La relación entre Estados Unidos y México, pese a la opinión que pueda tenerse sobre ella, es una relación compleja de entender para muchos. Sus relaciones económicas, articuladas mediante el tratado de libre comercio que conocemos como T-MEC, supone un flujo constante de miles de millones de dólares que, diariamente, se mueven en ambas direcciones gracias al turismo, las remesas, la inversión, las exportaciones e importaciones. Pero de la misma manera, hablamos de una relación que ha supeditado el comportamiento de la economía mexicana al de la primera economía del mundo.

México, como sabemos, es un país que ha apostado por el sector exterior, lo cual le ha llevado a que, hoy, la contribución del comercio, entendiendo comercio como la suma de importaciones y exportaciones, represente cerca del 80% de su producto interior bruto (PIB). Por el lado de las exportaciones, cerca del 84% de estas se dirigen a los Estados Unidos, el principal socio comercial. Y si tenemos en cuenta que estas representan cerca del 40% del PIB, hablamos de una relación que contribuye notablemente y, a la vez, condiciona a la economía mexicana; pues una gran parte de su economía depende de los Estados Unidos.

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Y hay que decir que esto es así desde que el TLCAN entró en vigor en 1994, habiendo continuado hasta nuestros días. De hecho, hay que decir que la relación entre estas dos economías y, por tanto, la presencia de la economía estadounidense en la economía mexicana mejoró con los sucesos que se han ido dando estos últimos años. La guerra comercial entre las dos potencias económicas, China y Estados Unidos, provocó la necesidad para Estados Unidos de encontrar alternativas emergentes para suplir las carencias que tendría prescindir de China, y esa alternativa la encontró al cruzar la frontera.

Los datos durante la pandemia, incluso, nos muestran como esta relación no deja de intensificarse con el paso de los meses. Mientras una pandemia devastaba la actividad económica a su paso, el comercio seguía vivo, como ese motor económico que permitió a la economía mexicana no hundirse todo lo que debía. Y esta tendencia, como citaba anteriormente, se viene viendo desde que entró en vigor el primer tratado. Para hacernos una idea de lo que digo, cuando el TLCAN entra en vigor, el comercio para México suponía el 30% de su PIB, en 1994. Años más tarde, en 1996, este ya se situaba por encima del 50%, para acabar representando, en cuestión de pocos años, el 78% del PIB a día de hoy.

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Como vemos, hablamos de una relación muy estrecha. Las remesas, la inversión extranjera, el comercio, las maquiladoras… todo está supeditado a lo que ocurra en los Estados Unidos. Sea como sea, influye por el hecho de que una gran parte de la economía mexicana depende de la economía estadounidense. La producción auxiliar, el flujo de remesas, los pedidos de materias primas, entre otras actividades y fenómenos dependen del comportamiento de la economía norteamericana, y ello ha llevado a México a una relación de dependencia que algunos miran con bastante miedo.

Como si estuviera indexada, la estrecha relación que mantienen estas dos economías ha provocado que la economía mexicana se mueva al son de la economía estadounidense. Lo vimos durante la pandemia, lo vemos en el presente, lo vimos en el pasado. El sector industrial y las manufacturas, la bolsa mexicana de valores y, en general, la economía de México se comporta como lo hace la economía de los Estados Unidos, y cada vez más. Basta con observar la evolución de la Bolsa Mexicana de Valores, la cual se encuentra condicionada por lo que ocurra en el Dow Jones y el S&P 500, o el ciclo industrial nacional, el cual también esta supeditado a la evolución de las manufacturas en los Estados Unidos. Y es que hasta la estrategia adoptada por el Banco de México consiste en replicar la tendencia de la política monetaria adoptada por la Reserva Federal (FED).

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Con todo, hay que decir que esta misma relación ha sido la relación que, en cierta forma, ha permitido a México amortiguar el golpe que ha supuesto la pandemia para las economías a nivel global. México, dada su situación, fue una economía que no pudo ofrecer una respuesta superior al 1% de su PIB cuando se produjo el shock, descolgándose en una recuperación en la que esta se situaba la última, al tratarse de la respuesta más débil del conjunto de economías latinoamericanas. En otras palabras, el comercio en máximos, las remesas que también registraban récords, entre otros fenómenos que son producto de esta relación comercial, han supuesto un sustento muy necesario durante esta pandemia.

De no haber estado esta relación con los Estados Unidos, por así decirlo, hablaríamos de una economía inmersa en una estanflación que, por el momento y gracias al fuerte estímulo norteamericano, hoy podemos decir que solo mantiene muy asustados a todos los expertos en todo el mundo. Y es que podemos resaltar esa fuerte dependencia que asusta a aquellos más proteccionistas y conservadores, pero no debemos olvidar todo lo que ha supuesto para México una relación que, pese a su complejidad y la asimetría que algunos denuncian, hoy es un claro motor para una economía que, además, lo precisa.

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