En la primera parte de este artículo, se planteó que para leer a Donald Trump, se le puede ver como un hombre de varias y complejas identidades que se dominan entre sí. En esta continuación, se realiza una prospección basada en los escenarios del legado de Trump a los que podría llevar el dominio de una u otra identidad.

1) El Hombre de Negocios

Las primeras semanas en la Casa Blanca han dado algunas pinceladas de Trump como hombre de negocios. Por ejemplo, las reuniones con las y los líderes de Japón, Reino Unido y China han ido bien. Si se junta el perfil de hombre de negocios con su obsesión con la transacción, es posible que Trump cambie algunas de sus opiniones más drásticas, especialmente en materia comercial.   Además, existe una fuerte corriente “globalista” dentro de su gente de confianza. Así, no se descarta que termine por abrirse a la Organización Mundial de Comercio en lugar de cerrarse a los acuerdos comerciales, o que adelgace los procedimientos aduanales sin completar totalmente la construcción de un muro fronterizo, entre otras.

Debido a que no le interesa ahondar en el proceso legislativo -crítico para el presidente en turno-, es probable que los detalles recaigan en el vicepresidente Pence, el jefe de Gabinete Priebus y el presidente de la Cámara Ryan, lo cual inclinaría la administración a una agenda republicana más ortodoxa. Trump se guardaría para asuntos más mediáticos y ceremoniales.

El dominio republicano en el Congreso incentiva la opción nuclear de aprobar leyes por mayorías simples y no por mayoría consensuada, lo que podría desatascar la agenda del Congreso a través de una votación partidista y en bloque. El pacto de Trump con los republicanos -que dominan ambas Cámaras del Congreso por primera vez desde 1929- existe, dado que han detenido procesos de investigación, fiscalización y demandas de juicio político que apuntan hacia la gente del presidente.  La pregunta es si actuarán igual durante los cuatro años de su administración.

De dar este tipo de resultados, la administración Trump sería popular entre la base republicanas por la “entrega de resultados decisivos”, mientras que los demócratas lo odiarán por la modificación del compromise -el espíritu de acuerdos legislativos- y por la reducción del tamaño del gobierno.

2) El Líder Autoritario

En los meses que Trump lleva en la Casa Blanca, ha aparecido el personaje dictatorial: promete derribar el orden internacional que Estados Unidos construyó por más de siete décadas, hace llamadas furibundas a líderes extranjeros, incrementa su hostilidad hacia países aliados y despide tajantemente a sus colaboradores, enfatizando que lo reconozcan como un líder fuerte.

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El Trump autoritario que no acepta críticas y todo lo toma como ataque ha generado reacciones como fuga de información de la Casa Blanca sin precedente, boicoteos dentro de otras ramas del gobierno, marchas pacíficas y protestas con disturbios que están minando la credibilidad en la democracia, las instituciones y los actores estadounidenses.

El presidente estadounidense tratará de ampliar sus poderes rápidamente, pues le parecen pocos en comparación con los líderes autoritarios a los que admira. Podemos esperar que haya más funcionarios gubernamentales que valientemente se abstengan de jurar lealtad a Trump o que se nieguen a obedecer sus órdenes, cuestionando la legalidad o la moralidad de sus instrucciones, llevando a más despidos escandalosos.

En el caso de que las marchas, protestas y los disturbios escalen, Trump podría militarizar a las policías locales, difamar y reprimir a la oposición, usar al Servicio de Impuestos Internos o al FBI como agencias de persecución, así como facilitar los litigios contra las voces disidentes.

Continuará usando la presidencia como herramienta para enriquecerse a sí mismo, a su familia y a su círculo cercano al accesar e influir en las empresas, países y personas clave, llevando al extremo su pensamiento de que están por encima de la ley y son inmunes a cualquier crimen mientras estén en funciones.

El punto de quiebre sería una crisis internacional como un ataque terrorista o un intento de golpe de Estado, que permitiría a Trump usar efectivamente su retórica más nacionalista y acaparar poder como sucedió con Bush en 2001. No obstante, la relación ciudadanía-gobierno puede ser más impredecible dado que, por un lado, los estadounidenses tienen más información sobre el terrorismo que en ese entonces, pero por el otro, estamos en la época de la post-verdad, donde la confianza importa más que la veracidad.

3) El Populista Estrella de TV

La prensa -que está teniendo resultados históricos- anuncia cada semana la inminente caída de Trump, pero las bajas expectativas reales sobre su administración y la protección de los republicanos lo previenen de llegar al precipicio. Para su base de votantes, Trump es una personalidad de TV y es la forma en que lo juzgan. En esta lógica, un escándalo se vuelve entretenimiento de dominio público y sólo podrá ser enterrado con un escándalo mayor.

Trump ha logrado mantener la satisfacción entre su base -hasta 96% según el Washington Post-, que es más relevante que su bajo nivel de popularidad, preguntado a un segmento más amplio, que incluye a los que no votaron en la elección pasada. Aunado a esto, la actual distribución de distritos electorales en Estados Unidos, así como la crisis de identidad y liderazgo demócratas, vuelven a la fórmula Trump-republicanos aún competitiva para las elecciones intermedias de 2018 y presidenciales de 2020.

En el mediano plazo, Trump seguiría dictando el estilo del discurso con mayor fuerza y velocidad que la que tienen los medios para seguirlo. En ese caso, el verdadero disruptor podría ser el mismo Trump, dada su obsesión con sus ratings de aprobación y con ser popular, lo cual podría derivar en cambios de agenda, golpes de efecto y consecuencias inesperadas. Todo por sentirse querido por su base de votantes.

Trump daría preferencia a anotarse victorias espectaculares ante sus votantes, pero sin grandes beneficios generales. Los problemas diagnosticados y las soluciones propuestas serían la base para un Estados Unidos con más deuda y desigualdad. Esto debido a que sus directrices económicas -expuestas a The Economist; recortar impuestos, comenzar un boom de inversiones y disminuir el déficit comercial- no se pueden cumplir simultáneamente.  Y a pesar de que produzca crecimiento en el corto plazo, podría sentar las bases para algo peor en el largo plazo.

4) El Aprendiz Inexperto

Según Trump, la improvisación es una de sus mejores habilidades. Sin embargo, en los primeros meses de su gobierno está resultando más negativa que positiva, afectando las agencias gubernamentales, la continuidad del trabajo del gabinete y la credibilidad de EU.

El estilo de Trump se basa fuertemente en el carisma personal y nada en la institucionalidad nacional, por lo que, a pesar de los “triunfos” en el corto plazo, los acuerdos a puerta cerrada y el manejo con ligereza de información relevante dañan severamente la Grand Strategy estadounidense. La ideología, visión de mundo, la construcción de procesos y la consistencia en la persecución de intereses estratégicos también resultan afectados.

La creación de leyes y sus procesos regulatorios también serían un problema para Trump. Su agenda desregulatoria puede fracasar estrepitosamente por el procedimiento legal de “aviso y comentario”, que requiere que las agencias federales deban notificar sus intenciones, juntar pruebas, reunirse con las partes interesadas, publicar una propuesta, solicitar comentarios públicos y  publicar un reglamento vinculante. Esto probablemente desespere a Trump, pues el presidente no puede simplemente emitir órdenes que rescindan regulaciones que no le gustan.

Las agencias federales deben pasar por el mismo proceso laborioso para deshacer las regulaciones existentes, sobre el que Trump no controlará la velocidad. Después tendrá que pasar la prueba de los tribunales, que al día de hoy ha perdido por mecanismos demócratas bien desarrollados, basados en los que usaban los republicanos para detener las políticas de Obama.

Por otro lado, la mayor parte de la política económica, además de regresiva, puede abonar a una recesión económica, fuente de presidentes impopulares. Trump podría estar aún más vulnerable por sus promesas de crecimiento económico y creación de empleo en los sectores que votaron por él.  Se antoja imposible que sus políticas funcionen en periodo de recesión.

En este escenario, ya sean los conflictos de interés, los errores estratégicos, las conexiones personales, los delitos graves cometidos, u otros escándalos de la magnitud del Watergate presentes y futuros son carnada para realizar periodismo de investigación o para una oleada de fuego amigo por parte de grupos de republicanos que aspiren a abanderar a su partido en las próximas elecciones presidenciales. En este caso, Trump sería un presidente débil: un “pato cojo” o un mandatario que no concluya su término por renuncia o juicio político y que sea sustituido por su VP Mike Pence, republicano, conservador tradicional, y mucho más predecible.

 

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