, siempre y cuando cumplan con la regulación que se aplica a los productos de tabaco: pictogramas y advertencias sanitarias en español, licencias de producción y uso de importación, además de que no es de aplicación general (sólo para quienes tengan un amparo).

Para el caso de la Plataforma Uno de Philip Morris, la legislación puede resultar más compleja, pues dicha innovación consiste en calentar unidades de tabaco procesado (esto permite darle uniformidad a cada unidad de tabaco para su consumo en los dispositivos electrónicos), lo que significa que pasaron por un tratamiento diferente al tradicional, lo que no está contemplado en la ley.

Si bien existen otros países donde la comercialización de cigarros electrónicos también está prohibida, en algunos de ellos se estudia su impacto en la salud, su categorización y las bases para una posible legislación. Es el caso de Estados Unidos. A cargo de los estudios está la Food and Drug Administration (FDA).

Esta agencia federal ha analizado los niveles de componentes nocivos y el potencial dañino de las unidades de tabaco para cigarros electrónicos, y hoy evalúa si debiera dar a estos productos la categoría de productos modificados o convencionales.

Actualmente, la OMS coordina mesas de trabajo sobre sistemas electrónicos que no suministran nicotina y los que sí lo hacen, como los cigarrillos electrónicos.

“La postura ha sido modificada por parte de la OMS, en el sentido de admitir que existe un comercio importante de estos productos; entonces ha recomendado a los países que exista regulación en el uso y producción de estos productos, pero la postura sigue siendo la misma en cuanto a los daños a la salud: son productos que no tienen todavía alguna determinación de daño específico porque son nuevos y no se sabe qué daños puedan provocar. La cautela es no abrir una puerta que después genere daños…”, comenta el comisionado de la Cofepris.

La postura de Philip Morris es que resulta entendible que, en la modificación de hace 10 años a la Ley General de Control de Tabaco, no se consideraren estos productos, pues no estaban todavía en el panorama, pero cree que el tiempo para su discusión y legislación ha llegado.

“Hemos compartido con las autoridades mexicanas información detallada sobre el desarrollo científico desarrollado por la compañía, que avala nuestros productos, así como de terceros, incluyendo entidades públicas de otros países que confirman el potencial de reducción de riesgos de estos productos”, señala Gonzalo Salafranca, director de Asuntos Corporativos en México de la tabacalera.

El vicedirector de Cirugía Torácica de la Asociación Latinoamericana de Tórax comparte la idea de que, en México, la discusión en torno de los nuevos desarrollos de la industria cigarrera no puede esperar más, no solamente por el impacto que podría tener su uso en la salud, sino también en el presupuesto público asignado a la atención de enfermedades.

Forbes México buscó al British American Tobacco, el segundo grupo tabacalero más importante a nivel global, para conocer su opinión sobre el futuro del tabaco y los desarrollos que se gestan en el sector para combatir enfermedades, pero la empresa decidió no hablar al respecto.

“Actualmente, la recaudación por cigarros en México”, comenta Mier, “no cubre más que 69% del gasto anual de 80,655 mdp que tiene sólo el IMSS para el combate de padecimientos vinculados con el tabaquismo [cardio y cerebrovasculares, cáncer, incapacidades laborares, etcétera]. De tal suerte que ya no es negocio ni para el gobierno”.

Mientras se carece de un debate y análisis profundo en México sobre la viabilidad o no de este tipo de desarrollos u otros, 43,000 personas mueren anualmente en el país por enfermedades causadas por el tabaquismo, de acuerdo con cifras de la Encuesta Nacional de Consumo de Drogas, Alcohol y Tabaco. Sin embargo, como en las aguas del lago Neuchâtel, nada se mueve.

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En El Cubo, Philip Morris International investiga y evalúa Productos de Riesgo Reducido, aparatos sustitutos de los cigarros. Foto: Phillip Morris.

 

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