En el gobierno actual empezamos con un México que despertó gran interés en el mundo. De repente, todo se derrumbó y volvimos al país del fracaso y de la tragedia.

 

“Ninguno ama a su patria porque es grande sino porque es suya.”
Séneca

 

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La conversación México –lo que decimos de México– se encuentra hoy en uno de los puntos más bajos en los últimos años. Existe una visión predominantemente negativa de todo lo que acontece, y encontramos siempre la forma de acomodar en forma negativa lo que sucede sin importar su naturaleza.

Si antes hablábamos de que crecía el gasto público y que era necesario reducirlo, ahora se reduce y esto también es una mala notica. Baste leer las noticias en los medios de comunicación y las conversaciones cotidianas con amigos, en el trabajo, en las sobremesas: pareciera que México se está destruyendo y que no hay futuro que no pueda resumirse en un tajante y absolutista “estamos mal y vamos para peor”.

Una suerte de condena y esa sensación de que hay algo malo. Que México no puede o que México tiene el patrimonio y monopolio absolutos de cualquier tipo de males y desgracias en el mundo.

Siempre estamos mejor posicionados en el dato duro que en lo que los mexicanos vemos, experimentamos y sentimos acerca de nuestro país. Esta situación no es nueva para México ni los mexicanos. Con sólo ver el pasado reciente es posible entender los ciclos de esta conversación destructiva acerca de nuestro país.

Sin la necesidad de irnos muy atrás: en 2000 tuvimos un inicio pujante con Fox: el “no nos falles” y la esperanza del cambio que culminó en esa conversación de que la democracia no funcionaba y que no se logró nada. Vino el gobierno de Calderón, que inició con grandes expectativas y que de repente se enfrentó con el surgimiento de la violencia, la crisis financiera internacional y la “influenza porcina”.

En el gobierno actual empezamos con un México que despertó gran interés en el mundo con sus reformas estructurales, acuerdos políticos y portadas en The Economist y Financial Times. De repente, por múltiples eventos, todo se derrumbó y volvimos al país del fracaso y de la tragedia.

Son estos ciclos de negativismo. Es esta sensación de que vamos ganando el partido y de repente nos dan la vuelta en los últimos minutos y perdemos el juego. Como el partido México-Holanda del Mundial pasado, nada más que aquí –insospechadamente– el que marca el penal somos nosotros mismos. Una especie de sabotaje en el que no importa lo que hagamos acabaremos desencantados o, en la queja, resignados y con una visión en extremo negativa. Nuestra fe en México depende de lo que haga o no el gobierno.

Una conversación México que se repite consistentemente: soñamos, tenemos alas, de repente algo sale como no queremos; “somos lo peor”, “no podemos”, “estamos mal y vamos para peor”, “somos el único país en que algo pasa” y la responsabilidad es 100% de alguien más, no mía, siento vergüenza, somos lo peor… hasta que “pues no tanto”, estamos mejor que otros, estamos mejor de lo que pensábamos, somos el 11 de 205 países que desfilan en las Olimpiadas, existe posibilidad, podemos salir adelante, somos potencia, existe un futuro, soñamos… tenemos alas, de repente algo sale como no queremos, somos lo peor, no podemos… De verdad que ¡ya basta!

Es verdaderamente patética esta conversación. ¿No valdría más tener los pies bien puestos en la tierra y no derrotarnos a la primera porque alguien dijo que somos así o asado y dejar de convertirnos en víctimas para trabajar en lo que no funciona sin culpar a otros, haciendo una diferencia, empezando por mí porque sí, por ninguna razón porque quiero transformar mí país, porque se me da la gana vivir en el país que quiero?

El resultado de esta visión negativa se refleja en el crecimiento de la economía: hay poca credibilidad y confianza en las autoridades y el rumbo del país. Y uno podría pensar que hay suficientes razones para ser negativos si pone demasiada atención solamente en una parte de lo que se dice en los medios y en las conversaciones cotidianas.

Existe una muy marcada selección de datos y de forma de ver las cosas que configura una conversación muy negativa. Pareciera que el negativismo se convierte en una suerte de vacuna que nos da autoridad moral o es sinónimo de inteligencia y de buen juicio. Es un deporte nacional hablar mal de México y una muletilla intelectual que nos maneja. Es políticamente incorrecto hablar de que México avanza y hay oportunidades; que nadie ose decir otra cosa. Apostarle al fracaso se vuelve sinónimo de inteligencia y modernidad, y no es cierto. En realidad es una actitud en extremo conservadora que lo que busca no es otra cosa que la seguridad de tener la razón a como dé lugar.

Decía Henry Ford: “Si crees que puedes, es cierto, y si crees que no puedes, también lo es.”

Desde otro ángulo, mucho de lo que pasa y que nos preocupa o fundamenta nuestro pesimismo es muestra de una sociedad que avanza. Temas como los conflictos de interés, los modelos de negocio de los periodistas radiofónicos, el entorno financiero internacional y el ajuste al gasto público son temas en los que se tienen hitos que no se habían visto antes.

Contar con un Estado de derecho no es algo que se logra de la noche a la mañana –ningún país lo ha hecho así–, y es más bien el resultado de un proceso de evolución. En este sentido, no es que primero se requiere un Estado de derecho perfecto y luego se crece, sino que se crece y se consolida conforme uno avanza un Estado de derecho.

En retrospectiva y de la experiencia de otros podríamos decir que avanzan de la mano. Y tampoco es que el Estado de derecho implique que no se cometan delitos; simplemente implica que los delitos son perseguidos y juzgados. Así que el trabajo pendiente es mucho –como en cualquier país de ingreso medio o en desarrollo–, por lo que poner en perspectiva las cosas es fundamental. Tenemos algo así como 17 años de experiencia como sociedad en la vida democrática. A los europeos les tomó muchos cientos de años y muchas guerras llegar al nivel de desarrollo que tienen. Similar fue el caso de los europeos que fundaron Estados Unidos: les tomó muchas décadas la transformación al país que son hoy.

Es nuestra responsabilidad asegurarnos que transformemos nuestra violencia y contribuyamos –de alguna forma– a encontrar soluciones a estos temas al poner una agenda a los poderes, autoridades de todos los ámbitos, así como a los partidos.

Estamos invitados por la historia a ser quienes le damos forma al Estado de derecho de un país en construcción. Algunos países han detonado guerras mundiales, han perdido, han sufrido devastaciones, han bombardeado, les han bombardeado, han exterminado a los suyos y a otros, etc. Y la actitud que han tomado frente a eso es lo que ha hecho la diferencia; el liderazgo de sus ciudadanos es lo que ha transformado las cosas para encontrar la fórmula para un país que funciona.

Existe ahora una conversación dando vueltas acerca de que vivimos momentos de incertidumbre que requieren cautela, reserva, freno y esperar a ver qué pasa. Lo cierto es que uno mira las cosas desde otro punto de vista; en realidad hay bastante certidumbre respecto al futuro del país y la economía. Como bien han apuntado algunos analistas, está claro que no tendremos más reformas estructurales, no habrá baja de impuestos, habrá un mayor control del gasto por parte de la autoridad –que desde hace tiempo pedía la ciudadanía–, entre otras. Así que todo depende de nosotros mismos, de cómo afrontemos las circunstancias que enfrentamos. Eso es, en el fondo, lo que nos define.

Más aún, existen oportunidades que están a la vista de inversionistas de todos lados. Recientemente fui invitado a un evento de una delegación comercial de un país escandinavo, y lo que se escucha de su parte respecto a las oportunidades en México es realmente extraordinario. Sectores como el naviero, con la cantidad de mares con que contamos y el acceso a energía eléctrica competitiva, las oportunidades de inversión en el sector energético o las oportunidades de inversión en el sector de las tecnologías de la información –donde somos el tercer productor de ingenieros por 100,000 habitantes y el tercer exportador mundial de software– son oportunidades que están disponibles para consolidar en inversiones.

Para estos inversionistas, si uno mira con detenimiento datos duros y hechos, y los contrasta con lo que se dice de México, se observa una brecha muy grande. México está mejor en el dato duro que en la sensación, la impresión, el sentimiento y las opiniones. Y para muestra unos botones. Si uno lee la información disponible, con base en datos duros, puede ver que el consumo se recupera, el turismo repunta, se eleva la competitividad de nuestro país como enclave manufacturero, aumenta la inversión, baja la energía eléctrica tanto industrial como residencial, y las expectativas de los ciudadanos empeoran.

En medio de estas expectativas tan negativas, la economía crece a pesar de nosotros. ¿Cómo sería si nuestras expectativas fueran positivas? ¿Creceríamos más, creceríamos más rápido o ambas? Pareciera que México crece a pesar de nosotros, de nuestro empeño en que no lo haga. Nos volvemos el país del cómo no, en lugar del país del cómo sí.

Depende de nosotros –y de nadie más– convertir el entorno actual en una oportunidad o en una tragedia. Las oportunidades lo son para el que las jala, las hace suyas y trabaja para ello; al igual que las tragedias. El impulso que en el corto plazo puede dar la depreciación cambiaria para abrir puertas a nuestras exportaciones directas e indirectas, vía una cadena de suministro que genere más encadenamientos, la reingeniería del gasto gubernamental, el aprovechamiento de la abundante energía barata para consolidarnos como destino manufacturero, y la estabilidad del país en medio de la turbulencia financiera internacional, son activos que es necesario aprovechar ahora.

En este sentido, vale la pena individualmente cuestionarnos el costo que tiene el muy arraigado pesimismo. Podemos derrotarnos, hundirnos, invalidarnos, resignarnos o también podemos tomar acción, exigir, trabajar, tomar riesgos y hacer una diferencia. Hoy, como ciudadanía, tenemos el honor y privilegio de construir el país que anhelamos con nuestro liderazgo y de hacer frente poderosamente a las circunstancias a las que nos enfrentamos. Estamos invitados a trascender nuestros deseos personales, preferencias políticas, ánimos y desánimos, y jugárnosla por algo más grande que nosotros mismos y para nuestros hijos: México. Es cierto que toma algo de nosotros –molestia, zozobra, desesperación y a algunos les ha costado la vida–, y también requiere no engancharnos con muchas cosas. Al final, este esfuerzo y compromiso crea hoy, aunque no lo veamos, el México del futuro.

Finalmente, enrolarnos y enrolar a otros en que “estamos mal y vamos para peor” se traduce en menores expectativas de crecimiento económico y retraso de inversiones, que a su vez se convierten en menos inversión, menos empleos y menos consumo. Y esto se convierte en una profecía que se cumple.

Recordemos que no se trata de la cantidad de agua que tiene el vaso, sino de la forma en que vemos al vaso. Y esperar a que el gobierno recupere la credibilidad y la confianza, o haga lo que yo creo que debería de hacer para recuperarla, es sacrificar el crecimiento hoy. Nunca es el momento de dejar el destino de México en alguien más; es momento de jalar ese destino y hacerlo nuestro. Sin duda, el mejor momento para invertir y apostar por México con una visión objetiva es hoy: el presente. Es momento de preguntarnos qué podemos dar hoy por México y no esperar a ver qué es lo que nos da México.

 

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