Aborrecía la historia de México tal como me la machacaban en la escuela. Sin contexto ni comparación contra el mundo. Muchos nombres y fechas, y poco análisis estructural. Historias fantásticas de ídolos divinos sin ningún defecto o debilidad, relatividad o humanidad.

Una historia y un destino llenos de romanticismo y fatalismo. Culpas sin solución, pecados originales de conquistas y conquistados. México siempre jugaba bien, pero perdía en todas. Sísifo, deprimido; Ícaro, chamuscado; David, sin tino; Prometeo, sumiso. Triunfos de honor y resultados de perdedor. La historia de los vencidos. Victimismo estéril y nauseabundo.  

En rebeldía, le pinté barbas y ojos bizcos a todos los héroes nacionales que solemnemente pendían en el salón. Mi maestra de 4º año, enfurecida, invocó a mi abuelo paterno, el historiador. Sospeché que desde su tumba, mi abuelo estaría de acuerdo conmigo.

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Mi maestra quería verle el ombligo a México, en lugar de ver el mundo entero. Así me pasa actualmente con todos aquellos que sueltan loas o críticas contundentes y absolutas: “Es que lo mexicanos somos así o asá”, “México es muy rico”, pero no sé qué. ¿En serio, seguimos sin poder competir contra el resto del mundo? ¿Nos seguimos creyendo tan únicos? ¿Seguimos en primaria con la maestra Herrera? Peor aún: ¿Estamos conformes con ser los mejores perdedores? ¿Los de la mala suerte?

Ahora, además, tenemos un presidente que quiere ser nuestro centro. Resulta que el país ahora tiene una geografía más estrecha: las coordenadas umbilicales de un mediocre con poder. ¡Vaya desenlace!

Gloria Álvarez, libertaria y fresca como siempre, lo advierte, “si quieren entender a México, vean a Latinoamérica entera”. Macario Schettino va más allá y nos ofrece datos y análisis mundiales en Cien años de Confusión y aún mejor, El fin de la Confusión. Andrés Oppenheimer también es análisis que inspira. Y hay más: Daren Acemoglu, Ruchir Sharma, Steven Pinker, Angus Maddison, Parag Khanna, Jared Diamond y Frances Fukuyama, entre otros.

Fuera mitos. México no es único, ni tampoco está condenado por nada que no sea su propia auto-flagelación, su deseo de permanecer en la ignorancia mítica o su incapacidad política para competir contra sí mismo y contra los demás.

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Me encantaría que México fuera más innovador, vaya, que se inspirara en el futuro en vez de perderse en lo histórico, la ideología y las restricciones. Más estratega, menos fatalista y fantasioso.

Me gustaría que fuera más copión y mucho más pragmático, como lo fueron los japoneses en la Reforma Meiji, Menos sueños y más acción. Tantos modelos educativos, de buen gobierno, de salud, justicia, seguridad, regulación de drogas y de economía qué copiar. Probar, aprender, ajustar, volver a probar. Lo que funciona se queda, lo que no funciona, se descarta, ad infinitum; un sistema de mejora continua.

Me gustaría un México más seguro de sí mismo y, por tanto, más irreverente, más atrevido, más líder, más asertivo. Menos sumiso y menos culposo. Menos barroco y formal, más frontal, con ánimo de ganar por mérito y no por suerte.

Me gustaría una sociedad fuerte que no espera la solución por otros y muchos menos, en el gobierno. Que no pide, ni suplica, ni sugiere a los políticos, sino que cuestiona, demanda y arrincona, como cualquier cliente exigente.

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Me gustaría un México que deje de glorificar la pobreza y se ponga a trabajar en la riqueza. Basta de romanticismo, condescendencia, victimismo y manipulación perversa. Somos un país con pobres, no de pobres.

Ocupamos el lugar 66 en el Índice de Libertad. Aún estamos confundidos y en riña con los derechos de propiedad, la justicia, el libre mercado y la competencia. Me gustaría un México en las primeras posiciones en esta tabla porque ahí están los ganadores. La libertad es la ganancia y el desarrollo económico y social, la confirmación.  

Dejemos de vernos el ombligo. Los triunfadores en algún momento lo hicieron para ver hacia delante, conquistarse primero a sí mismos y luego a lo demás. Es tiempo de despertar. 

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*Santiago Roel R. es director y fundador de Semáforo Delictivo, herramienta de rendición de cuentas, evaluación y análisis del comportamiento de la delincuencia y violencia en México.

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