Por Luis Salomón Arguedas* 

Si concebimos a la gestión empresarial como el manejo eficiente de recursos para aumentar la productividad y competitividad de una organización, queda claro que, por decir lo menos, nos referimos a una disciplina en extremo complicada. No sólo requiere implementar medidas y estrategias cuyo fin último sea la viabilidad económica, sino que demanda el dominio de factores que van desde lo financiero a lo logístico, sin olvidar, desde luego, la capacidad de entender y capitalizar el factor humano de la organización.

No sorprende que, como sostenía Peter Drucker, el inventor del Management moderno, la gestión empresarial sea considerada una disciplina más cercana al arte que al mero rigor gerencial. La gestión empresarial engloba distintas competencias para desarrollar una determinada actividad comercial en el contexto de una economía de mercado. Hasta hace algunas décadas, la gestión de energía no era un elemento sustancial del esquema general de la administración de una empresa. La falta de conciencia en torno a cómo el dispendio energético estaba asociado al deterioro de la sustentabilidad del planeta creo un contexto propicio para que las empresas obviaran la necesidad de racionalizar sus recursos energéticos, amén de que este desperdicio también se viera reflejado en un alto costo económico para la compañía.

En 2017 la realidad es diametralmente distinta

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En una coyuntura definida por la exigencia creciente de adoptar parámetros de sustentabilidad para combatir la amenaza del cambio climático, la gestión efectiva de la energía ha dejado de ser una práctica deseable para convertirse en un imperativo del siglo XXI. Los argumentos a favor de una correcta gestión de energía cuentan, además, con una alta racionalidad económica: algunas empresas llegan a generar costos energéticos de hasta el 50% del costo operativo total. Entonces, sea por un deseo genuino de cumplir con los nuevos marcos de sustentabilidad, sea por racionalidad económica o incluso por el mero deseo de proyectar una imagen responsable frente a la sociedad, la gestión efectiva de energía tiene sentido.

Por lo general, una empresa consolidada cuenta con diferentes sistemas de gestión (calidad, ambiental, social, conocimiento), por lo que la cultura de estandarizar, medir, monitorear, planear y verificar es parte de su quehacer diario. Otras, en cambio, aún tienen un amplio camino por recorrer. Como sea, la implementación de un Sistema de Gestión de la Energía (SGEn) garantiza el establecimiento de una serie de pasos que permiten profundizar una cultura de gestión establecida, o constituirse como el primer paso en la dirección correcta. El propósito de un SGEn es establecer los métodos y procesos necesarios para mejorar el rendimiento energético, incluyendo la eficiencia, uso y consumo. También, la aplicación del sistema tiene la finalidad de conducir a reducciones en las emisiones de gases de efecto invernadero, el costo de la energía, y otros impactos ambientales relacionados. La aplicación de un SGEn es factible para todo tipo y tamaño de empresas, independientemente de las condiciones geográficas, culturales o sociales. No obstante, la implementación exitosa depende del compromiso de todos los niveles de la empresa, particularmente de la alta dirección.

Un profesor solía decir que “cuando el costo de la energía afecta al órgano más importante del cuerpo humano, la cartera, todos comienzan a poner atención a conceptos como eficiencia y ahorro”. La aseveración se comprueba en la praxis: el costo de la energía -expresado en México por la unidad peso por kilowatt hora: MXN/kWh- crea la urgencia de parar el despilfarro. Cuando el gobierno subsidia la energía y abarata el costo, cuesta trabajo implementar sistemas de gestión de energía, ya que los indicadores de desempeño energéticos -Key Performance Indicators (KPIs por sus siglas en inglés) pierden relevancia desde un punto de vista económico. Un alto costo de energía promueve el ahorro y, por ende, una mayor eficiencia en la gestión.

¿Cuánta energía se consume? ¿A cuánto asciende la demanda y factor de potencia? ¿Cuál es el indicador energético total? ¿Cuáles se usan por línea o producto? Las respuestas, en la mayoría de los casos, son un rotundo “no sé”.

El primer paso en la implementación de un SGEn es explorar el terreno que pisamos: conocer los consumos, primero, para luego establecer indicadores, metas y medidas que permitan minimizar el consumo y optimizar el gasto. Una vez realizado este esfuerzo, se procede a determinar la línea base, establecer una política de mejora, estandarizarla, presentar resultados, promover la sana competencia y, de ser posible, implementar una política de premios.

De esa manera podemos establecer el antes (ex ante) y el después (ex post) y medir la eficiencia del sistema de gestión. La racionalidad de inversión del SGEn es que con los ahorros se cubran los gastos de implementación del mismo, y que lo demás sirva para la modernización constante de equipos y tecnologías. La idea central es que el SGEn sea sustentable en términos económicos. Lo que nos lleva a una pregunta generalizada: ¿cuánta energía voy a ahorrar con la implementación del SGEn?

La respuesta es… cero.

Por sí mismo, el SGEn no genera ahorros. Un sistema de gestión de energía nos ayuda a detectar áreas de oportunidad para ahorrar recursos, pero si la organización no actúa y modifica sus estándares y procesos basada en esa información, el ahorro no se generará de forma espontánea. El SGEn es una herramienta que facilitará el funcionamiento de un programa de mejora continua y respuesta rápida. Si este programa se aplica con consistencia y de manera rigurosa, entonces la organización bien podría contemplar un ahorro de entre 5 y 10% en sus gastos de energía. Si además se implementan tecnologías o equipos de eficiencia energética tales como motores de alta eficiencia, variadores de velocidad, sistemas eficientes e inteligentes de HVAC de aire comprimido, iluminación natural y LED, podríamos alcanzar niveles entre 10 y 20% de ahorro en costos energéticos de todo tipo (no solo eléctricos, también térmicos: calderos, quemadores, sistemas de vapor, asilamientos térmicos, etcétera).

Conclusión

A través de sus servicios de asesoría técnica, la Corporación Financiera Internacional (IFC, por sus siglas en inglés), miembro del Grupo Banco Mundial, respalda a empresas de todo tamaño en la implementación de los Sistemas de Gestión de Energía, ya que ayuda a las compañías a mejorar su desempeño energético y, en consecuencia, a combatir el cambio climático.

Como mencionábamos al inicio del texto, la gestión empresarial es un arte donde el equilibrio y el perfeccionamiento constante constituyen la excelencia. Los japoneses denominan a esta dinámica como Kaizen, término que significa literalmente “mejora continua”. El Kaizen no consiste en inventar “una gran cosa” cada semana, sino en abordar con nuevas perspectivas los pequeños problemas que aquejan a una empresa todos los días, y que pueden ir desde mejorar el servicio al cliente a una sencilla reducción de costos. Quizá esos triunfos no sean tan espectaculares como para figurar en las revistas de negocios, pero la suma de esas pequeñas innovaciones marcará la diferencia entre lo efímero y lo permanente, entre la mera moda y la tan ansiada trascendencia. La implementación de un SGEn se enmarca en esta filosofía; sin aspavientos o grandilocuencias, un paso firme en la dirección correcta.

*Luis A. Salomón Arguedas es especialista en eficiencia del uso de recursos y energías limpias de la Corporación Financiera Internacional (IFC, por sus siglas en inglés).

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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