Por Edgar López Pimentel*

La Responsabilidad Social Empresarial (RSE) y la Sustentabilidad son términos que con frecuencia se usan como sinónimos, incluso por consultores y analistas bien versados en ambos temas. A primera vista, acentuar las diferencias entre las dos ideas se antoja como algo ocioso o innecesario. ¿Para qué confundir a la gente con más definiciones? Sin embargo, cada vez es más evidente que presentan distintos matices que las colocan en coordenadas muy distintas de confianza y respetabilidad ante diversos grupos de interés (ONG’s, empleados, consultores medios de comunicación, consumidores, etcétera).

La RSE es una cultura de gestión orientada a conectar directamente a la organización con el desarrollo de la sociedad a través del bienestar de sus integrantes, el respeto al medio ambiente, una relación respetuosa y productiva con su comunidad y, sobre todo, ética en la toma de decisiones. Por otro lado, de acuerdo con la World Commission on Environment and Development de las Naciones Unidas, también conocida como la Comisión Brundtland, responsable de acuñar el término en 1987, la Sustentabilidad (o Sostenibilidad) consiste en “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para atender las suyas”; crecer en el presente sin sacrificar los recursos para enfrentar el futuro.

La Sustentabilidad se enfoca primordialmente en formas de crecimiento que no estén peleadas con la salvaguarda de los recursos naturales del planeta, a la vez que se alinea a directrices generales relacionadas con la economía y el bienestar social. De ahí el término Triple Bottomline: Planet, People, Profits (Triple Cuenta de Resultados: Planeta, Gente, Resultados).

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Ambos conceptos están íntimamente relacionados. La inclusión es recíproca: la RSE contempla el aspecto ecológico, y la sustentabilidad, grosso modo, la relación con la integridad del individuo y la comunidad. La RSE concibe al respeto al medio ambiente como elemento sine qua non para la ciudadanía global; la sustentabilidad visualiza al desarrollo social y la creación de riqueza como parte de la viabilidad futura del planeta. En términos conceptuales, el debate pareciera ser qué universo debería servir de sombrilla del otro, cuál debería incluir al otro.

El giro de la organización también debería importar: para una empresa como Coca-Cola, con la capacidad industrial de impactar significativamente en el medio ambiente, la mera sustentabilidad ecológica debería ser prioridad; para una compañía financiera, cuestiones como la gobernanza y la supervisión ética en la toma de decisiones guardan mucho más sentido.  En la praxis, el enfoque ecológico de la Sustentabilidad la coloca en un estadio más concreto y científico que el de la RSE.

La RSE es una cultura de gestión –casi un ideal a alcanzar- que contempla varios vectores; la Sustentabilidad se focaliza en algo mucho más concreto: la viabilidad ambiental de una organización. La primera se relaciona con la ética y toma de decisiones, con condiciones de justicia y vinculación con la comunidad; la segunda se interesa casi exclusivamente en la óptima utilización de los recursos para alcanzar un futuro mejor. La medición de la RSE es ambigua y abstracta (como lo son la ética y los valores); la Sustentabilidad, por otra parte, puede ser evaluada de una manera rigurosa (la huella de carbono o la emisión de gases tóxicos no son controvertibles).

La Sustentabilidad –traducible en certificaciones y normas- será una realidad inexorable para las empresas en el mediano plazo. El mercado y las regulaciones legales internacionales las obligarán a adoptar prácticas sustentables. Para la RSE el panorama luce más complicado. Los escándalos corporativos de esta década han provocado el surgimiento de severas dudas en torno a la ética empresarial. La discordancia entre el mundo de fantasía creado por la ligereza con la que muchas empresas se ostentan como socialmente responsables y la realidad percibida por la opinión pública plantea un riesgo peligroso: desvirtuar la conveniencia de ser socialmente responsable y descalificar todo esfuerzo de RSE como una acción de relaciones públicas.

Debemos salvar a la RSE de esta trampa a través de una gestión empresarial consciente de su compromiso con la sociedad. Hay que buscar, además, métodos innovadores que permitan redefinir los distintivos RSE y acercarlos en la medida de lo posible a la rigurosidad de las certificaciones de Sustentabilidad. En años recientes, la Corporación Financiera Internacional (IFC), miembro del Grupo Banco Mundial orientado al desarrollo del sector privado, ha promovido fórmulas que concilien el espíritu de buena gobernanza y diseño de negocio de la RSE con la exigencia concreta de la Sustentabilidad.

Un buen ejemplo de esto es EDGE, el sistema de certificación de construcción verde para los mercados emergentes que le permite a los constructores optimizar sus diseños de forma medible, lo que resulta en un producto inmobiliario más promocionable y una mejor inversión para el comprador. Gracias a su rápido y económico proceso de certificación, EDGE apoya a los desarrolladores a mantener el impulso que requieren para estar a la vanguardia de la tendencia en construcción verde. EDGE demuestra que la próxima generación de edificios puede ser más rentable y con una menor huella de carbono.

Para calificar para la certificación, un nuevo edificio debe lograr una reducción de 20% en el consumo de energía y agua, y en energía incorporada en los materiales, en comparación con un edificio convencional. EDGE funciona con una gran variedad de edificios residenciales y comerciales en más de 100 países, incluyendo casas y apartamentos, hoteles y centros turísticos, edificios de oficinas, hospitales y establecimientos comerciales. En México, EDGE es usado por VINTE y la cadena de hoteles City Express, entre otros.

El mundo de la RSE se beneficiaría de mecanismos que, al igual que lo hace EDGE en el sector inmobiliario, pudieran medir con acuciosidad el grado de implementación de buenas prácticas en ámbitos como el combate a la corrupción, la equidad de género y la movilidad interna. La única manera de promover este cambio es mediante el trabajo conjunto de los sectores privado y público, así como de organizaciones orientadas a promover el desarrollo, como es el caso de IFC y otros organismos internacionales. Sólo a través de un enfoque integral que conjunte el ideal ético de la RSE y la precisión de la sustentabilidad podremos aspirar a contar con empresas en verdad socialmente responsables.

*CEO de Expok, agencia de comunicación especializada en sostenibilidad y RSE.

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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