La fórmula parece sencilla. Un chico y una chica se conocen por azar, algo los hace desear pasar la jornada juntos y los sentimientos florecen. La charla y la caminata los acercan, mientras la ciudad es testigo de la química instantánea. Tal vez allá contratiempos, pero estos también sirven para crear un vínculo más fuerte. En algunos casos, la pareja principal lleva años juntos, pero el proceso es similar, el camino sirve para reparar los lazos rotos.

Prometo no enamorarme (2018) parece caer en dicha fórmula y seguirla hasta al pie de la letra, sin embargo, un par de guiños muestran que detrás de ésta hay en realidad un deseo de ruptura y ofrecer una mirada nueva, aunque al final no se despegue mucho del modelo previamente establecido.

El guion de David Villegas adapta de manera libre Las noches blancas, una novela corta de Fiódor Dostoyevski, para contar la historia de Julieta (Natalia Varela), una chelista recién llegada a la Ciudad de México en medio de una fuerte crisis matrimonial, y su encuentro con el joven Iván (Alfonso Dosal), un dj –¡DJ VINILO! – que se dedica a cazar sonidos en la ciudad para utilizarlos en sus recitales. Un encuentro fortuito en una fuente hará que ambos inicien un viaje por la ciudad de México (en realidad, por las colonias de siempre), donde sus inseguridades y traumas afloran provocando intimidad.

El centro emocional de la cinta dirigida por Alejandro Sugich (Casi treinta) en cómo esta unión fortuita ayuda a ambos personajes a superar los traumas que cargan de su pasado. Por un lado, Julieta, quien se siente insegura de su habilidad como chelista porque está casada con un genio mexicano de la música clásica, al que todos adoran y del que se siente cada vez más distanciada gracias al trabajo. Su marido es, en esencia, un hombre adicto a su trabajo que la ignora pues, porque alguien con su talento no se puede dar el lujo de desperdiciarlo en cosas mundanas.

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Iván, por su parte, también es un conjunto de inseguridades. Es un hombre enamoradizo, aunque nunca tenga el valor de “aventarse” por temor a ser herido. Su vida es, según se entiende, una serie de oportunidades perdidas en ese terreno. La única faceta de su vida en la que se siente completamente desenvuelto es en la sonora, donde se mueve con la confianza que falta en otras áreas.

El retrato central de la cinta tiene a dos personas con fallas (como todas) que demuestran lo complicado que es obtener todo lo que necesitamos de nuestra pareja o de las expectativas que creamos. La ilusión nos hace sentirnos especiales, aun cuando sea un espejismo.

Es claro que una de las grandes influencias de Prometo no enamorarme es la trilogía de Después… firmada por Richard Linklater y guarda esa sensación de romanticismo imposible. Guardadas las distancias, claro. Sugich y Villegas eligen respetar el final agrio de la novela, más cercano a la vida real. Todos quisiéramos pasar una jornada así, inolvidable, llena de momentos especiales, no obstante, la realidad es donde enamorarse es poner el corazón en la línea y esperar que el destino esté de acuerdo con la apuesta. Enamorarse es aceptar que perder también está en la mesa.

 

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