El proceso electoral de México en 2018 dio como resultado, en primer lugar, un movimiento político que ganó por una amplia mayoría en los tres niveles, el cual debe transformarse en un partido político y que, con toda seguridad, buscará consolidarse como un partido hegemónico, refrendando su éxito en la elección del 2019, lo que daría paso a su permanencia en el poder el mayor tiempo posible.

En segundo lugar, el PAN, el PRI y el PRD, enfrentan, por una parte, una gran desbandada de cuadros y militantes en todo el país que se fueron a Morena (algunos partidos dicen que ya están regresando algunos militantes, al no obtener beneficios del reparto del poder en ese partido). Por otra parte, como resultado de haberse convertido en los partidos con las votaciones menos copiosas en años, deben asumir una baja considerable de recursos económicos, lo que los está obligando a llevar a cabo una reingeniería financiera para resolver su desastre electoral y sus grandes deudas.

Los partidos se habían convertido en una especie de carteras políticas, con un funcionamiento similar al de una oficina pública: altos gastos fijos y personal asalariado, cuando en el fondo son asociaciones políticas que debieran vivir de las cuotas de sus afiliados. Finalmente, como si esto no fuera suficiente, existen dos últimos retos, primero, enfrentan el descrédito político de su propia organización, así como las luchas internas de poder, los repartos de culpa y del ínfimo botín político que quedó; el segundo es el dilema y la duda sobre la ideología partidista.

Otro hecho que es saldo de las pasadas elecciones es la pérdida del registro del Partido Encuentro Social y Nueva Alianza, que a ojos de los electores en general ponen en duda pertenecer a un partido político que no gobierna y que no es fuerte en los estados, ya que Morena ostenta una hegemonía en los Congresos federal y local.

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Los partidos también enfrentan el hecho de que, con la hegemonía planteada y el cambio de régimen, por ejemplo, de “centro” en la cual se incluía la cual se denominaba el PRI, pasar a un supuesto régimen de “izquierda”, pareciera que la geometría política se desdibuja. Esta situación se agrava cuando, a nivel de alianzas electorales, ya habían sido objeto de críticas por parte de los electores al ver que la derecha y la izquierda se unían sin ton ni son a nivel federal, sin respetar esos acuerdos a nivel estatal y viceversa.

El gran dilema de los dirigentes actuales es ¿de qué manera tendrán que reconformar a un partido político ante estos escenarios?

El sistema político mexicano encara un gran desgaste natural causado por las alternancias políticas, los excesos verbales de las campañas y los procesos electorales; lo que dividió a los partidos y ahora sólo quedan grupos peleando sobras y girones, al igual que en los últimos años se pelean los espacios de poder de la estructura partidista, pero ¿y de los electores quien se va a encargar?

Todo este cambio también deja al garete ideológico a la cultura política del país, ¿quién se va a encargar de crear, fomentar y orientarla?, si los partidos políticos no pueden ni con su alma. Ahí hay un gran trabajo ideológico para los futuros partidos políticos y para el INE.

En el fondo, lo que enfrenta México también es un cambio generacional en todas las estructuras políticas.

 

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